Cristian Bustos abandonó el Celta hace ya mucho tiempo, en el invierno de la temporada 2012/13, un invierno que pertenece a las ruinas del pasado y al que el equipo logró sobrevivir antes de alcanzar tierra firme en las orillas del verano. Sin embargo, poco tiempo antes tuvo la oportunidad de dejar un recordatorio para un futuro que hoy se convierte en presente.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

12 de diciembre de 2012. Estadio de Balaídos, bajo la lluvia, con Vigo anocheciendo y esperando la llegada de la Navidad como quien espera un milagro de los que ocurren en las mejores películas cutres norteamericanas. Ida de los octavos de final de la Copa del Rey. Minuto 78 de partido. El Celta había logrado adelantarse al Real Madrid tras un esfuerzo táctico sobrehumano y varias intentonas. Después de que el estelar Park Chu-Young marrase sus tres opciones para batir a Adán, finalmente había sido Mario Bermejo quien había hecho estallar el hielo de las gradas viguesas después de una fantástica asistencia con la zurda de Michael Krohn-Dehli.

Con el Celta adelantado en el marcador, el Real Madrid de Mourinho se volcó sobre la meta de Sergio, pero Balaídos es un lugar hostil cuando el equipo responde y da razones para serlo. Con algo más de diez minutos para cumplirse el tiempo reglamentario, Pepe sacó de banda desde la derecha con prisas, diciéndole a su lateral que avanzase metros, que no había tiempo que perder. Sin embargo, buscó a Xabi Alonso en el medio, enviándole una pelota picada difícil de controlar. La presión de De Lucas desde atrás dificultó todavía más la tarea del tolosarra, a quien se le escapó el balón lo justo para que Bermejo pudiese meter la pierna y tocar rápido hacia el centro, donde Cristian Bustos esperaba la pelota, apenas tres minutos después de entrar en el campo en sustitución de Iago Aspas.

El centrocampista alicantino, que aún no alcanzaba la treintena y pronto haría las maletas camino a El Molinón, controló el esférico con el interior orientándolo en diagonal hacia la portería. Después de dar un nuevo toque al cuero para preparar el disparo, Bustos armó su pierna derecha, levantando el brazo izquierdo para coger impulso y golpeando la pelota por debajo y con violencia. El Celta de aquella época consistía, de hecho, en armar cosas, en armarlo todo. Principalmente porque casi todo estaba desarmado. Pese a que Paco Herrera había reconstruido el equipo de un modo bastante digno, lo cierto es que todavía quedaba mucho camino para convertirse en un conjunto competitivo para Primera División.

El golpeo seco de Cristian Bustos ejecutó una parábola perfecta desde tres o cuatro metros antes del perfil izquierdo de la medialuna del área, colándose entre Pepe y Carvalho y ascendiendo al cielo vigués para después acabar bajando, con Adán ya batido. Desde que el Celta despegó en el mes de junio de 2013, algunos meses después de que Bustos dejase de vestir el celeste, su trayectoria ha hecho las veces de su misil hacia la portería madridista. En tres años de pleno ascenso, el equipo pasó de luchar por sostenerse sobre la cuerda floja a entrar a Europa por la puerta grande y derrotar a todos los grandes equipos de la liga en alguna ocasión. Del mismo modo en que lo hizo aquella noche, con el gol de Bustos y las gradas ardiendo entre todo el frío invernal de la ciudad. Del mismo modo en que lo hizo la semana pasada en el Bernabéu, con un peinado nuevo y algunos trajes que por aquel entonces no podría haber soñado comprarse.

El esférico disparado por Bustos perforó la red de una manera similar a la que lo hicieron Iago Aspas y Jonny Castro el miércoles pasado, aun distanciados por varios cientos de kilómetros y unos cuantos años. La sensación fue parecida: todo el mundo estalló en euforia y el ambiente adquirió ese grado de magia que hace que el fútbol sea una cosa maravillosa en ocasiones. En 2012, el gol de Bustos acabó por quedar en el tintero como una memoria inolvidable después de que el Real Madrid arrasase al Celta en el Bernabéu. Mañana, la historia puede cambiar o puede que no lo haga, pero el fútbol es cosa de recuerdos. Nadie puede robarnos la parábola de Bustos.

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