El gol. La salsa del fútbol. Un aderezo que no puede faltar para que el aficionado deguste toda la intensidad que esconde el deporte más seguido por las masas en este país. Con todo, no resulta imprescindible destacar como un gran goleador para que la afición guarde en su corazón a un futbolista. Que se lo pregunten a Lolín, magnífico zaguero que vistió la casaca celeste hace más de 60 años. Su grandeza no está reñida con la circunstancia de que a lo largo de ocho temporadas no consiguió alojar en las porterías rivales ni un solo balón.

José Luis Rodríguez Sánchez | Tinta Celeste

Manuel García Adán llegó al mundo el 25 de julio de 1925 en Monforte de Lemos. Sus inicios como futbolista los vivió en el Lemos y en el Arsenal de Ferrol. Pero su inmensa proyección le llevó a fichar con tan solo 22 años por el Celta. Y no se trataba de un Celta cualquiera, ya que los de Vigo acababan de proclamarse subcampeones de copa y de alcanzar una extraordinaria cuarta plaza en la competición liguera. Pero el club olívico vio en él al recambio ideal para el capitán Venancio, quien acababa de confirmar su retirada. Lolín poseía un físico muy potente, además de un muy buen manejo de las dos piernas, cualidad muy difícil de encontrar en los defensores de la época. La rapidez que mostraba en sus intervenciones y su poderío en el juego aéreo le convertían en un auténtico valladar. Y en cuanto a carácter tenía poco que envidiar al Capitán Veneno.

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Un once del Celta correspondiente a la temporada 1950/51 (Foto: todocoleccion.net)

Consolidación

Así, Lolín comenzó como un tiro a las órdenes de Ricardo Zamora. Fue un habitual en los primeros encuentros de la temporada 1948/49 aunque a partir del mes de noviembre dejó de contar para El Divino. Sería a partir del curso siguiente, ya con Pasarín en el banquillo, cuando el monfortino comenzaría a convertirse en un verdadero pilar. Ninguno de sus compañeros participó más que él durante la campaña 1949/50, lo que le llevó a superar los 2.500 minutos de juego entre liga y copa. Aquel año compartió línea defensiva de forma habitual con Gabriel Alonso y con Gaitos, su socio durante todos los años que permaneció en Vigo.

En la temporada siguiente Julio Otero comenzó a ganar peso en la zaga celeste. Pero quien no perdió un ápice de importancia fue Lolín, que acreditó un hermoso pleno de minutos en las dos competiciones que afrontó el equipo. La confianza de Pasarín en el monfortino era absoluta. Tampoco se perdería demasiados encuentros durante el curso siguiente, pese a que el equipo comenzó muy mal la liga. La mala trayectoria de los de azul cielo provocó, tal y como suele acontecer hoy en día, que se buscase un revulsivo en la dirección técnica.

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Lolín, durante una gira que el Celta realizó por América en el verano de 1952 (Foto: fameceleste.blogspot.com)

Gran imagen en Sarrià

Pocos días más tarde de dar la bienvenida al año 1952 el equipo —por entonces ya dirigido por Ozores y Yayo— buscaba puntos en el estadio de Sarrià de cara a continuar una rehabilitación que se había iniciado con la llegada de los nuevos técnicos en sustitución de Luis Casas Pasarín. Los de Vigo, tras haber tocado zona de descenso en la jornada 14, consiguieron enlazar tres triunfos en los cuatro encuentros siguientes, lo que les permitió alcanzar la novena plaza. El Espanyol, en trayectoria opuesta, buscaba resarcirse de sus últimas derrotas como visitante para volver a la zona noble de la tabla.

El defensor nacido en el valle de Lemos dejó un recuerdo tan grato en San Fernando como en Vigo

Los de celeste saltaron al terreno de juego con Lolín como líder de la zaga y una delantera con gente tan en forma como Atienza o Hermidita. El equipo local sufrió durante los primeros 20 minutos, sorprendido por la ambición que mostraban los de Vigo. Justo cuando los periquitos comenzaban a equilibrar el choque, la lesión de su interior Piquín obligó a permutar varias posiciones en la delantera blanquiazul, lo que dio un respiro al Celta. Los visitantes comenzaron a acumular llegadas y oportunidades por medio de Atienza, Hermida y Mekerle. Mientras, Francisco Simón resolvía con efectividad su trabajo bajo palos y conjuraba las escasas acometidas locales. Pese a todo, el marcador no se iba a mover en la primera mitad.

