El Celta-Dépor es un escapista privilegiado. Ante el sometimiento que sufre el fútbol en la actualidad a lo momentáneo, lo morboso, lo estúpido y lo banal, se escapa de alguna manera, quizá por no estar compuesto por los elementos más altos de la pirámide alimenticia de los medios, o por conservar, aunque de un modo algo endulzado, la esencia de lo que fue, de lo que sigue siendo. Cuando el Celta-Dépor entra en escena, en Galicia no hay otro fútbol. Y es que todo está ahí, sobre el verde. Sería absurdo recrearse en la superficie cuando las entrañas están tan cerca, cuando lo auténtico cubre el ambiente. El Celta-Dépor escapa del fútbol para reencontrarse con él en el pasado. 
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

A estas alturas de la película, a nadie le cabe ninguna duda de que el fútbol es algo más que el tema de la pelota dentro de la portería. Del hecho de que la pasión por este deporte se haya trasladado casi por completo del deporte en sí a su componente social se extraen, como en todo, cuestiones positivas y otras que no lo son tanto. Y lo negativo crece cada vez más, como una especie de virus extendiéndose a lo largo del planeta.

Negarle al fútbol su capacidad para unir es una tontería. El deporte rey no se ha ganado este calificativo de modo injustificado. Disperso por las arterias de varios continentes, su práctica y su seguimiento se han convertido prácticamente en motivos religiosos, señas de identificación inequívocas. A día de hoy, si naces en Europa o Sudamérica, una de las primeras cosas que aprendes es de qué equipo de fútbol eres. Y eso, cómo no, genera un sentimiento de pertenencia importantísimo, algo fundamental en la creación de una identidad humana. Uno se siente parte de su club de un modo casi visceral, indisoluble, como pertenece a su familia y a todas las cosas que dicta su corazón. Alguien originario de alguno de estos continentes aprende rápido, rapidísimo, a sentir el fútbol desde las entrañas.

En tiempos de volatilidad y fragilidad ideológica, el fútbol ha copado uno de los puestos de cabeza en lo referido a la banalidad. La concepción del deporte se ha esterilizado tanto que los futbolistas han adquirido un gen similar al de las estrellas de rock, distantes del aficionado. Muy lejos del corazón, lejos de las entrañas. El mundo del fútbol se ha ubicado en una especie de universo paralelo, jamás en contacto con la realidad. Un universo inalcanzable. Y lo cierto, con todo el respeto hacia el platonismo, es que nadie se enamora de lo inalcanzable. La gente se enamora de lo que palpa, de lo que araña por dentro. De lo que siente propio.

Si el fútbol logró enamorar a tanta gente es, sin duda, porque otrora fue algo muy distinto a lo que es hoy. Fue un deporte capaz de, precisamente, escapar de la banalidad y atacar directamente al alma. De vez en cuando, en el revolcón de superficialidad mediática en el que se baña el fútbol a diario, la pelota todavía descubre su capacidad para enganchar, para revolverlo todo por dentro. El Celta-Dépor es uno de esos casos.

El O Noso Derbi es una máquina del tiempo. Una de las buenas. Retrocede veloz, que no con prisas, al lugar -o al tiempo, qué más da- en el que el fútbol todavía era una cosa de colores, de goles de los que no perforan una red, sino cientos, miles de gargantas. El  lugar en el que ganar es una cuestión de principios y no de especulaciones, en el que el espectáculo es el protagonista y los futbolistas sienten lo mismo que los aficionados que los vitorean. Cuando Celta y Dépor se juntan en la ecuación, el platonismo se desvanece. Es tiempo para el amor.

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One response to “Fútbol hasta las entrañas

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