El abrazo de Iago y Eduardo. El abrazo del Celtismo a 4.000 km de distancia. El abrazo del Celta a la historia.
Borja Refojos | Tinta Celeste

Krasnodar 0-2 Celta

Krasnodar: Sinitsyn; Martynovich, Naldo, Granqvist, Ramírez; Charles Kaboré, Gazinskiy, Pereyra (Laborde, min. 69); Podberezkin (Mamaev, min. 46), Claesson (Joaozinho, min. ) y Wanderson..
Celta: Sergio; Hugo Mallo, Cabral, Fontàs, Jonny; Radoja, Pablo Hernández (Beauvue, min. 85), Wass (Jozabed, min. 73); Pione Sisto, Iago Aspas (Roncaglia, min. 82) y Guidetti.
Árbitro: Ruddy Buquet (Francia). Expulsó por doble amonestación a Kaboré, del Krasnodar (min. 86). Amonestó con tarjeta amarilla a los jugadores locales Gazinski, Granqvist, Wanderson y al visitante Radoja.
Goles: 0-1 Hugo Mallo (min. 51). 0-2 Iago Aspas (min. 79).
Krasnodar Stadium. 33.318 espectadores.

Una de las grandes imágenes de la historia de los Mundiales se dio en 1978. Argentina acababa de ganar su primera Copa del Mundo y Ubaldo Fillol y Alberto Tarantini se abrazaban de rodillas, emocionados, sobre el césped del Monumental. Junto a ellos, un aficionado, Víctor Dell’Aquila, se fundió con ellos en un abrazo. Fue un abrazo espiritual, el abrazo del alma, ya que al hincha le habían amputado los brazos.

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El abrazo del alma, el original. (Foto: Ricardo Alfieri Sr. | El Gráfico).

Una de las grandes imágenes de la historia del Celta se dio en 2017. Iago Aspas acababa de sellar la clasificación del equipo vigués para cuartos en Krasnodar y se fundió en un abrazo con Eduardo Berizzo. Un abrazo lleno de emoción, un abrazo al que se sumaron todos, un abrazo idéntico al de miles de celtistas, en sus casas, en los bares, y al de los 28 valientes que acompañaron al equipo a 4.000 kilómetros de sus hogares.

Ese abrazo fue la consecuencia de un gol que, a su vez, fue la consecuencia de la generosidad de un equipo que fue fiel a sí mismo. Un equipo de autor. El equipo de un Eduardo Berizzo que volvió a tocar el cielo de la mano de unos futbolistas que supieron manejar el partido. Madurez. Un cielo que esta vez es casi literal, porque el club no pudo pasar jamás de los cuartos de final de la UEFA, ni con el gran Mostovoi vestido de corto en un equipo muchísimo más caro que el que forman estos muchachos que -como mínimo- han conseguido igualar la gesta.

Las miles de almas que forman el Celtismo también se abrazaron a Iago y a Eduardo

Pero antes de toda esa emoción hubo que pasar nervios. Muchos nervios. Aunque seguramente muchos más fuera del campo que dentro. El partido ofreció unos primeros veinte minutos en los que el Krasnodar apretó obligado por el marcador. Los de celeste supieron pasar con solvencia por los instantes de apuro y poco a poco encontraron la manera de decirle a los rusos que también tenían que preocuparse de la retaguardia. Y el camino más corto hacia la portería estaba en el carril izquierdo. Un Pione Sisto repleto de confianza encaró siempre que pudo a Martynovich y en una de esas acciones finalizó con un disparo al que Sinitsyn respondió a mano cambiada de manera espectacular. En el marco contrario, Sergio también apareció para repeler una falta directa de Pereyra.

Latigazo

El partido entró a su segundo acto en una calma tensa que tenía de uñas a la parroquia celeste. El paso de los minutos con 0-0 hacía un posible gol del Krasnodar cada vez más peligroso. Sí hubo gol, sí. Pero fue del Celta. Hugo Mallo hizo un tanto sinónimo de bombona de oxígeno. El Látigo enganchó un balón suelto tras un disparo de Aspas repelido por la defensa y lo incrustó en la red. El tanto relajó a los futbolistas y le quitó una mochila de plomo a los aficionados, con las uñas ya en carne viva.

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El Látigo festeja el latigazo. (Foto: Getty Images vía UEFA).

La cantera da cuartos

El equipo ruso reaccionó. Lo intentó. La entrada de Laborde dio un impulso al conjunto local, que obligó a Sergio a detener un centro envenenado justo después de un disparo desviado de Joaozinho. El nivelón del guardameta de Catoira volvió a quedar patente nuevamente. Más aún cuando en el descuento desbarató un gran remate de cabeza de Granqvist y un mano a mano con Wanderson.

Pero antes que eso le tocaba el turno a otro canterano. Un chico de Moaña cabalgó por la pradera cosaca en busca de un balón servido por un sueco -autoproclamado gallego- para definir con la especialidad de la casa. Iago Aspas es la punta de este iceberg. El broche de oro. La joya de la corona. Su sutil vaselina marcó el camino hacia una nueva ronda europea, hacia un nuevo escalón del sueño, hacia la felicidad. Una felicidad que plasmó con su entrenador en la banda, junto a todos sus compañeros en un abrazo al que se sumaron las almas de todo el Celtismo.

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