Bajar los brazos y dejarse ir. Levantar la cabeza y resistir. Dos reacciones ante un golpe. Las dos partes del Alavés-Celta.
Borja Refojos | Tinta Celeste

Alavés 3-1 Celta

Alavés: Pacheco; Vigaray, Alexis, Feddal, Thèo Hernández; Torres, Manu García (Llorente, min. 75); Toquero (Edgar, min. 66), Sobrino, Katai (Romero, min. 71); y Deyverson
Celta: Iván Villar; Roncaglia (Jonny, min. 60), Sergi Gómez, Fontàs, Planas; Marcelo Díaz (Pablo Hernández, min. 44), Wass, Jozabed; Bongonda (Iago Aspas, min. 46), Pione Sisto y Beauvue.
Árbitro: Fernández Fernández (Comité extremeño). Amonestó con tarjeta amarilla al jugador local Alexis y a los visitantes Iago Aspas, Fontàs y Jonny.
Goles: 1-0 Manu García (min. 5). 2-0 Feddal (min. 18). 3-0 Deyverson (min. 37). 3-1 Iago Aspas, de penalti (min. 78).
Mendizorroza. 17.000 espectadores.

La vida te da hostias. Es un hecho. Las hay pequeñas, como zancadillas que te trastabillan. Otras que duelen pero que incluso pueden hacerte bien para reaccionar. Y hay otras que te devastan. Destructoras. La vida le dio un hostiazo de este tipo al Celta el jueves. Un gancho de Mike Tyson directo al mentón, de los que te ponen a dormir. Un mazazo de los que parece imposible recuperarse. La vida, además, es doblemente cabrona, porque no te da tregua para que te lamas las heridas o recuperes fuerzas. Todo sigue girando y, o te mueves, o eres de nuevo atropellado. El fútbol es la vida.

Así, con el dolor a flor de piel todavía,  se presentó el Celta en Mendizorroza. Una macabra coincidencia del destino que le llevó directamente al escenario de su última experiencia traumática. Tocaba levantarse. Tocaba dar la cara. Pero en cuanto el equipo celeste intentó asomarla, se la partieron.

Apocalipsis zombi

Ni cinco minutos tardó Iván Villar en probar lo ingrato de la Primera División. Un error grosero de Marcelo Díaz, impropio de su descomunal calidad –como impropia de ella es su temporada- dejó en bandeja el gol a Manu García, que picó suavemente la pelota sobre la salida del arquero de Aldán.

Como una manada de lobos, el Alavés atosigó sin descanso a una presa en condiciones muy precarias. Solo un poquito mejor que muerta. Los futbolistas del Celta deambulaban por el campo como muertos vivientes. Una película de terror para el aficionado celeste, que no despertaba de la pesadilla del jueves. Ocho de los once titulares no arrancaron en Old Trafford, pero no hubo rastro de vitalidad, de esfuerzo, de orgullo en ese primer acto. Solo Sisto y Beauvue se salieron de la norma y, al menos, intentaron como pudieron dar la cara. También Iván Villar, el que menos culpa tenía de todo y el que más lo pagó.

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Sisto demostró que, además de calidad y progresión, también tiene huevos.

Feddal, absolutamente solo y con los pies en el suelo, cabeceó a la red a la salida de un córner que habría salido igual en un entrenamiento con solo lanzador, rematador y portero. Deyverson culminó el esperpento tras una galopada por la derecha de Vigaray estilo cien metros lisos, no tanto por la velocidad sino porque no encontró ningún obstáculo a su paso -Planas no apareció ni en plano largo de televisión-. Sergi Gómez perdió la marca en un nuevo despiste y el ariete brasileño cerró el choque.

This is afouteza

A diferencia de otros, el aficionado del Celta –al menos en general- no ha perdido de vista de dónde viene. Humildad. Cinco años en Segunda y problemas de todo tipo hacen de una temporada como esta un paraíso terrenal. Ganar, empatar, perder. Todo es posible. Lo único que pide es que sus futbolistas se lo dejen todo en el campo. Algo que siempre ocurría, algo que no sucedió en algunos de los últimos partidos de Liga y algo que Pablo Hernández y Iago Aspas supieron entender. Fue entrar los dos –el Tucu relevando a un Marcelo Díaz mareado por un golpe, que sufrió su día más negro y eso que ya llevaba unos cuantos- y la situación dio un vuelco. El de Moaña apareció para rematar a portería más en diez minutos que todo el equipo en el primer tiempo.

La diferencia entre alegría o tristeza no la marca ganar o perder; la marca la primera o la segunda parte

La contienda se igualó, el ritmo subió y las alternativas se sucedieron. Aquello volvía a ser un partido de Primera División. Pacheco contuvo a Aspas con dos buenas paradas pero el Celta se parecía al Celta con bonitas conexiones entre el morracense y Beauvue y Sisto, que ahora sí encontraban con quién asociarse.

No había nada que hiciese pensar en la machada. No era ni mucho menos un asedio y aunque el dominio fuera visitante, se puede decir que el Alavés no estaba agobiado. Pero ese poquito es lo que necesita el aficionado celeste para volver a sacar pecho con su equipo. Eso y la esperanza que genera Pione Sisto en cada partido que juega. El danés se inventó una jugada brutal que terminó en penalti y que hace soñar con un futbolista diferencial el próximo curso. Iago no perdonó y firmó su decimoctavo tanto.

Con su orgullo habitual restablecido, el Celta se fue arriba en los trece minutos que faltaban. ¿Dejó huecos atrás? Sí. ¿El Alavés contragolpeó con peligro y pudo hacer el cuarto? También. ¿Y un tirazo de Beauvue al palo ya en el 92 fue la única ocasión? Es cierto. Pero fue el ejemplo palpable de que el gran valor de este equipo está en su manera de entender el fútbol. La valentía, el atrevimiento, la generosidad que ha inculcado su entrenador estos tres años. La afouteza real que hace que a todos los aficionados le estalle el pecho de orgullo. Como sucedió en Manchester hace unos días a pesar de recibir una hostia de semejante dimensión. Esto sí es el Celta de Eduardo Berizzo. Esto sí es afouteza.

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