La mayoría de las batallas tienen en común que no son definitivas. Cuando los aliados derrotaron a las potencias centrales en la Primera Guerra Mundial, lo único que ocurrió en Europa fue que se sembró el caldo de cultivo para una nueva guerra, un nuevo conflicto entre nuevos bandos. De cada Celta-Dépor se saca un vencedor, pero su dinastía nunca acaba durando: sus reinados son temporales y eso es lo que hace mágico el derbi, que te encumbra pero no te regala nada. El Celta llegó a Riazor siendo Rey de Galicia y sale de A Coruña manteniendo su corona. Ahora la mira y la mira, sabiendo que algún día la perderá y luego volverá a recuperarla mil veces más, pero que nadie le puede quitar lo bien que se siente al tenerla entre sus brazos.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Deportivo 0-1 Celta

Deportivo: Lux; Juanfran, Arribas, Albentosa, Luisinho; Mosquera, Álex Bergantiños, Borges; Fajr (Çolak, min. 77), Bruno Gama (Carles Gil, min. 60) y Joselu (Andone, min. 66).
Celta: Sergio; Hugo Mallo, Cabral, Roncaglia, Jonny; Radoja, Pablo Hernández, Wass (Jozabed, min. 87); Bongonda (Sisto, min. 71), Aspas y Guidetti (Beauvue, min. 12).
Árbitro: Martínez Munuera (C.T. Valenciano). Amonestó con tarjeta amarilla a los jugadores locales Luisinho, Lux, Mosquera y Çolak, y a los visitantes Cabral, Hugo Mallo, Pablo Hernández y Sisto.
Goles: 0-1, Aspas (min. 74).
Estadio Municipal de Riazor. 30.760 espectadores.

Los derbis no son fútbol. Al menos no solo fútbol. La mayor parte del tiempo cuando se analiza un partido entran en juego muchos aspectos: planteamientos tácticos, reajuste organizativo, lectura del desarrollo del mismo… Pero en los derbis no. En los derbis se bebe cerveza, se canta y se suda. Se suda muchísimo. Los jugadores que llegan de fuera a Galicia reciben el primer día una lección que ya no se olvidan jamás: es importante trabajar todo el año, pero el día del derbi es el día para dejárselo todo. Si no lo entiendes, no puedes estar aquí. No puedes ser uno de los nuestros.

Viendo al Celta bajar del autobús en los aledaños de Riazor uno es capaz de respirar el ambiente que desprenden este tipo de duelos, que aunque se encallen en medio de una temporada con ambos equipos medianamente lejos de sus objetivos -para bien o para mal- generan una especie de tiempo y espacio alternativos diseñados solo para ellos, para que la gente se acomode y disfrute de su grandeza.

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El trabajo de Pablo Hernández fue fundamental para el triunfo del Celta.

El Celta-Dépor es uno de los partidos más bonitos que se pueden ver en España y lo es incluso aunque haya ocasiones en la que lo disputan pocos futbolistas gallegos, o al menos no tantos como nos gustaría. Últimamente muchos se han subido al carro, aunque la ausencia de Lucas Pérez este año le restaba un poco de la magia que había ido recuperando a lo largo de los últimos años, especialmente del lado deportivista.

De todos modos, y tras la contundente victoria del Celta en Balaídos en la primera vuelta, los jugadores blanquiazules venían con ganas. Además, el equipo recientemente tomado por Pepe Mel llegaba en una tendencia espectacularmente ascendente, tras una victoria ante el Fútbol Club Barcelona que ni los sueños húmedos de los habitantes más ilusos de la calle Manuel Murguía habrían imaginado después de salir escarmentados y con la cabeza gacha de Butarque hace apenas unas semanas.

El Celta aterrizaba en el derbi con la resaca de la clasificación a cuartos de final de la UEFA Europa League pero con la consciencia de saberse en una circunstancia única, en uno de esos partidos que merecen abrir un agujero en el tiempo y colarse por él, que merecen olvidarse de todo lo que hay alrededor por un segundo y concentrarse, concentrarse bien, porque cada hachazo, cada bala perdida, puede suponer una muerte segura o una victoria triunfal.

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Joder, Claudio Boví mola demasiado.

El encuentro empezó dormido, al contrario que un graderío que rugía como nunca y como siempre que hay derbi, con los azules contrastados del cielo y el mar, y las voces alzándose en lo que en el fútbol moderno se llama pasión. Guidetti se lesionó con apenas diez minutos jugados y la cosa se apagó un poco sin la sonrisa del sueco, que siempre levanta bastante los ánimos de la hinchada celeste, y es que pocos como Johnny G han logrado meterse tanto en el bolsillo a una afición en tan poco tiempo. En su lugar entró Claudio Beauvue, o Claudio Boví para el aficionado de bar, ese aficionado que al final somos todos. El francés empieza a hacer un poco lo propio que Guidetti: con un cabezazo y unas cosas más, la gente está empezando a tatuárselo en la memoria. Y eso es lo más bonito del fútbol.

El planteamiento tosco de Pepe Mel desarboló en gran medida las transiciones ofensivas del Celta, a pesar del extraordinario trabajo en la distribución de un omnipresente Pablo Hernández y del tremendo -como ya suele ser habitual- desarrollo físico de Daniel Wass en la medular. En ataque, sin embargo, los blanquiazules eran algo inocuos, chocando una y otra vez contra el muro argentino de la zaga celeste y siendo incapaces de generar ocasiones de verdadero peligro ante la meta de Sergio.

Todo el mundo estaba en las trincheras, nadie se atrevía a salir con el arma en alto disparando al aire y gritando a la muerte. Y así pasó la mayor parte del partido, con las cosas en calma, la gente cantando y el fútbol haciéndose esperar. Pero el fútbol es como los Reyes Magos: salvo que te entrene Mourinho, siempre llega. Y esta vez llegó desde Francia, desde una comuna ubicada en el corazón latiente y sonante de Guadalupe, y llegó por la banda derecha, y llegó en forma de un balón colgado a bote pronto, con rosca cerrada y a las espaldas de un despistado Albentosa. Pero sobre todo llegó desde Moaña, desde las entrañas de la Península do Morrazo, donde nace el fútbol del Celta y donde muere, donde se han escondido los últimos ocho años de ascenso irrefrenable a nivel futbolístico en la Ría de Vigo. Llegó con el remate de Iago Aspas con la puntera, como los grandes cuando quieren llegar antes que los que nunca van a pasar a la historia. Llegó con el Celta, que siempre hace fútbol y no pide explicaciones ni se vanagloria por ello. Y que de momento es Rey y capital de Galicia, mientras nadie diga lo contrario.

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