Ya está. El Celta consumó la hazaña, tumbó al todopoderoso Real Madrid y se plantó en las semifinales de la Copa del Rey. Y lo hizo colándose en el tradicional banquete al que solo están invitados dos comensales, dos auténticos glotones que se dedican a engullir por pura gula y que no dudan en vomitar en todas direcciones para poder seguir tragando. La desgracia madridista no fue obra del Celta. Se vendió como un éxito del Barcelona, cuyo aparato de propaganda festejó como un título, ya que evita el triplete blanco, por lo que parece único éxito posible para los grandes en el fútbol actual. Mérito del Celta, cero. Y es verdad, el club vigués no ha ganado aun ningún título. Pero, por méritos propios, debe ser considerado un aspirante legítimo, más allá de un arma madridista que vengue la afrenta y aparte al Barcelona del triplete.
Miguel Gallego | TintaCeleste

Desde hace unos años, los grandes del fútbol español se toman muy en serio la Copa. Y no porque la consideren un objetivo en sí misma. La competición cobra importancia según el papel de cada uno de ellos. El que la gana, la suma a sus logros del año que, por una cuestión cuantitativa, ya no podrá alcanzar el eterno rival. El que no la gana (solo hay esas dos posibilidades, no se contempla una tercera), pasa a considerarla la menos importante de todas, incluso prescindible en busca de un bien mayor. El Real Madrid rozó el ridículo la temporada pasada tras su eliminación por alineación indebida y este año quería resarcirse. Llegaba, además, avalado por una racha de récord sin perder. Pero se encontró un Celta muy serio, que le tiene ganas a la Copa. Que quiere esta competición por lo que es y, por qué no decirlo, porque siente que tiene deudas pendientes con ella. Así asaltó el Bernabéu en el partido de ida. Y así se sintió lleno de confianza para la vuelta. El equipo blanco se encontró contra las cuerdas y con la mitad del estado con la escopeta cargada. No debía vencer al Celta en Balaídos. Luchaba contra el agravio, contra el oprobio del barcelonismo. No le quedaba otra que echar el resto.

Sorprendidos

Quizá Berizzo y los suyos no esperaban este cambio de marcha, este plus de motivación del rival. O, simplemente, optaron por lo que mejor saben hacer, buscar al oponente, presionarlo arriba con intensidad e intentar hacerle daño en previsión de que la bestia acabara despertando. El caso es que el Celta no cambió el guion, utilizó su once de gala (con la obligada ausencia del Tucu Hernández), e intentó hacerse con el control del balón, sin éxito.

El Real Madrid no debía vencer al Celta en Balaídos. Luchaba contra el agravio, contra el oprobio del barcelonismo

El Real Madrid se adueñó del partido la primera media hora. Necesitaba dos tantos e intentaba conseguirlos casi a la vez. Sin embargo, las malas dinámicas no entienden de miedos ni críticas, o quizá sí, y los problemas de sus delanteros con el gol quedaron patentes. El Real Madrid corría el riesgo de dejarle en bandeja el triplete al Barcelona y dejó vivo a su rival, que se había visto obligado a jugar esa media hora con defensa de cinco, con Jonny incrustado en el centro y Bongonda como lateral izquierdo.

El eslabón más débil

A perro flaco todo son pulgas. Es difícil entender el estado de histeria que se ha instalado en Concha Espina. El Real Madrid de Zidane coleccionaba alabanzas hace dos semanas. Llevaba un año sin perder, tenía al multipremiado mejor jugador del mundo en sus filas y a un técnico, según decían, con una flor. Todo eso. Y, en un abrir y cerrar de ojos, el equipo ya no convence, Cristiano no las mete, y Danilo tiene que salir de la plantilla urgentemente. Y va Danilo y se mete el gol que dinamita la remontada. Es una acción de mala suerte, pero puede ser el punto de inflexión de la eliminatoria. Crecen las burlas, surgen los memes y el Celta coge aire para acometer una segunda mitad que se aventura dramática. Para el Real Madrid ya lo es.

¿Quién quiere ser campeón?

La segunda parte enfrenta a dos equipos que han decidido el papel que quieren jugar. Uno quiere hacer historia, sabe que toca seguir sufriendo, que está a tres partidos y medio del sueño de toda una afición, de un sueño de casi un siglo, y que tiene muy, muy lejos los centros de poder, los líderes de la opinión pública que, a esas horas, están afilando sus puñales para la guerra que se avecina. Pero los hombres de Berizzo saben que, si se gana esta batalla, quedarán otras tres. No han conseguido nada, y así lo dicen las cicatrices que lucen orgullosos bajo la celeste. Aquellas infligidas por una bala francesa hace casi un año en el Pizjuán.

Merece la pena que el Celta siga igual de centrado en una competición con la que siente que tiene una deuda pendiente

El otro equipo no se está jugando la Copa. Se está exponiendo a un juicio público, con un jurado popular que se reúne a cientos de kilómetros, que da la sensación de que ya tiene su veredicto metido en el sobre. El Real Madrid ya no apela a las grandes remontadas del pasado. Se conforma con que alguien resuelva, de la manera que sea, y salve este match point que tiene el barcelonismo a favor. Puede que sea ese el precio que conlleva vestir esa camiseta blanca tan deseada. Una carga, una reválida constante que solo se salva a base de récords que duran un suspiro, o hasta que venga el vecino y los borre para siempre. Y, en medio de toda esta vorágine, los cuartos de final de Copa no parecen el escenario ideal para el ser o no ser de todo un Real Madrid.

A tres peldaños

Así se escribió el desenlace de la eliminatoria. El Celta se la llevó siendo el Celta: exprimiendo al máximo sus opciones para conseguir dos goles, presionando a muerte hasta el último segundo, y encajando la inevitable ración de goles a balón parado que parecen el mayor peligro al que se enfrenta en un tramo de la competición en el que nadie parece ya dispuesto a perdonar nada. Igual que sucedía hace justo un año, el Celta se encuentra ahora a tres partidos del título y de la clasificación para Europa. Merece la pena que el equipo siga igual de centrado en una competición con la que siente que tiene una deuda pendiente. Es de esperar, por lo tanto, que Berizzo vuelva a reservar a los mejores para la ida de unas semifinales que pueden ser la llave para que el club siga subiendo escalones año tras año, y son ya unos cuantos. Todo a base de pasión y sufrimiento, de orgullo y de afouteza. Sin miedo a las críticas, que las hay, pero que nunca deben buscar la destrucción de un equipo de manera gratuita.

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