Hay en el fútbol una figura que no siempre es fácil de entender, la de los escenarios malditos. A ellos llega un equipo convencido de que, aunque haga un buen partido, habrá circunstancias incontrolables que le impidan llevarse la victoria. El problema del Celta es que esos estadios que se le dan mal se van apilando sin remedio, unidos a que está demostrando que se arruga cuando tiene que defender una ventaja. Las experiencias en el Estadio de Gran Canaria, Benito Villamarín, El Sadar, Ipurúa o San Mamés refuerzan esta teoría, y todavía queda algún escenario maldito más, como Mendizorroza. Todo esto hace que el equipo vigués no esté siendo fiable lejos de Balaídos, consiguiendo una única victoria, en Cornellá, en el descuento y sin tiempo para desperdiciar la ventaja.
Miguel Gallego | TintaCeleste

El Real Club Celta está siendo un equipo de lo más contradictorio esta temporada, capaz de acumular gran parte de su bagaje de puntos cuando peor juego desarrollaba, y de estrellarse en los partidos en los que ha resultado más reconocible en su estilo. Es el caso de los dos últimos partidos ligueros, ante el Sevilla en Balaídos y en San Mamés. La explicación parece sencilla pero, desde luego, no lo es. Los de Berizzo se están encontrando más cómodos llevando la iniciativa de los encuentros. Con empate, el equipo se asocia, combina y domina a su adversario. Sin embargo, parece que cuando se pone con ventaja, especialmente fuera de Balaídos, las dudas aparecen. El balón ya no fluye, parece que quema en las botas de sus centrocampistas, el peligro desaparece y, con él, la iniciativa. Se vio especialmente claro en San Mamés, donde el partido se repartió entre setenta minutos de absoluto dominio vigués y veinte de total agonía.

Buenas noticias para acabar el año

Si se obvia el necesario dato de los resultados y los puntos, parece que el Celta ha vuelto para quedarse en estas últimas jornadas del año. El desempeño del equipo contra el Sevilla y el Athletic no solo ha sido correcto, ha sido incluso brillante por momentos. Y eso en sí son muy buenas noticias. La tendencia del Celta era la contraria, el juego no fluía y, aun así, el equipo coqueteaba con los puestos europeos. Se esperaba que, con la llegada del mejor nivel de juego, se dispararía en la clasificación.

El Celta es un equipo contradictorio, capaz de acumular gran parte de sus puntos cuando peor juego desarrollaba, y de estrellarse en los partidos en los que ha resultado más reconocible

Pues bien, no ha sido así, especialmente por culpa de ese desmoronamiento en los minutos finales. Lo que ocurre es que, del mismo modo que no había motivos para la alarma en el tramo inicial, gracias a los resultados, tampoco debería haberlos ahora. Es de esperar que, si el equipo juega mejor, los resultados deberían seguir acompañando, a pesar de los últimos tropiezos. ¿O no?

¿Cuestión física o mental?

Sin embargo, la tiranía de los resultados es absoluta en el fútbol moderno, así que hay que buscarle una explicación a esa falta de rendimiento cuando el equipo se pone por delante, especialmente lejos de Balaídos, donde está mostrando una mayor incapacidad para cerrar los partidos. Y ahí parece inevitable echar un vistazo al propio sistema de juego, que utiliza la presión como arma fundamental. Evidentemente, el desgaste obliga a un bajón en los minutos finales, que ha provocado que, en ocasiones, ni siquiera tres goles de ventaja son suficientes. Un equipo de élite no se debe coartar, debe entregarlo todo en busca de la mayor renta posible, y más cuando necesita varios goles para evitar una nueva remontada. El problema surge cuando ocasiones claras quedan en el tintero por culpa del desacierto, de los palos y de un improvisado héroe local en la portería.

La tiranía de los resultados es absoluta en el fútbol moderno, así que hay que buscarle una explicación a esa falta de rendimiento cuando el equipo se pone por delante

Pero no es menos cierto que la cuestión tiene algo de mental. No es de extrañar que se acuse más el bajón en esos llamados escenarios malditos. San Mamés es uno de ellos, puede que el peor de todos. No es la primera vez que el Celta sufre allí una de esas remontadas imposibles y, por desgracia, parece que no será la última. El factor anímico también afecta allí al equipo local, pero a la inversa. Todo se suma, y el Celta acaba pidiendo la hora tras arrasar a su rival durante gran parte del partido. Esta aparente fragilidad mental es una mala señal, a pesar de la mejoría del juego.

San Mamés es uno de esos escenarios malditos para el Celta, puede que el peor de todos

Y, por último, también hay que considerar esos pequeños detalles que desnivelan la balanza en campos como San Mamés. Un par de pequeños pasos atrás desde la banda, una expulsión rigurosa que condiciona los cambios y que acaba metiendo a las huestes viguesas en una nueva emboscada. Todo se suma y sirve, a la vez, para prolongar las malas sensaciones en San Mamés y para evidenciar que a este Celta le cuesta horrores ganar los partidos, aunque el juego y el resultado lo acompañen.

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