La vida la habitan cuestiones llenas de misterio, ajenas a nuestra comprensión. Pocas veces se nos permite acceder a la habitación en la que sus mecanismos se engranan y se desligan de forma arbitraria. Una de esas veces, según indican las voces populares, la podemos encontrar en los días previos a la muerte de una persona. Por el viento se comenta que no deben existir personas más lúcidas que aquellas que están a punto de morir.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

El lunes el celtismo se despertó con una noticia de las que golpean fuerte, pese a su relativo componente predecible. Giuseppe Rossi se había roto el cruzado de la rodilla por quinta vez en su carrera deportiva, la primera vistiendo la zamarra del -todavía- conjunto vigués. Lo cierto es que la temporada del italoamericano no estaba siendo buena. Las expectativas depositadas por el aficionado en su figura habían sido altas, quizá en función de su nombre, su peso y su trayectoria, aunque probablemente demasiado elevadas para lo que Rossi estaba capacitado para dar al equipo.

Después de una carrera llena de obstáculos en forma de lesiones de alta gravedad, Pepe denotó durante todo el curso un nivel físico bastante pobre, propio de un futbolista con una edad superior a sus 30 años recién cumplidos. A pesar de todo, dejó varios detalles para recordar: un golazo frente al Espanyol, el primer tanto del Celta en su regreso a Europa y, cómo no, el hat-trick que le endosó a Las Palmas la semana pasada, apenas seis días antes de romperse otra vez.

De todo lo que viene ahora, nada tiene soporte en la realidad sino en lo fantástico, en lo legendario, en las cosas que de verdad nos hacen engancharnos al fútbol como si hablásemos de una droga profundamente adictiva. De todo lo que rodeó al triplete anotado por Rossi en Balaídos frente al conjunto insular, lo que más llamó la atención fue la cierta sensación de melancolía que lo rodeaba todo. 

Aquello no parecía un hat-trick: parecía una despedida. Cada vez que el menudo punta del Celta batía a Lizoain, la afición suspiraba con esa pena propia de los momentos tristes. Su propia rabia también tenía algo de descorazonador, como no podía ser de otro modo al referirnos a un jugador cuyo descomunal talento ha sido devorado sin piedad por su tremenda fragilidad.

Lo más probable es que la carrera de Giuseppe Rossi, o al menos su carrera en la élite, haya finalizado con esta lesión. Para cuando vuelva, con esa retahíla de operaciones en su historial y la treintena ya superada, será difícil que pueda ofrecer el rendimiento que él mismo se exige en un equipo europeo verdaderamente competitivo. De todos modos, de él siempre se podrá decir que acabó a lo grande: goleando, con hambre y con su característica seriedad, los rasgos de un futbolista de talento y talante, algo anómalo y quizá fruto de su propia condición.

De los últimos días previos a su adiós podríamos decir que Rossi recobró por algún que otro instante la lucidez que lo hizo ser titular con la selección de uno de sus dos países -Italia- y triunfar en grandes clubes del viejo continente. Los tres goles que marcó a Las Palmas podrán ser interpretados como su forma de decir adiós al gol, su fiel compañero en todas esas batallas sobre el césped y durante sus largos procesos de regreso, siempre volviendo para acabar yéndose de nuevo. 

De todos modos, lo que acaba importando en perspectiva siempre es el carácter, el perfil del alma que define a un futbolista como persona que ama lo que hace. En el caso de Rossi, la unanimidad será rotunda. De toda la gloria que se le escurrió entre los dedos siendo futbolista, mucha será recuperada entre los escombros de nuestra memoria. Mientras tanto, podremos seguir disfrutando de manera circular de su extraordinario último día de lucidez, como si de un moribundo que te abre las puertas hacia la verdad se tratase. 

Suerte en tus tribulaciones, Pepe, porque, aunque en el fútbol todo es vida, en la vida no todo es fútbol.

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