Una de las pocas buenas noticias que dejó la derrota del Celta en Eibar fue la actuación de Pione Sisto en los 23 minutos que estuvo sobre el césped de Ipurua, sin duda los mejores desde que el joven danés viste la camiseta celeste. Desborde, velocidad, convicción y acierto en la toma de decisiones en un chico que comienza a apuntar al jugador de los vídeos de Youtube previos a su fichaje.
Borja Refojos | Tinta Celeste

Django desencadenado (2012) es la séptima película de Quentin Tarantino. Un western que cuenta la historia de un esclavo convertido en hombre libre (Jamie Foxx) que trató de rescatar a su mujer junto al hombre que le liberó (Christoph Waltz), también esclava, de las manos un terrateniente texano muy  hijo de puta malvado (Leonardo DiCaprio). Todo ello dentro del particular universo tarantiniano.

Como Django, Pione Sisto fue preso de las cadenas en su arranque en el Celta. Unas cadenas formadas por los eslabones de la adaptación, la timidez, la falta de ritmo, la ansiedad y la precipitación. El danés se mostró timorato al principio. Plano. No había rastro del jugador descarado que se presuponía y la intrascendencia dominaba la mayoría de sus minutos –casi siempre entrando desde el banquillo-. Poco a poco, la contención dio paso a una precipitación provocada por la ansiedad. Pione había pasado de hacer poco a querer hacerlo todo. Ofuscado. Intentos de regates a 50 metros de la portería, dificultades para la asociación y para levantar la cabeza y continuos errores en la toma de decisiones. A pesar de todo ello, Sisto siempre dejó perlas de lo que llevaba dentro –espectacular la galopada culminada en gol en el tiempo del descuento en Cornellà-. A cuentagotas, eso sí, con altibajos incluso dentro del mismo partido, pero con la sensación de que había un jugadorazo en potencia bajo la camiseta con el dorsal 11.

Como Django, Pione Sisto se quitó las cadenas. Lo hizo curiosamente en la ciudad de las armas, en un partido en el que la única con la que el Celta demostró poder hacer daño a los locales fue precisamente el extremo nórdico. Desde que ingresó en el minuto 67 relevando a Señé, Pione se convirtió en el picante que faltaba. Puñal. De repente, el danés parecía tener cinco años más y la mezcla exacta entre temple y convicción para liderar la ofensiva céltica en busca del empate.

Desde la banda izquierda tiró del equipo, encaró, generó desequilibrios e incluso combinó con sus compañeros. Pero, sobre todo, dejó la sensación de tomar la decisión correcta en cada momento, casi siempre con éxito. Particularmente brillante fue un slalom en el que se fue de tres rivales y acabó derribado dentro del área en un  penalti que podría haber supuesto el empate pero en el que Munuera Montero –vaya partidito del colega- vio para otro lado.

Extraer conclusiones positivas, incluso de partidos tan flojos como el de Eibar, siempre es bueno para seguir trabajando hacia el futuro. En el fútbol actual, cada vez más táctico e igualado, la capacidad de desborde en el uno contra uno vale oro. Es indudable que Pione tiene las condiciones físicas y técnicas para responder a ese perfil. A ellas debe unir personalidad para no dejar de intentarlo y lo más difícil de este juego: el acierto en la toma de decisiones. La ruptura de sus cadenas en Ipurua es solo un primer paso. Pero hasta el camino más largo empieza con un primer paso y siempre es más fácil de hacer cuando eres libre. Cuando estás desencadenado.

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