El Celta es semifinalista de la UEFA Europa League. Como ocurre en todas las gestas de esta magnitud, lo que queda en el paladar siempre es el suave sabor del éxito, de todo lo que sucede al pitido final, el que certifica la gloria. Pero, joder, qué duro ha sido el camino.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Genk 1-1 Celta

Genk: Ryan; Castagne, Brabec (Dewaest, min. 81), Colley, Uronen; Malinovskiy (Boëtius, min. 72), Berge; Buffel (Schrijvers, min. 72), Pozuelo, Trossard; y Samatta.
Celta: Sergio; Hugo Mallo, Cabral, Fontàs, Jonny; Radoja, Wass (Jozabed, min. 80), Pablo Hernández; Sisto, Aspas y Guidetti (Beauvue, min. 42) (Roncaglia, min. 91).
Árbitro: William Collum (C.T. Escocés). Amonestó con tarjeta amarilla al jugador local Dewaest y a los visitantes Pablo Hernández, Jonny y Hugo Mallo.
Goles: 0-1, Sisto (min. 63). 1-1, Trossard (min. 67).
KRC Genk Arena.

La historia se escribe con malabares y momentos de explosión emocional, pero también con largas transiciones y periodos de espera, con muchas noches de asfixia y de llenarse de ganas de escapar a cualquier otra parte. El Celta se enfundó en Genk el mono de trabajo para arañar todo aquello que Europa llevaba dos décadas escupiéndole en la cara: entrar en semifinales de un torneo continental, hacerlo de una vez por todas al cuarto intento y después de muchos años de transición, de muchas de esas noches de no saber quién eres ni hacia dónde te diriges. 

Pero el fútbol, como la vida, siempre retoma su equilibrio natural después de cualquier vendaval, y el Celta volvía a plantarse en unos cuartos de UEFA Europa League dieciséis años después, vagando por una competición que ya no mantiene ni su nombre. En la recámara, Shakhtar y Krasnodar y dos viajes de ida y vuelta cruzando Europa con la mochila a cuestas. En esta ocasión tocaba desplazarse más cerca, a la Bélgica en la que comenzó la andadura celeste en Europa esta temporada, aunque algunos kilómetros más al norte de Lieja.

Berizzo no modificó ni un ápice el planteamiento que le funcionó en Balaídos: 4-3-3 y de nuevo a por todas, consciente de que lo que induciría la eliminatoria en un estado de calma serían los goles vigueses, los goles de la tranquilidad. Así que el Celta saltó al campo a dominar, y es cuando domina cuando el equipo se siente vivo, se siente en propiedad de sí mismo. Pablo Hernández volvió a erigirse director de orquesta y marcó el ritmo durante la primera media hora de juego con puño de hierro, evitando casi cualquier acción combinativa del Genk con una rocosa distribución de futbolistas en la presión en la medular.

En ataque, sin embargo, faltó algo de la frescura de la ida, especialmente en lo referido a Iago Aspas y a un John Guidetti que tuvo que abandonar el partido antes de lo previsto debido a unas molestias. Quien no defraudó fue Pione Sisto, de nuevo sísmico y electrizante, volviendo loco de remate a un Castagne que probablemente soñará durante meses, entre sollozos, con la velocidad de piernas del extremo danés de origen sursudanés.

Pero el gol no llegó, y lo que sí acabó cayendo fue el descanso, con el nerviosismo atravesado en la tráquea de todo el celtismo y las ganas muy arriba, entre las nubes y dibujando todos los sueños rotos que algún día estuvieron cerca y hoy volvían de visita. Pero el Genk no iba a rendirse, y tras la reanudación Trossard y Pozuelo tomaron la iniciativa: quiebros constantes, combinaciones eléctricas y el fútbol veloz que tanto daño hizo al Celta en las transiciones defensivas en Balaídos.

Al final, con el Genk semivolcado sobre Sergio y los pelos de punta, Pione Sisto raspó un balón mal entregado en el perfil izquierdo, se perfiló y lanzó un obús que se coló por el medio pero sin dar ninguna posibilidad a Matthew Ryan. Con el Celta encendido, Trossard arañó otro balón perdido, pero esta vez en el área viguesa, y colocó el empate antes de que nadie pudiese celebrar siquiera cualquier indicio de éxito.

Los partidos se vuelven locos cuando los equipos rompen sus dinámicas preestablecidas y dan rienda suelta al nerviosismo propio de una ocasión como esta. A partir de la lluvia simultánea de goles, las cosas ya no volvieron a ser como antes. El Celta replegó y lo hizo bien, pese a sufrir en ocasiones por la banda de un desorientado Jonny, y supo cerrar el partido focalizando más la presión hacia la banda del demoníaco Trossard, una pesadilla de las que difícilmente se podrá olvidar Hugo Mallo.

Los últimos minutos fueron la definición de taquicardia, con el conjunto belga lanzando balones al área y los zagueros celestes repeliéndolos como balas envenenadas. El Celta, pese a los precedentes, supo sufrir y no encajó, y lo cierto es que toda la liberación posterior al pitido final acaba escondiendo un trabajo táctico excelente dibujado por Eduardo Berizzo. Pero, no sé, qué queréis que os diga: el Celta está en semifinales. De todo lo demás… ya hablaremos algún que otro día.

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