Ya lo enunció Darwin hace mucho, mucho tiempo: en su lucha por la supervivencia, el ser vivo evoluciona. Y, con el perfeccionamiento fruto del paso de las generaciones, el especimen que se adapta mejor a su entorno tiene más posibilidades de reproducirse que aquel que se queda estancado. El Celta de Berizzo ha sufrido también una evolución, pero lo ha hecho por culpa de la amputación de sus centrocampistas más talentosos. Sin Krohn-Dehli y sin Augusto, pero con las garras más afiladas gracias a la vuelta de Iago Aspas, el equipo se agazapa atrás cuando le vienen mal dadas, en busca de la oportunidad para robar y hacer daño. Esa parte la está cumpliendo a las mil maravillas, con una efectividad pasmosa. El problema viene cuando hay que conservar el botín. Es entonces cuando el depredador se convierte en presa.
Miguel Gallego | Tinta Celeste

Las Palmas: un destino paradisíaco, donde cualquiera fantasea con pasar unos días alejado del mundanal ruido. Cualquiera menos el Real Club Celta. Las persistentes lluvias que alteraron la calma en los días previos eran una señal premonitoria para un equipo acostumbrado a sufrir cuando viaja a Gran Canaria. Y el encuentro se aventuraba especialmente complicado teniendo en cuenta el buen momento de juego que atraviesa el equipo de Setién, unido a las dificultades que experimenta este Celta para hacerse con el control de los partidos.

El once de gala

Otra semana con tres citas, con un vital encuentro continental en Ámsterdam y la visita del Valencia a Vigo antes del enésimo parón no alteraba la agenda de Berizzo. El técnico está apostando fuerte por las rotaciones, con una primera unidad que se desenvuelve en Liga y un equipo con futbolistas menos habituales en Europa. Así que no es de extrañar que el once que presentó en Canarias fuese probablemente el más fuerte que puede sacar ahora mismo, con Roncaglia en el carril izquierdo en lugar de un irregular Jonny, con un Radoja que va a más en lugar de un Marcelo que no acaba de coger la forma, y con Pione Sisto acompañando a Aspas y Orellana en la parcela ofensiva.

Se trata indudablemente de un equipo de muchos quilates, con calidad sobre todo en ataque, pero es un once que ha perdido algo de toque. Sin Fontàs sacando el balón jugado desde atrás, al Celta le cuesta mantener la posesión. Radoja es un jugador más vertical de lo habitual para un pivote, por lo que la posesión suele acabar en los pies del Tucu o de Wass, que precipitan los acontecimientos para bien o para mal, lo que se traduce en una reducción drástica del tiempo de posesión.

Las masas enloquecen

El Celta ha perdido posesión, pero ha ganado pegada. Así que presiona arriba, intenta robar con velocidad y hacer daño en un par de toques. Cuando sale bien, el resultado es espectacular. Como en Las Palmas, donde consiguió tres goles antes de que alguno se hubiese sentado en su asiento, para alegría del celtismo, pero sin esconder que la posesión era abrumadoramente favorable al equipo local.

Sin embargo, la holgada ventaja y el paso de los minutos fuerzan al Celta a adoptar el papel que menos le favorece. Es cuando intenta defender su renta cuando muestra sus peores carencias en el aspecto defensivo. Con los tres goles que le cayeron en el Estadio de Gran Canaria, a la misma velocidad que había conseguido los suyos, el cuadro celeste acumula 20 tantos encajados. Dos por partido. Demasiados. Es el segundo equipo más goleado de la categoría. Son cifras que condenan a un equipo a la parte baja de la tabla. Uno como el Celta consigue mantenerse a base de pegada, pero en el momento en que esta desaparezca volverán los problemas del inicio liguero.

Cuando el Celta intenta defender su renta muestra sus peores carencias en el aspecto defensivo

Mientras eso no ocurre, aficionados neutrales y vociferantes comentaristas televisivos muestran su alborozo por partidos locos con una buena ración de goles y de emoción. Pero maldita la gracia que le hace al celtismo ver cómo se escapa una renta de tres goles, como estuvo a punto de ocurrir también contra el Barcelona, aunque por motivos más obvios. Es el efecto de encajar tantos goles: al Celta no le llegan tres para cerrar los partidos, y esa es una dinámica muy peligrosa.

Pequeños detalles

El punto debe darse por bueno por la entidad del rival y por la dificultad del desplazamiento. Pero no así por el desarrollo del partido. El Celta pudo haber conseguido más goles. Estrelló dos balones en los palos, uno con 1-3 que debió ser la puntilla, y otro en el descuento que era la victoria. Además la actuación arbitral volvió a ser discutible desde numerosos puntos de vista. Fueras de juego dudosos que cayeron en contra del cuadro visitante, un doble rasero en el reparto de tarjetas que trajo como consecuencia la segunda expulsión consecutiva de Sergi Gómez en el penalti. ¡Ah! Sí, y el penalti. Eso también. Discutible, como todo lo anterior.

El Celta se vio empatado, en inferioridad y con un mundo por delante y, aun así, dio un paso adelante para evitar una derrota que parecía clara

El resultado de 3-3 deja, como dijo Eduardo Berizzo tras el choque, un sabor agridulce. En el lado positivo hay que considerar la personalidad de un equipo que se vio empatado, en inferioridad y con un mundo por delante y que, aun así, dio un paso adelante para evitar una derrota que parecía clara rescatando un punto. Y con ocasiones para traerse los tres. Y también que sigue sumando y que, a pesar de destacar por los goles recibidos, también lo hace por encajar muy pocas derrotas, la mayoría de ellas antes de entrar el otoño. Seguro que Berizzo y su cuerpo técnico están trabajando duro para que su Celta recupere la identidad. Mientras esto no sucede, el equipo vigués evoluciona en cada partido para seguir vivo en las tres competiciones a las que se enfrenta.

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