A lo largo de la historia, muchos muros han sido derribados en base a la insistencia, la perseverancia y la pasión. De todos modos, todavía quedan otros tantos por derribar. El de Giuseppe Rossi en el Celta ya no es uno de ellos.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Celta 3-1 Las Palmas

Celta: Sergio; Roncaglia, Cabral, Fontàs, Jonny; Radoja, Wass, Jozabed (Pape Cheikh, min. 89); Sisto, Aspas (Beauvue, min. 80) y Rossi (Pablo Hernández, min. 67).
Las Palmas: Lizoain; David Simón (Míchel Macedo, min. 66), David García, Bigas, Dani Castellano; Roque Mesa, Vicente Gómez (Halilovic, min. 74); Tana, Jesé, Jonathan Viera; y Boateng (Livaja, min. 66).
Árbitro: Clos Gómez (C.T. Aragonés). Amonestó con tarjeta amarilla a los jugadores locales Roncaglia, Jonny y Pape Cheikh, y a los visitantes Bigas, Jesé y Jonathan Viera.
Goles: 1-0, Rossi (min. 12). 2-0, Rossi (min. 36). 3-0, Rossi (min. 57). 3-1, Bigas (min. 80).
Estadio de Balaídos. 14.212 espectadores.

En el fútbol, pese a todas las leyendas alrededor de futbolistas de ficción que habitan otro universo y bajan menos a menudo de lo que deberían a visitar a sus compañeros mortales, el trabajo cuenta. Cuenta mucho. Y, la mayor parte de las veces, es la clave para alcanzar el éxito, especialmente cuando nos referimos a un éxito colectivo, de esa clase de triunfos en los que todo cuenta, en los que los matices son casi igual de importantes que las historias de grandeza.

Así que, cuando las cosas van mal, existen dos opciones. La primera es dejarse llevar y caer en el olvido. La segunda, currar para volver. A veces, el trabajo, por duro que sea, no da los frutos que se le exigirían, pero la mayor parte de ellas siempre acaba habiendo, antes o después, alguna concesión al esfuerzo, alguna clase de recompensa que hace que todo, de un modo u otro, haya acabado valiendo la pena.

Ese día, para Giuseppe Rossi, llegó esta noche. En Balaídos. Frente a Las Palmas. Como parte de una de esas inmensas pizarras rotativas que Eduardo Berizzo ha tenido que desplegar esta temporada para dosificar el desgaste de sus futbolistas, repartidos en tres largas y duras competiciones. El italoamericano llegó a Vigo a finales de agosto con a vitola de estrella venida a menos, y su estado físico le ha impedido acoplarse todo lo que habría querido a la dinámica del conjunto celeste. Pese a todo, nunca ha dejado de trabajar.

El recuerdo del partido en Gran Canaria asolaba al Celta en los prolegómenos del encuentro. A recordar: un duelo que el equipo de Berizzo empezó ganando por 3 goles a 0 y acabó empatando y pidiendo la hora. De todos modos, mucho ha cambiado en Balaídos desde entonces, desde aquella noche de domingo de finales de octubre, especialmente a nivel de actitud y de despliegue físico. El míster argentino ha sabido dosificar a sus jugadores lo justo y necesario para llegar a abril, en pleno rush final de la temporada, con prácticamente todos en plenitud física -más allá de lesiones concretas-.

De ese modo, y como reflejo de todos esos cambios que al final se traducen siempre en lo mismo, el Celta salió al campo arrollando por completo a Las Palmas. Con un trivote compuesto por Radoja, Jozabed y Wass, los celestes apisonaron a los canarios sin ningún tipo de piedad durante toda la primera media hora de partido. Y, como no podía ser de otro modo, el gol acabó cayendo, aunque curiosamente no por mérito vigués sino por demérito insular, tras un error de bulto de Bigas en la entrega que puso a Rossi en bandeja el aperitivo de su gran recompensa.

El punta celeste se mostró hambriento en todo momento y, después de que Iago Aspas no fuese capaz de materializar un mano a mano claro ante Lizoain y Clos Gómez anulase un gol legal a David Simón en  la otra portería, acabó recogiendo otra pelota en el área pequeña y rematándola con fuerza hacia el fondo de la red. Doble recompensa. 

Tras la reanudación, y tras un fantástico balón entre líneas de un espléndido Jozabed, Rossi volvió a recoger el balón entre los centrales, se lo acomodó y logró el hat-trick. El premio a un año de ostracismo, de trabajo en la oscuridad y frustración sobre el verde. De la sonrisa inmensa de Rossi tras anotar su tercer gol se extrae el magnífico momento que vive el Celta: en la cima, y pretendiendo no caer, al menos de momento. Al final, Bigas recortó distancias para Las Palmas. Pero ya era tarde. El muro había caído: era tiempo de celebración.

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