Things arent what they used to be
Missing one inside of me
Deathly lost, this can’t be real
Cannot stand this hell I feel
Emptiness is filling me
To the point of agony
Growing darkness taking dawn
I was me, but now He’s gone
Fade to black, Ride the lightning, Metallica, 1984.
Borja Refojos | Tinta Celeste

Alavés 1-0 Celta

Alavés: Pacheco; Kiko Femenía, Laguardia, Feddal, Theo Hernández; Marcos Llorente, Manu García; Toquero (Édgar, min. 78) (Alexis, min. 93), Camarasa, Ibai (Vigaray, min. 86); y Deyverson.
Celta: Sergio; Hugo Mallo, Cabral, Roncaglia, Jonny; Marcelo Díaz (Guidetti, min. 82), Radoja, Pablo Hernández; Wass (Rossi, min. 85), Bongonda (Pione Sisto, min. 73) y Iago Aspas.
Arbitro: Mateu Lahoz (Comité valenciano). Amonestó con tarjeta amarilla a los jugadores locales Feddal y Theo Hernández y a los visitantes Iago Aspas y Marcelo Díaz.
Gol: 1-0 Édgar (min. 81). 
Mendizorroza. 19.307 espectadores.

El silencio de la noche es frío. Helado. Ha calado hasta los huesos de tal manera que el alma también es silencio. Frío por dentro. Molido por dentro. Vacío por dentro. No hay más luz que la de la lamparita que apunta el teclado, sí, ese que rompe la quietud de la noche. Joder, qué frío hace.

De repente levantas la vista y recuerdas. ¿Y si Iago metiera esa primera que tuvo y que sacó Pacheco? ¿Y si enchufase aquella vaselina también en el primer tiempo? Tal vez pudo haber seguido… Hace casi dos horas que acabó pero el partido sigue ahí. Cada segunda jugada, cada balón dividido, cada disputa. El Alavés jugaba como si no hubiera un mañana.

Tranquilo, ahora llega el arreón. Cada vez que el equipo hilvanaba cinco o siete pases en el medio conseguía llegar cerca del área. Una buena jugada de lado a lado ya en el segundo tiempo, que acabó con centro de Hugo y testarazo de Wass a las manos de Pacheco. ¿Sería ese el click?w_900x700_08231626nd5_2432

Quieres pensar que la cosa va a cambiar. Pero no. Al Alavés no se le acaba la gasolina. Sigue peleando, y corriendo, y mordiendo, y soñando, y viviendo, y aferrándose a una oportunidad que probablemente sea única en la carrera de la mayoría de sus futbolistas. Llevaron el partido a su terreno, llevaron la eliminatoria a su terreno, llevaron nuestros sueños a su terreno.

Y entonces lo ves: ese balón dividido que caza Édgar, esa incursión en el área y ese remate plácido, con todo el tiempo del mundo para elegir. Sergio, que había mantenido vivo al equipo con dos buenas paradas, estaba vendido.

Un rayo congelado atraviesa de nuevo el interior del cuerpo. Hasta lo más profundo. La piel sigue intacta. No hay herida, no hay moratón, no hay sangre. Pero duele. Un vaso ha caído y ha estallado en mil pedazos y el agua de su interior, los sueños de tu interior, se mueren en la arena del desierto. Ni siquiera entonces hubo reacción. Ni así el Celta fue el Celta. Lo intentó con pelotazos, buscando ser quién no es. Y eso también duele: ni siquiera poder aferrarse al orgullo de ser uno mismo y morir como viviste.

¿Qué coño le pasa al teclado? No solo está frío, ahora también mojado. Como las mejillas de aquel aficionado roto que enfocaron en el pitido final. Y las tuyas. Y las vuestras. La orilla es el cementerio favorito del Celta. Pero mañana volverá a salir el sol. Ahora no puedes dormir, sigues dándole vueltas, y mañana madrugas. Y a ti aún te quedan diez horas de autobús. Y tú estás cabreado, y tú decepcionado, y tú orgulloso. Y tú también. Quizá no hoy, ni mañana, pero volverás a estarlo. Las heridas siempre curan y la esperanza siempre renace. La tuya es celeste.

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