Desde que en 1992 se recuperó la plaza en la máxima categoría fue necesario sufrir repetidamente durante varias temporadas para lograr la permanencia. A mediados de los 90 todavía no se vislumbraba el fútbol de seda y las mágicas noches europeas que iban a llegar un lustro más tarde. Un claro ejemplo de futbolista de pico y pala, tan habitual en los equipos de la zona media-baja de la tabla de entonces, fue Ángel Merino, a quien tocó casi siempre realizar buena parte del trabajo sucio que por entonces tanto abundaba en la sala de máquinas olívica.
José Luis Rodríguez Sánchez | Tinta Celeste

Merino, madrileño de nacimiento, se incorporó a las categorías inferiores del Leganés en 1985. Su experiencia en el equipo pepinero le sirvió para terminar de formarse como futbolista en el barro de la Segunda División B. Su buen nivel le sirvió para ganarse una oportunidad en Primera que no iba a desaprovechar en las filas de Osasuna. Su perfil de centrocampista obrero encajaba a la perfección en la filosofía del equipo navarro, tal y como se demostraría durante las seis temporadas siguientes. Su fútbol no enamoraba ya que no destacaba por sus virtudes técnicas y tampoco por su rapidez. Con todo, cualidades como la sencillez en los pases y la capacidad para equilibrar el mediocampo las agradecían enormemente todos sus técnicos.

Merino gozó de la confianza absoluta de Pedro Mari Zabalza, preparador rojillo en aquellos años. Curiosamente la temporada en que menos participó fue la 1990/91, y a pesar de ello intervino en 27 encuentros. Fue aquella una campaña inolvidable para los navarros, que golearon al Real Madrid en el Bernabeu, terminaron en una magnífica cuarta plaza y consiguieron la clasificación para la Copa de la UEFA. Meses más tarde el madrileño gozaría de la titularidad e incluso iba a convertir un tanto en un histórico triunfo logrado en Stuttgart. Osasuna tardaría 15 años en repetir experiencia europea, en buena parte a causa del profundo bache en el que se vio inmerso a partir de 1994. Con el descenso de categoría la plantilla sufrió una profunda reestructuración y Ángel Merino, que tenía ya 28 años, fichó por el Celta.

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Ángel Merino jugó con el Celta durante tres temporadas (Foto: yojugueenelcelta.com)

Un Celta obrero

Para el club olívico acababa de finalizar una etapa comandada por Txetxu Rojo, quien había conseguido ascender y consolidar al Celta entre los grandes. El listón estaba muy alto y la llegada al banquillo de Carlos Aimar fue acompañada también por un importante cambio de piezas. Dejaban el club futbolistas estructuralmente primordiales en los años anteriores, tales como Cañizares, Otero, Engonga, Salillas o Andrijasević. En su lugar se fichó a los Desio, Mariano Hoyas, Uribarrena, Juan Sánchez, Tárraga o Ángel Merino. Y si en los años anteriores ya se había sufrido para lograr la permanencia las expectativas de cara al curso 1994/95 no resultaban muy halagüeñas.

Merino se retiró con 37 años dejando en todos los clubes en los que jugó el recuerdo de su seriedad y su enorme capacidad de trabajo

Lo cierto es que la pareja que formó Merino en mediocampo con Hermes Aldo Desio daba soporte a un equipo tan limitado como trabajador. El Celta, que a todas luces contaba con una de las cuatro peores plantillas de Primera durante aquel curso, completó una temporada más que digna y certificó su continuidad en la máxima categoría tras una cómoda victoria conseguida en Las Gaunas en la última jornada. El centrocampista madrileño, imprescindible para Aimar, rozó los 3.000 minutos de juego entre liga y copa e incluso se permitió el lujo de conseguir sus primeros dos goles con la elástica celeste.

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Merino y Desio, los dos primeros por la derecha en la fila superior, en un once correspondiente a la temporada 1994/95 (Foto: equiposdefutbol2.blogspot.com)

Al año siguiente las cosas no comenzaron bien en Casa Celta, luego del terremoto veraniego que supuso la ‘crisis de los avales’. En la liga el arranque también resultó muy deficiente y tras apenas ocho jornadas, Carlos Aimar era reemplazado por Fernando Castro Santos. Con el técnico pontevedrés en el banquillo el Celta recobró la solidez y tan solo perdió dos encuentros de los 12 siguientes, lo que le permitió situarse en una zona tranquila que ya no iba a abandonar en el resto del curso.

Goleada por sorpresa

De cara a la jornada 31 —de un total de 42— el Celta recibía en Balaídos al Espanyol. A los de Vigo, situados en la zona media de la tabla, les separaban cinco puntos de los puestos de promoción de descenso pero el rival que llegaba al estadio vigués era de cuidado. El Espanyol de José Antonio Camacho ocupaba la cuarta posición, solo superado por Atlético de Madrid, Barcelona y Valencia.

