El Valencia cayó en Mestalla contra el suelo como si fuese una pieza de porcelana con unas ganas terribles de romperse en mil pedazos. Ni Voro al rescate ni el aliciente de la competición copera sufragaron la ansiedad de un club en deconstrucción. El Celta, por su parte, no fue más que un solvente espectador, que no dudó en matar cuando se le puso un arma en la mano ni en coger el billete que se le ofreció, sin tasas ni impuestos adicionales. Salvo catástrofe, el equipo de Berizzo ya es cuartofinalista de Copa. 
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Valencia 1-4 Celta

Valencia: Jaume; Cancelo, Javier Jiménez, Mario Suárez, Siqueira; Enzo Pérez (Carlos Soler, min. 46), Álvaro Medrán (Bakkali, min. 61), Dani Parejo; Santi Mina, Munir y Rodrigo (Rafa Mir, min. 79).
Celta: Sergio; Hugo Mallo, Cabral, Roncaglia, Jonny; Radoja, Marcelo Díaz, Pablo Hernández (Pape Cheikh, min. 78), Wass (Sisto, min. 84); Bongonda y Aspas (Guidetti, min. 72).
Árbitro: Estrada Fernández (C.T. Catalán). Amonestó con tarjeta amarilla a los locales Álvaro Medrán, Enzo Pérez, Munir y Siqueira, y al visitante Sergio.
Goles: 0-1, min. 3, Aspas, de penalti. 0-2, min. 14, Bongonda. 0-3, min. 19, Wass. 1-3, min. 58, Dani Parejo, de penalti. 1-4, min. 75, Guidetti.
 Estadio de Mestalla, 33.958 espectadores.

Las predicciones previas al choque entre Valencia y Celta eran tan dispares como impredecible se preveía el desarrollo del encuentro. A las orillas del Turia las cosas venían desarrollándose con el cariz profundamente decadente de los últimos tiempos. A los pésimos resultados del equipo, el terrible estado de forma de sus jugadores, la falta de acoplamiento táctico y la turbulenta situación institucional que vive el club desde hace ya más de una década, se acababa de sumar la dimisión -¿seguro? ¿dimisión?- de Cesare Prandelli, segunda víctima del banquillo valencianista en lo que va de año. Ni Münch habría imaginado un cuadro tan terrorífico.

Pero nunca se sabe con la Copa del Rey, o eso se venía diciendo por ahí, con la copla habitual de que no es la primera vez que esta competición, a menudo subsidiaria para la mayoría de los equipos, permitía al conjunto ché salvar las papeletas en medio de alguna que otra temporada para el olvido. Lo cierto, pese a todas las cábalas, es que esta no es una temporada más a la deriva para el Valencia. Esta es la temporada en la que todo está volando por los aires. Y el Celta no viajó a la costa mediterránea para enfrentarse a un elefante moribundo, sino para, de facto, oficiar su funeral.

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Bongonda diversión.

Ese halo minúsculo de esperanza en el corazón del hastiado aficionado valencianista tardó un suspiro en desvanecerse. Duró, concretamente, un minuto y medio, hasta que Pablo Hernández se internó en el área y Javi Jiménez -una medalla al honor a este chaval por tener los santos cojones de debutar bajo tales circunstancias- lo arrolló como un rinoceronte entrando en una peluquería. Algunas voces se quejaron, pero así es el fútbol. Pocos penaltis ofrecen menos dudas a la vista. Iago Aspas, que mete todo lo que toca últimamente, convirtió la pena máxima y cerró su ciclo personal: ya ha marcado en todas las competiciones y de todas las formas posibles -o casi-.

La concentración de centrocampistas propuesta por Berizzo, con literalmente todos sus futbolistas de medio campo alineados de inicio, convirtió a los primeros minutos en un monólogo absorbente ante el que el Valencia reaccionó con impotencia, en base a disparos de Parejo desde la casa de su abuela en Coslada y a Santi Mina empeñado en saltar a la piscina a pesar del puto frío que hacía en la tarde-noche mediterránea. La expresión de Voro, situado en el banquillo casi por imposición, era de contradicción, de qué cojones estoy haciendo yo aquí comiéndome este marrón en plenas navidades. 

El desorden en los automatismos defensivos del Valencia fue una lluvia de golosinas para Théo Bongonda, que empezó a ejercer el papel de amigo cabrón que coge la cámara en una fiesta para grabar a sus colegas borrachos como cubas. Joao Cancelo salió el peor parado de la cabronada del belga, que decidió tomarle las espaldas casi como una costumbre de las que hacen que la rutina no tenga por qué ser algo malo necesariamente. De una de esas instantáneas nació el segundo gol del Celta, obra del propio Bongonda, y de otra de ellas surgió el tercero, a cuenta de Wass después de una internada del propio extremo celeste por la izquierda, con Cancelo bailando alrededor de sí mismo y pensando en por qué el Barcelona querría ficharlo a estas alturas de su carrera.

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¿Qué hace un chico como yo en un sitio como este?

Con 0-3 en el marcador y la afición valencianista empezando a evacuar Mestalla, el encuentro se durmió y se convirtió en puro tedio solo apto para espectadores obstinados o para gente macabra con ganas de quedarse hasta el final del funeral como quien apura hasta la última gota de su licor café, lamiendo el vaso si hace falta. Pero no hubo más. Si acaso, un par de detalles, como el momento estelar de Gustavo Cabral, asistiendo amago mediante a Rodrigo para que se plantase en un mano a mano de otro modo impensable ante Sergio y provocase un penalti perfectamente evitable. Cada uno tiene su forma de divertirse, y no iba a ser el pobre Cabral el único insatisfecho de la noche. 

El susto del gol de Parejo fue rápidamente subsanado, no sin antes sufrir la taquicardia de rigor que hace que el Celta sea el Celta, por el cuarto gol de los de Berizzo, convertido por un Guidetti recién incorporado al terreno de juego después de otra jugada de Bongonda, quien por un momento decidió convertirse en el futbolista que todo el mundo espera que acabe siendo. 

Los chicos de azul celeste acabaron el partido borrachos de goles y con ganas de morder ya con fuerza esos cuartos de final que tan bien supieron el año pasado. En el funeral del Valencia no hubo demasiadas lágrimas, porque la verdad es que llevaba años encargándose de hacer que todos sus amigos y conocidos, aunque lejanos, terminasen por tenerle tirria. Ahora, en medio del temporal, les toca aferrarse a la religión, que es bien sabido que es la única solución que encuentran las almas perdidas, y esperar unos cuantos días mirando a la nada con cara de circunstancias, con la ilusión, aunque vaga, de que se produzca una milagrosa resurrección.

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One response to “Cuatro goles y un funeral

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