Jaime Llinares | La Firma

La 2013-14 y la 2014-15 fueron dos buenas temporadas para el Celta. Muy buenas, podría llegar a decirse. Varios jugadores dieron un paso al frente y el equipo se consolidó en Primera con un juego que empezó a llamar la atención de la prensa deportiva española. Mientras los aficionados disfrutaban de la situación, había algo que resultaba incompleto. Un deje de morriña materializado en fugaces vistazos a la actualidad del Liverpool, primero, y del Sevilla, después. Nostalgia que luego se tornó en tristeza, o en consejos ventajistas, porque Brendan Rodgers se decantaba por Suárez y Sturridge en sus alineaciones, y Emery optaba por Bacca y Gameiro. Pero un 12 de junio, el Celta anunció que el hijo pródigo retornaba y, como en un cuento bíblico, la felicidad volvió a ser completa. Iago Aspas estaba en casa. En su casa.

Esa felicidad que el celtista siente al ver jugar al de Moaña no se explica con estadísticas de goles o asistencias. Tampoco con análisis puramente técnicos o tácticos. Iago Aspas trasciende a los demás futbolistas porque es capaz de conectar con todo un estadio. Es algo casi químico, electrizante. El orgullo que experimentan los aficionados que cada domingo acuden a Balaídos es parecido al que siente una madre cuando ve jugar a su hijo. Iago Aspas transmite corazón y raza en cada gesto. Ha dado tanto al Celta que ahora él ya pertenece a los aficionados. “Es nuestro, no del Liverpool ni del Sevilla”, se podría decir. Quizás su fracaso lejos de Vigo fue una suerte de profecía cumplida. El destino quería verle triunfar en casa.

Iago Aspas llega a emocionar porque defiende a su club en cada carrera, en cada regate, en cada gol y en cada rueda de prensa. De eso se da cuenta, lo siente, lo percibe, el niño de cinco años al que le acaban de regalar el abono por primera vez y la viejita que lleva toda la vida acudiendo a Río Bajo pero aún no sabe cómo se pronuncia Berizzo (¿Berizo? ¿Beritso?). A Iago Aspas se le nota su presencia hasta cuando entra en el minuto 70 con 3-0 abajo en el Amsterdam Arena. Se le nota tanto porque no puede soportar que el Celta pierda nunca, sea cual sea el escenario, el marcador o el rival (que se lo pregunten al Barcelona). Haría cualquier cosa para que su equipo venza y por eso la gente le quiere y le adora. Esta historia de amor, con despedida y reencuentro incluidos, no podría ser más bonita. Tan bonita como un gol de vaselina de Iago Aspas.

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