“La única esperanza que te queda es la de aceptar el hecho de que ya estás muerto. Cuanto antes lo aceptes, antes podrás funcionar del modo en que se supone que un soldado debe hacerlo: sin piedad, sin compasión, sin remordimientos. Toda la guerra depende de ello.” [Ronald Speirs, Band of Brothers]
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Celta 0-0 Alavés

Celta: Sergio; Hugo Mallo, Cabral (Sergi Gómez, min. 80), Roncaglia, Jonny; Radoja, Marcelo Díaz, Pablo Hernández; Wass (Guidetti, min, 76), Bongonda (Sisto, min. 69) y Aspas.
Alavés: Pacheco; Kiko Femenía, Feddal, Laguardia, Theo Hernández; Llorente, Manu García; Toquero (Édgar, min. 63), Camarasa (Óscar Romero, min. 84), Ibai Gómez (Vigaray, min. 75); y Deyverson.
Árbitro: González Gonzáles (C.T. Castellano-Leonés). Amonestó con tarjeta amarilla al local Bongonda, y a los visitantes Llorente y Camarasa.
 Estadio de Balaídos, 18.989 espectadores.

[…] la fiesta de San Crispín nunca llegará

sin que a ella vaya asociado nuestro recuerdo,

el recuerdo de nuestro pequeño ejército,

de nuestro pequeño y feliz ejército, de nuestra banda de hermanos.

Porque quien vierta hoy su sangre conmigo

será mi hermano; por muy vil que sea,

esta jornada ennoblecerá su condición. […]

[Discurso de San Crispín, Enrique V, William Shakespeare]

Todas las guerras traen muertos a casa. En el baile de la pólvora alrededor de los árboles, es inevitable que uno de los dos rifles que se enfrentan en medio de la niebla no acabe cayendo para que, así, el otro se alce vencedor. En el momento en el que el enemigo cae derrotado, deja de importar por completo, como si nunca hubiese sido humano ni compañero de condición. Sin embargo, en la oscuridad de la trinchera, el enemigo es todo cuanto existe. Es el autor del miedo y de la precaución, quien te convierte en un ave taciturna y temblorosa.

Celta y Alavés habían avanzado a través de esa guerra desigual que es la Copa del Rey atravesando diferentes caminos. Los vigueses se habían visto obligados a atravesar media Europa en su pequeño tanque acorazado, mientras el equipo vitoriano había aterrizado en el campo de batalla cruzando el océano en helicópteros ajenos a lo terrenal. De todos modos, cuando llega la hora de intercambiar balas, el pasado deja de importar: todo el mundo encaja el mismo miedo a morir. Todo el mundo reza porque su futuro no termine en el presente.

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– Abuelo, ¿fuiste un héroe en la guerra?

Balaídos funcionó como trinchera antes de la guerra. Berizzo intentó plantear el mismo encuentro que en la ida ante el Real Madrid y sacó de inicio a los mismos futbolistas que en el Bernabéu. Pero el Alavés no es el Real Madrid ni para bien ni para mal, y el encuentro pronto se encaminó por otros derroteros. La planicie futbolística y la voracidad de la lluvia torrencial oscurecieron lo que pretendía ser una fiesta que salvase a todo el mundo de una nueva batalla fratricida. Durante toda la primera mitad, no hubo un pase entre dos jugadores vestidos de azul celeste que no estuviera cargado de miedo, del terrible pavor a perderse el asalto a la gran ciudad, de perderse la gran oportunidad de vencer la guerra en el Calderón. 

El Alavés le echó cara al conflicto y Camarasa buscó soluciones dirigiendo contraataques que fracasaban constantemente al estrellarse con las firmes líneas celestes, que apenas se entregaron durante un instante para que Manu García desviase lo justo la pelota para colocarla entre los tres palos, allí donde habitaba un Sergio Álvarez que estuvo fino y felino para colocar tres dedos en el lugar adecuado y desviar la única bala que podría haber causado heridas graves en la formación viguesa.

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– No -contesté-, pero serví en una compañía de héroes.

Con la segunda parte en marcha y el miedo siendo sustituido progresivamente por la presión de no encontrar el camino hacia el gol, el Celta se desperezó ligeramente, en gran medida a través de la entrada en el terreno de juego de la agilidad y el descaro del soldado raso Pione Sisto. Las mejores oportunidades llegaron, como no podía ser de otro modo, a través de la puntería del francotirador vigués por excelencia, un Iago Aspas que, sin embargo, no logró hacer daño al compacto y bien protegido pelotón alavesista, cuya principal fortaleza se personificó en su guardameta Fernando Pacheco.

Al final ninguna incertidumbre acabó por resolverse. La del Celta y el Alavés en Balaídos fue una de esas batallas que no marcan la diferencia pero que no pueden dejar de ser luchadas. La guerra, lejos de las trincheras y solo con la valentía y las ganas de reinar en la cima de Madrid con el escudo entre los labios como armas efectivas, debe continuar lejos de aquí, en el frío suelo vitoriano, donde la lluvia amenaza con volver a ser compañera de viaje. Desde hoy y hasta el miércoles, cada uno de los hombres que interviene en esta contienda podrá pensarse a sí mismo y hacerse consciente, una vez más, de la grandeza que esconde la causa mayor por la que luchan.

Una vez en el campo de batalla, ya no quedará más tiempo para pensar. Allí no habrá nada más que pólvora, vencedores y vencidos.

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One response to “Atrincherados

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