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Mikel Merino, jugador del Borussia Dortmund, es hijo de Ángel Merino (Foto: goal.com)

Fernando Castro Santos dispuso un once sin extravagancias, con Merino y Desio como doble pivote y Milorad Ratković como puñal por banda izquierda. El técnico pontevedrés aportó clarividencia por el centro con la entrada de Eusebio Sacristán, renunciando a situar por la derecha a un hombre con un perfil de mayor profundidad. Arriba, la dupla formada por Sánchez y Gudelj garantizaba peligro ante la portería de Toni Jiménez.

Lo cierto es que la primera mitad salió a pedir de boca para los locales. Una oportunidad malograda por Ismael Urzáiz nada más iniciarse el partido puso prácticamente punto final a la resistencia periquita. Un penalti por empujón de Herrera sobre Ratković permitió que Vlado Gudelj iniciase la cuenta céltica a los siete minutos de juego. Tan solo tres minutos más tarde, Milorad Ratković colocaba el 2-0. Lejos de reaccionar, el Espanyol ofrecía una imagen muy diferente a la exhibida durante el resto de la temporada. A los 20 minutos, y ante la incredulidad de la parroquia céltica, Ángel Merino situaba el 3-0 en el marcador. El volante céltico consiguió cuatro tantos durante la temporada 1995/96, todos ellos en encuentros en los que el equipo logró puntuar. La goleada ante el Espanyol se iba a redondear en el minuto 37 de juego por mediación de Vlado Gudelj, que repetía. El 4-0 al descanso suponía un resultado absolutamente sorprendente.

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Merino, situado entre Gudelj y Ratkovic, en una foto del curso 1996/97 (Foto: equiposdefutbol2.blogspot.com)

La segunda mitad prácticamente sobró, aunque la bronca de Camacho en el descanso debió de ser de las que hacen historia. Quizás por eso los blanquiazules salieron mucho más concentrados y consiguieron recortar distancias con dos tantos de Jordi Lardín. El 4-2 final dejaba al Espanyol a cuatro puntos del Valencia, tercer clasificado. El Celta escalaba hasta el undécimo puesto de la tabla —el mismo que ocuparía al final del curso— y situaba ya ocho puntos de diferencia con respecto a Sporting y Albacete, equipos que ocupaban los puestos de promoción de descenso. Los de Camacho conseguirían finalmente clasificarse para la Copa de la UEFA, en una demostración de que lo de Balaídos tan solo fue una mala tarde.

Paso adelante

Ángel Merino, de nuevo pieza fundamental en el esquema céltico, superó en aquella campaña los 2.700 minutos en liga, aunque seguramente la mejor noticia que recibió en aquel año 1996 fue el nacimiento de su hijo Mikel. El hoy futbolista del Borussia Dortmund llegó al mundo durante la época en la que su padre vestía de azul cielo.

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Merino también probó suerte como técnico (Foto: contrameta.com)

La temporada 1996/97 iba a empezar a sentar las bases del gran Celta de finales del siglo pasado. Los fichajes de Mostovoi, Mazinho y Revivo se consumaron en aquel verano aunque al equipo le esperaba todavía un año de sufrimiento. A pesar del salto cualitativo de la plantilla, Merino continuó gozando de la confianza de Fernando Castro Santos, que le alineó —entre liga y copa— en un total de 45 encuentros, siempre como titular. Tan solo Iomar do Nascimento Mazinho intervino durante más minutos que el madrileño, que superó en ese apartado a piezas fundamentales por entonces como Patxi Salinas o Richard Dutruel.

Una larga carrera

Con la llegada de Jabo Irureta y las incorporaciones de Míchel Salgado, Valery Karpin, Goran Djorović, Dan Eggen, Ito y Jorge Cadete, el Celta iba a dejar por fin de mirar hacia abajo en la tabla. La remodelación de la plantilla implicó también varias salidas, entre ellas la de Ángel Merino, quien por entonces superaba ya la treintena. El polivalente centrocampista madrileño no volvería a jugar en la máxima categoría, si bien continuó mostrándose como un hombre importante en todos los equipos en los que jugó. Dos años en Las Palmas, otros dos en el Leganés y uno más en el Burgos le permitieron continuar disfrutando del fútbol en la División de Plata. El epílogo a su carrera lo puso en la Segunda División B, en las filas del Ceuta. Merino se retiró con 37 años dejando en todos los clubes en los que jugó el recuerdo de su seriedad y su enorme capacidad de trabajo, lo cual no es poco. Posteriormente probó suerte en los banquillos habiendo dirigido, entre otros, al filial del Osasuna y a la Peña Sport de Tafalla.

La pareja que formó Merino en mediocampo con Hermes Aldo Desio daba soporte a un equipo tan limitado como trabajador

Cuando se echa la vista atrás casi siempre aparecen las imágenes de grandes goleadores o de peloteros técnicamente brillantes. No resulta fácil recordar a otros que, probablemente, se encargaban de realizar el trabajo sucio para que otros compañeros pudiesen dar lustre al marcador. Es el caso de Ángel Merino, uno de tantos futbolistas que lo dio todo por cada una de las camisetas que vistió, entre ellas la del modesto Real Club Celta de mediados de los 90.

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