La identidad de todo equipo se construye alrededor de los conceptos tácticos que imprime su técnico. Sin embargo, todo el esfuerzo preparatorio puede caer en saco roto si no se refrenda con futbolistas capaces de responder a sus pretensiones. La identidad del Celta, desde hace ya cuatro temporadas, parte de la premisa de jugar raso, adelantar líneas de presión y generar fútbol con paciencia y calma en la creación. Sin embargo, tras sufrir bajas relevantes y alguna que otra lesión, la identidad ha comenzado a deteriorarse.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Últimamente, en Vigo a todo el mundo le gusta ver fútbol. La culpa la tiene, cómo no, el Celta. Desde la llegada de Luis Enrique en el verano de 2013, el equipo de la ciudad viene jugando al fútbol de una manera vistosa, hecho que le ha permitido ser reconocido a nivel nacional como uno de los clubes con mayores pretensiones creativas, uno de los equipos con mejor trato de la pelota y, desde luego, uno de los que más gusta ver. En Vigo la afición por el Celta se ha recuperado ostensiblemente a lo largo de estos años, pero lo cierto es que el equipo ha traspasado sus propias fronteras.

Luis Enrique aterrizó en Vigo recogiendo el testigo de Abel Resino, quien respondía a sus habituales esquemas tácticos, fundamentados en conceptos eficazmente rudimentarios como el empaque, la solidez y la velocidad. El entrenador asturiano decidió replantear al equipo celeste, y lo hizo bien trayendo futbolistas con buen manejo de balón -Nolito, Fontàs, Rafinha-, bien redistribuyendo a los jugadores con los que ya contaba para sacar a flote sus mayores virtudes. De este modo, Krohn-Dehli acabó por convertirse en un centrocampista total con una visión de juego extraordinaria -no es que la adquiriese, sino que pudo materializarla-, así como Augusto Fernández se reubicó como pivote todoterreno y Fabián Orellana se reinventó como un atacante versátil, móvil y profundamente problemático para los sistemas de marcaje rivales.

Luis Enrique se fue y se llevó a Rafinha, pero en su lugar la directiva decidió traer a un hombre de la casa. Eduardo Berizzo llegó a Vigo en 2014 con la pretensión de dar continuidad a un proyecto incipiente e ilusionante. Para ello, trajo consigo más madera de toque, arrastrando bajo su brazo a Pablo Hernández, principal generador de fútbol de su O’Higgins campeón. Pese a que los inicios del chileno en Vigo no fueron precisamente halagüeños, el tiempo ha acabado dando la razón a Berizzo. Un año más tarde regresó al Celta la pieza definitiva del engranaje: un delantero capaz de generar combinando. Era junio de 2015. Iago Aspas volvía a aterrizar en Peinador, esta vez para quedarse.

Entre vendas y adioses perdí a mi amor

La temporada 2015/16 arrancó en Vigo con muchas incógnitas en el tintero. La primera y más importante era descubrir cómo afrontaría el equipo dirigido por Berizzo el reto de enfrentarse a un calendario de tres competiciones, ante la reciente clasificación para la UEFA Europa League. Sin embargo, la salida de Nolito, sumada a las bajas progresivas del anterior año de Krohn-Dehli y Augusto Fernández, hacía que el equipo perdiese a varios de sus futbolistas de identidad. En sustitución, el Celta incorporó a sus filas a Pione Sisto, un jugador más vertical, rápido y potente, pero con menor capacidad combinativa. La tendencia de Sisto se había visto alimentada previamente por el ascenso en la plantilla de Théo Bongonda, y también con los fichajes de Daniel Wass y John Guidetti, dos jugadores de tremenda potencia física pero menor habilidad para mover el balón por abajo.

De este modo, los futbolistas de identidad que quedaron a disposición de Berizzo fueron, contando únicamente de centro del campo hacia adelante -allí donde se crea el fútbol, a fin de cuentas-, esencialmente cuatro: Iago Aspas, Fabián Orellana, Pablo Hernández y Marcelo Díaz, el último en llegar. Que, llegados al mes de diciembre, solo uno se haya reivindicado con regulares actuaciones de alto nivel -Aspas, claro- ha traído a Balaídos una consecuencia que de tan luminosa deja ciego: el Celta ha perdido su identidad. O, al menos, la ha visto diluirse.

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Radoja ha robado protagonismo a Marcelo Díaz en un puesto fundamental para comprender la identidad de un equipo.

