La relación profesional entre Eduardo Berizzo y el Celta de Vigo se cerró esta tarde en Balaídos, sobre el verde del que el argentino se había adueñado durante los últimos tres años. Sin embargo, durante todo el partido, la sensación era la misma: allí no se estaba acabando nada. Estaba creciendo, alrededor de las piernas de todas las personas presentes, una de esas cosas que nunca mueren.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Baila conmigo, viejo amigo,

una vez más antes de irnos.

Finjamos que esta canción no se acabará

y nunca tendremos que irnos a casa.

(Nothing Matters When We’re Dancing, The Magnetic Fields)

La canción que da nombre a este artículo no responde a ningún capricho. Es probable que Stephin Merritt, líder de la banda neoyorquina The Magnetic Fields, y Eduardo Berizzo, hasta hoy entrenador del Celta de Vigo, no se conozcan de nada. Puede que la música y el fútbol sean artes opuestos, tanto por la atmósfera que los rodea como por su propio contenido, que apela a diferentes sentidos, que dispara en distintas direcciones. Pero la canción que da nombre a este artículo no responde a ningún capricho.

Dicha canción arranca con un pequeño y melancólico ritmo interpretado por un ukelele, una melodía delicada, triste, una melodía cálida que rápido se introduce por las arterias, por los pulmones, por todas partes. No deja lugar sin conquistar. A partir de ahí, ese ritmo empieza a repetirse, y la voz de Merritt cobra protagonismo, invitándote a bailar, aunque sea una última vez, para olvidar todo aquello que hace que ahora estéis separados. Tampoco es para tanto. No hay nada que no pueda arreglar un baile.

El Celta saltó esta tarde al césped de Balaídos para enfrentarse a la Real Sociedad, un equipo con necesidades frente al estado perpetuo de afonía en el que se encuentra sumido el conjunto celeste desde la caída en Old Trafford. El marco era triste. Algo parecido a un ritmo de ukelele, lento, pausado, suave. Todo el mundo allí sabía que esa era la última tarde de Berizzo en el banquillo. El propio míster se había encargado de dejarlo claro el sábado en una rueda de prensa en la que no hubo música de ningún tipo. Solo silencio, uno de esos que hablan, que gritan, que se suben por las paredes, que te tiran de los pelos. Mucho silencio.

El equipo, sin embargo y pese a todo, empezó a bailar. A bailar del modo en que sabe hacerlo. Qué bailarín más excelso es el Celta de Berizzo. De la complejidad de su coreografía a la destreza fina de sus movimientos, del corazón de sus saltos a la fuerza de sus caídas. Cuántas noches de baile, cuántas. Los engranajes se aceitaron rápido, y los de azul fueron superiores al conjunto txuri-urdin durante casi todo el encuentro. 

En la grada, los sentimientos estaban a flor de piel, porque, aunque el baile estaba siendo precioso, digno de halagos, dueño de una extraordinaria fuerza poética, a nadie se le sacaba de la cabeza la idea de que, después del silbido final, ya no habría más música con la que bailar. Suele pasar cuando vives algo extraordinario: cuesta vivirlo plenamente, siempre cuesta dejarse poseer por su belleza sin pensar en qué pasará cuando todo eso termine. El encuentro del Celta frente a la Real Sociedad fue como estar tirado en el césped junto a tu novia de la adolescencia, mirándola fijamente a los ojos y diciéndole en bajo, para que nadie pudiese oírte: “Te aseguro que me quedaría aquí para siempre, te lo aseguro con la fuerza suficiente para derribar todos los árboles del mundo y secar todos sus mares”. De todos modos, en el fondo sabes, aunque quizá no quieras asumirlo, que eso no va a ser posible. Porque siempre nunca existe, y, en un momento u otro, siempre acaba llegando el final.

Después de un zarpazo de Iago, el mejor de todos los bailarines, y otro de Andrew Hjulsager, un danzarín que sorprendió con un derechazo directo a sus sueños, el Celta cerró su temporada con un empate a dos goles. La Real Sociedad, fruto de su necesidad, se sacó la igualada de la chistera con un cabezazo de Juanmi en el último gramo de oxígeno del partido. Un cabezazo que bien le vale el acceso a Europa a un equipo plagado de futbolistas de la cantera y con una propuesta valiente, propiedad de otro viejo bailarín de los aledaños de Balaídos: Eusebio Sacristán.

Stephen Merritt dice que el Celta nunca había florecido tan bello, nunca había permitido a su afición olvidar de un modo tan radical la música triste que rodea al mundo del fútbol. El Celta ha vivido tres años de pasión, de honor, de puro fútbol, inmerso en su burbuja de ser él mismo sin importarle nada más. El Celta ha vivido tres años bailando. Tres años de Eduardo Berizzo. Y entre las cuerdas rotas, en medio de la melodía mellada con la que terminó el último duelo del argentino como entrenador celeste, empezaron a brotar las flores, los frutos del recuerdo que ya empieza a germinar en el corazón del celtismo. Sus raíces son bien fuertes: este árbol no morirá. Berizzo ya es historia del Celta de Vigo. Una historia preciosa.

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