A menudo se abusa del término “histórico”. Pero lo del Celta en Genk fue histórico. Vaya si lo fue. Tanto, que nunca había ocurrido en casi 94 años de historia.
Borja Refojos | Tinta Celeste

Todavía tiemblan las piernas. Aún se agita la respiración. Hay que seguir pellizcándose para confirmar que no fue un sueño. El Celta está en semifinales de la Europa League. Un premio al trabajo de su entrenador, un galardón al esfuerzo y al talento de sus futbolistas, una medalla a la entrega de su afición. Un sueño cumplido para tantas y tantas personas que representaron al club en su existencia, ya cercana al siglo.

Porque del amago de achuchón inicial local, se pasó a un Celta dominador y con personalidad en un homenaje a aquel equipo pionero que jugó la primera final de Copa, el de la primera época dorada, allá por mediados del siglo pasado. Pero el Genk se repuso y apretó. El partido entró en un toma y daca, una montaña rusa de emociones, como la escuadra ascensor que pasaba de la alegría a la tristeza de año a año.

Un grupo que cuando cae, se levanta. Guidetti cayó, Claudio lo levantó. Como hicieron sus compañeros con Alejo, otro 20 de abril en aquel maldito penalti. El francés tuvo dos uys, uno al final del primer tiempo, otro al principio del segundo. Como al final del siglo XX, cuando se soñó por momentos que era posible ganar una Liga. Como a principios del XXI, cuando se volvió a rozar la Copa del Rey con la yema de los dedos.

Había que saber sufrir y la camiseta celeste lleva el sufrimiento marcado a fuego

Iago fue Pahíño por momentos. En otros fue Mostovoi. Y en otros fue Makelele, para correr hacia atrás en auxilio de un Hugo Mallo que le tocó bailar con la más fea: un Trossard que parecía empeñado en mandar al Celta de la Champions al descenso. Así hasta que Pione robó, Pione corrió y Pione golpeó. Fue el Marsella, fue el Barça, fue el Lens. Fueron todos los casis de 94 años desgarrados con violencia contra la red de la portería de Ryan. Un grito de liberación que llegó a miles de corazones.

Pero el destino de este equipo es el sufrimiento. Sentir cómo los latidos te van a romper el pecho, hacer un agujero en el suelo con el movimiento de la pierna, atisbar el hueso de la punta de los dedos, con las uñas ya como un recuerdo entre dientes. Ese fallo de Cabral, imperial hasta el momento, fue el descenso. Con él, el pavor. Minutos de agobio que recordaron a aquellos años de zozobra, con un equipo sin identidad con jugadores que iban y venían. Había que saber sufrir y la camiseta celeste lleva el sufrimiento marcado a fuego. No siempre se puede brillar y el achuchón final belga fue la travesía en el desierto. Fue Eusebio dando paso a A Madroa, fue Iago marcando al Alavés, fue Paco recuperando la tropa. El penalti de Michu, el partido del Xerez, el día de Tarragona. Fue crecer poco a poco, volver a Primera, creer en ese 4%. Unos minutos finales en los que el Celta no se defendía con once, no. Los aficionados desplazados a Bélgica ayudaban a despejar balones desde la grada. La gente desde casa iba al choque con fuerza. Los que ayudaron a hacer grande a este grupo: Natxo Insa, Túñez, Toni, Roberto Lago, Álex López, Yoel, Levy, De Lucas, Krohn-Dehli, Augusto, Nolito, Orellana… Todos los que sufrieron por esta camiseta: Quinocho, Alvelo, Manolo, Vicente, Otero, Patxi, Juan… Borja Oubiña cumpliendo su sueño desde el despacho, igual que Bermejo. Aquel equipazo insuperable de los Mazinho, Karpin, Mostovoi, Djorovic, Catanha, Revivo, Gustavo López siendo superado. Todos sacaron balones para mantener el resultado.

Y Eduardo. El técnico que logró con menos lo que otros no pudieron con más. Que lo hizo con ambición bien entendida, con una apuesta futbolística clara, con un aprendizaje continuo y con un amor indiscutible a unos colores. Porque en tiempos en los que parece que hay que ser un cabrón para triunfar, te alegras el triple del éxito de las buenas personas. Y el nivel humano del mejor entrenador de la historia del Celta es todavía mayor que el deportivo. Como el propio Berizzo dijo sobre un fabuloso texto de Juan Carlos Álvarez, solo queda seguir insistiendo para derribar la puerta.

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