Lo sufren muchas personas tras la amputación de una extremidad, un suceso sin duda traumático del que deben recuperarse tanto física como mentalmente: durante un tiempo pueden sentir que la parte perdida sigue ahí, provocando diversas sensaciones e incluso dolor. La sensación va desapareciendo poco a poco, pero puede permanecer para siempre. El Real Club Celta intenta recuperarse de una pérdida mucho menos traumática, pero crucial para sus intereses. Desde el inicio de temporada, parecía que Nolito seguía en Vigo. Se recurría a él constantemente cuando sus ex-compañeros no encontraban el camino del gol. Estaba en la memoria de todos, impidiendo al paciente avanzar. La victoria contra el Sporting debería ayudar a superar el síndrome.
Miguel Gallego | TintaCeleste

El clima se estaba volviendo irrespirable. Los fantasmas del pasado sobrevolaban Vigo atemorizando al celtismo y, aunque no se reconocía públicamente, afectando al rendimiento de la plantilla. Recuerdos traumáticos lejanos evocaban desastrosas temporadas europeas, con el equipo desintegrándose en varios frentes. Pero también aparecían fantasmas mucho más recientes. Demasiado recientes. Parecía que al equipo le estaba costando superar la marcha de Nolito, al que se mentaba al menor contratiempo. Y, en medio de esta tormenta de sensaciones, aparecía el Sporting en el horizonte. El mismo rival al que había vencido el Celta la temporada pasada con uno de esos goles milagro del gaditano después de un mal partido que marcaban la diferencia de puntos entre el anterior ejercicio y este. La oportunidad definitiva de dejar atrás el dolor, o de sucumbir a él sin remedio.

Menos rotaciones

Berizzo afrontó el siguiente envite de la maratoniana serie de encuentros cada tres días con solo tres cambios en el equipo: Sergi Gómez entraba en el centro de la defensa para que Roncaglia le diese descanso en la izquierda a Jonny, Radoja reforzaba el centro en lugar de Señé, y Guidetti se caía del once, al que volvía Pione Sisto. Eran menos rotaciones de las esperadas, y tenían como consecuencia la vuelta al 1-4-3-3, lo que dejaba a Rossi, la gran esperanza, en el banquillo de los suplentes.

Fantasmas del pasado sobrevolaban Vigo atemorizando al celtismo y afectando al rendimiento de la plantilla

En su afán por repartir minutos, Eduardo Berizzo quiso equilibrar un poco más a un Celta que tiende a partirse por la mitad con el avance de los partidos, especialmente en ausencia de Marcelo Díaz, que aún no estaba al 100%. Por eso reforzó el centro del campo. Importante era buscar la primera victoria del curso pero, quizás, era más importante aún confirmar las buenas sensaciones defensivas apuntadas en Pamplona, a partir de las que debe crecer cualquier equipo.

Nadar y guardar la ropa

Vestir al equipo desde atrás, con la inclusión de tres centrales, aunque uno de ellos se desenvuelva por la banda, tres hombres en la medular y un tridente arriba le proporciona a uno más tranquilidad defensiva. Sin embargo, también afecta a un rendimiento ofensivo ya de por sí pobre. El Celta sufría arriba, echaba de menos a su referencia goleadora de las últimas temporadas, y los recambios, con la lesión de Orellana, tampoco aportaban grandes soluciones. Eliminar uno de sus efectivos tuvo el efecto esperado: el peligro no llegó, ni en una portería ni en la otra. Pero, claro, para un bando la situación era más cómoda que para el otro…

El síndrome

Y así pasaron los minutos. La ansiedad crecía, mientras las soluciones no llegaban. Aunque en el haber del técnico hay que poner una variante táctica que está utilizando en los partidos. En vista de que la lata no se abría, cambió de banda a Bongonda y a Pione Sisto que, desde la derecha, dejó algunos destellos de lo que puede llegar a ser. Por ejemplo, la jugada del gol que abrió el marcador, obra de Hugo Mallo.

Que la victoria era más importante de lo que los protagonistas dejaban ver quedó claro tras el primer gol

Que la victoria era más importante de lo que los protagonistas dejaban ver quedó claro tras el gol: Rossi, dispuesto para entrar a desatascar el partido, volvió a sentarse, y entró al campo Marcelo Díaz. Pero los nervios por ganar, por dejar atrás los fantasmas, no se disiparon. En una acción desesperada Roncaglia hizo posible el empate de penalti y, ahora sí, el fantasma de Nolito campaba a sus anchas por Balaídos, que recordaba aquel partido del año pasado, muy parecido, que fue capaz de resolver con un gol de rebote. Esos que ahora no entran.

La catarsis

Otra vez se iban los puntos; otra vez el Celta encajaba en el tramo final; otra vez sería incapaz de encontrar un gol salvador. ¿O sí? El penalti, el gol de Aspas, la celebración. Todo recordó a aquel encuentro. Aquel día en que Nolito, frustrado, se encaró con la grada tras marcar el 2-1 ante el Sporting. Es Iago Aspas quien parece tener sobre sus hombros el peso de tener que hacer olvidar a Nolito, e incluso también a Orellana hasta que vuelva. Es a él a quien hay que aferrarse para superar el síndrome del goleador perdido, ese miembro fantasma que, con el peso de los goles y las victorias, habrá que ir olvidando para construir el Celta del futuro.

Es Iago Aspas quien parece tener sobre sus hombros el peso de tener que hacer olvidar a Nolito

El primer paso está dado. Quedan muchos más, innumerables batallas que un equipo que está lejos de solucionar sus problemas tendrá que afrontar según vengan. Pero la liberación que supuso la primera victoria en Liga va a ejercer un influjo muy positivo en una plantilla que jugaba demasiado atenazada. Con más tranquilidad llegarán más victorias, y eso no hay nadie que pueda dudarlo.

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2 respuestas a “El runrún de Preferencia: el síndrome del miembro fantasma

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