Fundido a negro. No hay tiempo para el análisis. Hay fútbol que deja de ser fútbol y se convierte en adrenalina, en la clase de hormigueo que llena de electricidad las yemas de tus dedos. El Celta no viajará a Solna y esa es la única certeza que existe en medio de todo esto, en medio de la sensación tibia de no creerse lo que acaba de ocurrir. El sueño se torció y ahora todo el mundo intenta despertar.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Manchester United 1-1 Celta

Manchester United: Romero; Valencia, Bailly, Blind, Darmian; Fellaini, Pogba, Ander Herrera; Lingard (Rooney, min. 86), Mkhitaryan (Carrick, min, 77) y Rashford (Smalling, min. 89).
Celta: Sergio; Hugo Mallo, Cabral, Roncaglia, Jonny; Radoja (Bongonda, min. 68), Wass (Jozabed, min. 46), Pablo Hernández; Sisto (Beauvue, min. 80), Aspas y Guidetti.
Árbitro: Ovidiu Hategan (C.T. Rumano). Expulsó con tarjeta roja directa a Bailly (min. 88), del Manchester United, y a Roncaglia (min. 88), del Celta. Amonestó con tarjeta amarilla a los jugadores locales Blind y Ander Herrera, y a los visitantes Aspas, Pablo Hernández y Cabral.
Goles: 1-0, Fellaini (min. 17). 1-1, Roncaglia (min. 85).
Old Trafford.

Estoy intentando romper tu corazón

Pero estaría mintiendo si dijese

Que no es fácil

Estoy intentando romper tu corazón

[Wilco, I am trying to break your heart]

Las cosas se han sucedido rápido, una tras otra, como varios disparos al ritmo de una ametralladora. Pum, pum, pum. Estás muerto y ni siquiera te ha dado tiempo a disfrutar de lo que has vivido. El Celta está cumpliendo 94 años y viviendo una vejez fantástica, idílica, recordando su pasado más glorioso entre laureles y titulares llenos de ardor. CelestialesLa Rianxeira. De repente a todo el mundo le empieza apetecer hablar de este equipo. 

Movámonos al presente: semifinales de UEFA Europa League frente al Manchester United. Estadio de Old Trafford, un coliseo centenario que ha acogido en su verde a Bobby Charlton, Eric Cantona, Ryan Giggs o George Best y en su banda a Alex Ferguson y Matt Busby. ¡ALEX FERGUSON Y MATT BUSBY, HIJOS! Habéis leído bien. Ahí está el Celta, con Iago Aspas aterrizado desde Moaña, Sergio Álvarez desde Catoira, Hugo Mallo desde Marín y Jonny Castro desde Matamá. 

Movámonos al pasado: hace cuatro años que el Celta se salvó del descenso a Segunda División arrancándose un milagro de debajo de la manga. Hace cinco que recuperó la categoría después de cinco años -CINCO- deambulando por los pozos de su propia autodestrucción. Cualquier aficionado celeste habría recorrido Vigo corriendo desnudo en 2010 si le hubiesen dicho que, de hacerlo, el Celta estaría, siete años después, cayendo en esas semifinales de UEFA Europa League frente al Manchester United. Pero no, eso ahora no vale de nada. Porque el fútbol es así. El fútbol va de ganar. Y aunque en la derrota exista el honor y el orgullo y todas esas demás historias que dignifican, lo cierto es que ninguna de ellas consuela un ápice al que pierde. Perder produce rabia, produce impotencia.

Volvamos al presente. Podríamos analizar algunas cosas del enfrentamiento decisivo entre los red devils, probablemente el equipo más importante de la historia del fútbol inglés y uno de los clubes con mayor y más gloriosa historia del universo futbolístico, y el Celta, el equipo de Vigo, el equipo del que Messi, Suárez y Neymar se rieron hace apenas un año mientras lo aplastaban. Podríamos. Pero no serviría de nada, porque hay partidos de fútbol que no son solo fútbol, y que de hecho no lo son en absoluto. 

Todo venía complicándose mucho desde el gol de Marcus Rashford en Balaídos y la cosa acabó por complicarse definitivamente después de que Fellaini conectase un cabezazo ajustado al palo y pusiese la eliminatoria prácticamente imposible para los vigueses. Pero, como era de esperar, en el Celta no se rindió nadie. El equipo se exprimió hasta el último segundo, después de que Roncaglia lograse el empate, la gente explotase en diversas tanganas y Guidetti no lograse conectar el remate que habría enviado al Celta a Solna. Pero eso solo son cosas concretas, cosas que podrían haberlo cambiado todo pero en las que no conviene recrearse porque, ya se sabe, el fútbol no está en esas cosas.

Hay una cosa en el dolor que resulta ser fantástica: arraiga. Cuando rompes con tu novia y pasan los meses y sigue doliéndote escuchar su jodido nombre, entiendes de una vez por todas que la querías. Cuando pierdes a alguien cercano y no sabes ni qué coño decir porque no hay nada que puedas hacer al respecto, te das cuenta de lo vinculado que te sentías a esa persona, de la fuerza que existía en esa unión, de lo difícil que habría sido romperla de cualquier forma que no sobrepasase lo humano. Ahí está el triunfo de lo real: en la pérdida, en el dolor.

El Celta ha caído en una vicisitud histórica y a nadie le apetece hablar de fútbol porque esto no va de eso, no va de pelotas ni de estadísticas ni de estilos de juego. Va de corazón, de hogar, de oxígeno, de las cosas sin las que uno, por mucho que lo intente, no puede vivir. Así que de todo esto, de José Mourinho perdiendo tiempo y haciéndote sentir rabia; de Iago Aspas llorando y haciéndote sentir que lo conoces de toda la vida, como si hubieseis sido amigos de la infancia; de John Guidetti pidiendo perdón y haciéndote pensar que cómo va él a pedirte perdón, si es él quien te ha traído hasta aquí, de todo esto, de todas las cosas que sientes, quédate con aquello en lo que nunca reparas. Quédate con el mero hecho de que las estás sintiendo. Eso es lo que tiene valor. Porque en eso consisten el amor, el fútbol y el Celta. Solo siguen vivos si los sientes de esa manera. Y que le pregunten a las calles de Manchester si el Celta vive o no.

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