El Celta ha pasado, en este primer tercio de temporada, de establecer un clásico dibujo de 4-3-3 o 4-2-3-1 con mediapunta predispuesto a tirar diagonales con extremos que tienden al centro, a fijar un sistema fijo de 4-3-3 con las líneas muy separadas y bandas pegadas a la línea de cal, en el que las transiciones ofensivas se han visto claramente perjudicadas, haciendo que la labor de Iago Aspas, precisamente, cobre todavía más valor, dado su aislamiento en ataque.

La verdad es que, en parte gracias a la extraordinaria forma del punta moañés, y en buena medida gracias a la calidad individual de la plantilla, la situación actual del Celta no es necesariamente negativa. El equipo se mantiene, de hecho, cerca de las posiciones europeas en liga, y ha llegado a la última jornada de la Europa League con posibilidades de clasificarse a dieciseisavos -si bien dicha clasificación podría estar cerrada sobradamente-. Pero las sensaciones no han sido ni mucho menos buenas. Y no son sensaciones aisladas, ni producto de una racha negativa, sino que proceden de la pretemporada, es decir, están ahí desde la misma raíz de este proyecto, el tercero de la era Berizzo y el más desordenado de los últimos cuatro años.

Entre la ausencia y la no-presencia

Como se mencionó por ahí arriba, de los cuatro futbolistas de identidad con los que cuenta el Celta a día de hoy, únicamente Iago Aspas se ha desempeñado a su nivel -o incluso por encima, por qué no- en estos tres meses y pico de competición. Por su parte, el rendimiento de Pablo Hernández no ha sido necesariamente malo, aunque lo cierto es que es difícil valorar su trabajo cuando se ha convertido en el único jugador con criterio para mover la pelota en el centro del campo vigués. El chileno se ha encontrado a menudo como una isla abandonada en el círculo central, viéndose obligado a sacrificarse físicamente y ofrecer mucho más recorrido ante el enorme espacio entre medio campo y ataque que ha dejado el cambio de sistema -aunque el esquema sea el mismo, es evidente que la distribución del equipo sobre el césped ha variado y se ha vuelto más desigual, más conservadora-.

Por su parte, el papel de Fabián Orellana se ha visto mermado por las lesiones. Es verdad que el poeta ha tenido sus momentos de poesía -véase su golazo ante el Ajax en Balaídos o su partido ante el Deportivo-, pero su fragilidad ha dolido mucho al Celta en la fase de transición ofensiva, obligando a los centrocampistas -volvemos a Pablo- a trabajar más y a los delanteros a retroceder en busca de balones que otrora eran servidos por él y por un Nolito al que sería difícil echar más de menos.

El caso de Marcelo Díaz es, si cabe, más complejo. El ‘5’ del Celta, que prometía ser el futbolista que pusiese equilibrio y criterio a la medular y liberase creativamente al ‘Tucu’, se lesionó a las primeras de cambio, estando varios partidos en el dique seco. Desde entonces no ha vuelto a ser el mismo. ‘Chelo’ se ha convertido en un futbolista plano, horizontal, sin movilidad y sin profundidad. Se podría decir que Marcelo Díaz ha perdido su identidad del mismo modo en que lo ha hecho su equipo, y es cierto que su rendimiento viaja de forma paralela al de todo el Celta.

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Bongonda es un fiel reflejo de la nueva identidad del Celta.

La reflexión, pese a todo, exige ser más profunda. Es cierto que los futbolistas identidad del Celta no están funcionando, están teniendo problemas físicos o simplemente se están sintiendo abandonados sobre el césped. Pero en la búsqueda de motivos siempre hay dos caras de la misma moneda, y llegados a este punto cabe replantearse si la identidad del Celta sigue siendo necesariamente la del toque y el preciosismo.

Porque, observando cuántos futbolistas de identidad de un perfil totalmente distinto hay en la plantilla, podemos llegar a sorprendernos. Nemanja Radoja, Daniel Wass, Théo Bongonda, Pione Sisto, John Guidetti. Todos son jugadores eminentemente físicos. Por detrás viene Pape Cheikh, que ha comido la tostada a Borja Fernández -este triunfo es significativo en este sentido-, y en la enfermería espera Claude Beauvue. Lo más probable es que estos sean los nuevos futbolistas de identidad del Celta, y que su filosofía se haya modificado. Y precisamente en el choque entre ambas ideas, entre presente y pasado, se produce un cortocircuito que el equipo todavía no ha logrado solventar. En ese tira y afloja entre dos identidades, la real y la pretendida, se maneja un Celta incapaz de reconocerse sobre el campo. Pero el equipo sigue ganando, aunque sea a trompicones, cosa que, por otra parte, se ha convertido en habitual, en una suerte de refugio para la comodidad. Ha quedado claro que en el Celta, mientras algo no esté roto, nadie se va a proponer arreglarlo.

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