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Lolín, en un once de la temporada 1954/55 (Foto: halacelta.com)

A la vuelta de vestuarios la salida en tromba de los de casa no encontró premio. La retaguardia céltica, con un Lolín imperial y un Simón insuperable, consiguió que el equipo sobreviviese a unos primeros minutos de verdadero agobio. El Celta consiguió poco a poco nivelar la contienda para, ya en su tramo final, asestar el golpe definitivo. Fue en un avance por la derecha, en el que Adolfo Atienza probó fortuna con un potentísimo disparo cruzado que reventó las mallas del guardameta José Trías. El Espanyol acusó el golpe y pudo encajar el segundo gol en sendas definiciones fallidas por parte de Atienza y Mekerle. Pero la sentencia iba a llegar en el minuto 87, cuando Olmedo empujó a la red un rechace de Trías, tras sucesivos remates de la delantera céltica.  El club olívico se llevaba dos valiosos puntos de Barcelona y dejaba, además, la imagen de un equipo veloz, ambicioso y alegre que gustó en la Ciudad Condal.

A las duras y a las maduras

La temporada iba a terminar sin sobresaltos para los de Ozores y Yayo, que firmaron una correcta novena plaza mientras que los periquitos no pasarían finalmente de la séptima posición, con tan solo cinco puntos más que el Celta.

Las cosas empeoraron en el curso siguiente a nivel deportivo, tanto para el club como para Lolín. Primero con Odilo Bravo como técnico y después con Armando Márquez, el de Monforte tan solo participó en 15 encuentros de los 30 que constaba la temporada regular. Después el Celta debió disputar una liguilla de promoción de descenso junto con otros cinco equipos. En total tocaba jugar diez encuentros más, en los cuales sí estuvo presente Manuel García Adán. Aun con todo, el relevo de Armando por Luis Urquiri no terminó de resolver el problema y los de Vigo consumaron un descenso que finalmente no se haría efectivo gracias a la renuncia del España Industrial.

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Lolín en plena faena (Foto: yojugueenelcelta.com)

Lolín no se desanimó y pronto volvió por sus fueros. Durante los dos cursos siguientes recuperó el protagonismo en la zaga y superó con creces los 2.500 minutos sobre el tapete. En la temporada 1954/55 Otero y Gaitos comenzaron a perder peso en las alineaciones de Ricardo Zamora, en favor de Quinocho y Pepe Villar. Pero Lolín, a sus 29 años, se mantenía como líder indiscutible de la retaguardia celeste. Un liderazgo que cedería definitivamente en noviembre de 1955, mes en el que desapareció de las alineaciones de Luis Urquiri. La última vez que el bravo zaguero céltico vistió la camiseta con la cruz de Santiago en el pecho fue el 18 de marzo de 1956, en una dolorosa derrota por 5-0 en Riazor. Aquel día Lolín no pudo deleitar a su afición con las acrobacias que acostumbraba a realizar para festejar las victorias de su Celtiña.

Sin ocaso

Llegaba el momento de dejar Galicia y Lolín emigró rumbo a San Fernando para jugar en la División de Plata. Allí, lejos de buscar un retiro en segundo plano, continuó en activo hasta la temporada 1960/61 y registró unas cifras verdaderamente impresionantes para un futbolista de su edad. Durante las cinco campañas que permaneció en el club andaluz no bajó de los 2.500 minutos de juego por año. Sirvan como ejemplo los 34 encuentros completos que disputó —entre liga y copa— durante el ejercicio 1959/60. Son datos que revelan que, además de poseer un físico envidiable, se cuidaba de una manera ejemplar. El defensor nacido en el valle de Lemos dejó un recuerdo tan grato en San Fernando como en Vigo y la decisión de la directiva azulina de no renovarle causó un gran disgusto en su afición.

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Ejerciendo como capitán en un choque frente al Real Madrid (Foto: sentirseazulino.blogspot.com)

Fallecido en 2012, Manuel García Adán siempre será recordado como uno de los centrales más completos que pisaron Balaídos. Carácter, contundencia, rapidez, calidad, lo tenía prácticamente todo. Eso sí, no se le podía pedir que marcase goles. Lo suyo siempre fue organizar aquellas líneas de tres zagueros tan propias de la época y estar al quite de cualquier despiste de sus compañeros. Quien lo vio jugar lo valora como uno de los mejores. Sus ocho temporadas vestido de celeste lo avalan sobradamente.

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