Decir que el Celta se reecontró consigo mismo ante el Granada en Balaídos sería mentir. Lo cierto es que el equipo lleva sin encontrarse en toda la temporada, pero afortunadamente sigue contando con la indudable y resolutiva calidad individual de algunos de sus futbolistas. El rival de hoy era inferior y los de Berizzo pusieron lo justo para batirlo, demostrando que, aunque no vivan su mejor momento en lo que a juego se refiere, siguen siendo una plantilla temible y efectiva. Los tres puntos conseguidos maquillan la extraña situación que se vive en el Celta de las tres competiciones. 
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Celta 3-1 Granada

Celta: Rubén; Roncaglia, Cabral, Fontàs, Jonny; Radoja, Marcelo Díaz, Wass (Señé, min. 82); Bongonda, Aspas (Pape, min. 86) y Rossi (Guidetti, min. 70).
Granada: Ochoa; Foulquier, Vezo, Lombán, Saunier, Tabanou (Bueno, min. 65); Uche (Ponce, min. 72), Samper; Carcela, Pereira (Atzili, min. 57) y Kravets.
Árbitro: Trujillo Suárez (C.T. Canario). Amonestó con tarjeta amarilla a los visitantes Pereira, Samper y Tabanou.
Goles: 1-0, min. 23, Aspas. 2-0, min. 39, Bongonda. 2-1, min. 87, Kravets. 3-1, min. 93, Pape.
Estadio Municipal de Balaídos.

La situación del Celta es compleja por muchos motivos. El primero, la acumulación de partidos consecuencia de jugar, habitualmente, dos encuentros por semana, algo que se acentuará a partir de esta semana con la entrada en juego de la Copa del Rey. Por otra parte, la problemática más acuciante a la que se está enfrentando Berizzo es la de la pérdida de identidad. Precisamente, el equipo recibía al Granada con la ausencia de dos de sus futbolistas identitarios, dos de los encargados de mover y amasar la pelota: los chilenos Pablo Hernández y Fabián Orellana.

El equipo nazarí aterrizaba en Balaídos, por su parte, sin haber ganado ningún partido y como necesitado colista de la competición. En Vigo siempre se temen estas situaciones por lo ridículo de la derrota. A la mayoría de los equipos les resulta un alivio enfrentarse a los últimos clasificados. Al Celta le aterroriza. Siempre se ha sentido más cómodo chocando con los grandes, como si eso los liberase por completo de la presión de creer que está, básicamente, obligado a ganar.

El oportunismo y el talento (o el talento para el oportunismo)

El planteamiento alternativo de Berizzo, con las ausencias de los dos chilenos, pasó por colocar un doble pivote conformado por Nemanja Radoja, quien atravesaba unos ligeros problemas físicos, y Marcelo Díaz, quien teóricamente debería ser otro de esos futbolistas identitarios, pero lo cierto es que últimamente no se sabe bien qué es. Por delante, Wass como futbolista móvil y tres atacantes: Bongonda pegado a la izquierda, y Aspas y Rossi rotando entre la punta y la derecha, pese a que el de Moaña partía habitualmente desde la banda.

El partido arrancó atascado, como era previsible. Entre los dos equipos se estaba celebrando el festival internacional de la ofuscación, de no tener nada claro qué carajo hacer con la pelota. La diferencia, por supuesto, volvió a radicar en dos aspectos fundamentales del fútbol: la calidad y la fortaleza anímica. Dado que la zaga del Granada no anda sobrada de ninguna de las dos cosas, Rubén Vezo tuvo a bien dejarle el balón muerto a Aspas en el área pequeña para que fusilase a Ochoa. Son las cosas que pasan cuando tienes a un futbolista de la calidad de Iago en tu plantilla y no tienes a alguien como Vezo: tienes más posibilidades de ganar.

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Iago Aspas volvió a marcar la diferencia (y van…).

El partido, sin embargo, siguió muerto a nivel táctico. Desde la horizontalidad de la medular celeste, otrora generadora de fútbol por dentro, por fuera, por arriba, por abajo y en todas las direcciones imaginables, hasta la flagrante falta de profundidad que ha lastrado al Granada de Lucas Alcaraz (y antes de Paco Jémez) a ser colista con méritos y medallas de esas. Afortunadamente, Radoja y Wass fueron cogiendo ritmo a medida que avanzaba el partido, imponiendo ligeramente la subliminal idea futbolística del Celta actual sobre la inoperancia nazarí.

Al final, quien volvió a resolver fue el mismo de antes. Iago Aspas, que algún minuto atrás había dejado solo delante de Ochoa a Daniel Wass, volvió a recibir en la izquierda y filtrar un pase de los que se escriben en las novelas eróticas para que Bongonda, ESTA VEZ SÍ, marcase su primer gol de la temporada. El Celta se fue al descanso sabiendo lo mismo que antes de empezar el partido, es decir, que sin duda es mejor equipo que el Granada y que el nivel actual de Iago Aspas es para agarrar un cubo de palomitas, recostarse en el sofá y ser feliz. Muy feliz.

Nos encantan las cuerdas flojas

Al inicio de la segunda parte existía una sensación sobrecogiendo al campo entero -cuyo césped, por cierto, podría protagonizar alguna película de terror americana cutre-, la sensación de que el partido estaba resuelto, de que ya no había nada que hacer. Pese a lo estúpido de la premisa, el Celta actuó en consecuencia. El ritmo aceptable que había llevado en algunos tramos de la primera mitad se evaporó paulatinamente, cayendo el encuentro en una modorra por momentos insufrible, dada la apatía granadina.

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Pape implosionó en cierto modo en su ceebración.

La entrada de Guidetti, como siempre suele ocurrir, removió un par de conciencias y le dio un meneo al partido, que pegó un brinco similar al de un gato adormecido al que comienzas a acariciar sin previo aviso. Pero los planes de la defensa del Celta eran muy distintos: querían chicha, querían despertar al Granada para que las cosas se pusiesen más emocionantes. Al fin y al cabo, con 2-0 el partido estaba siendo soberanamente aburrido. En esas estaba Cabral cuando decidió golpear su otro pie en lugar de la pelota y dejar que esta última le cayese a Kravets, quien, medio confuso y medio agradecido, regateó a Rubén Blanco para colocar el 2-1. Ahí estaba la emoción. Afortunadamente para el taquicárdico aficionado medio del Celta, corría el minuto 87.

Guidetti quería ser protagonista antes de acabar el encuentro, una actitud de la que debe estar orgulloso, y por eso decidió marcarse una espectacular jugada por banda para liberar prácticamente a todos sus compañeros ya bien entrados en el tiempo de descuento. Después de pasar por Señé, el balón le acabó cayendo a Pape -sí, Pape estaba jugando desde hacía un par de minutos-, que fusiló a Ochoa para cerrar definitivamente el encuentro, entristeciendo a todos aquellos hambrientos de emoción. Curiosa fue la celebración del joven centrocampista senegalés, que simplemente permaneció quieto y agitó su puño, algo así como diciendo: “ESTO DEBE SER EL COMIENZO. EL COMIENZO DE VERDAD”. No se sabe si este será también el comienzo de verdad de este Celta, pero, tras la victoria, al menos queda claro que este no es el final.

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