Crecer no es fácil. Cuesta mucho abandonar la comodidad de inmadurez, las excusas para todo, la manga ancha de los mayores, la alergia a las responsabilidades. Pero llega un punto en el que no queda más remedio. O te obligas tú o te obliga la vida. A Pione Sisto le ha llegado la hora tras una temporada en la que fue de menos a más, en la que siempre tuvo el amparo de entrenador, compañeros y la mayoría de la afición y en la que dejó carencias sí, pero también la sensación de que una estrella del fútbol brilla en su interior. El curso que comenzará en un mes debe servir para salga al exterior y luzca en el firmamento.
Borja Refojos | Tinta Celeste

En una entrevista concedida estos días a Armando Álvarez y publicada en Faro de Vigo, Pione Sisto empezaba a asumir esa entrada en la edad adulta. Sereno y tranquilo, reconocía que tiene cosas por mejorar a la vez que afirmaba, en un alarde de confianza en sí mismo, que su estilo de juego era el que lo había llevado al Celta. Madurar no significa ser otra persona y esta reflexión es un gran primer paso para el joven jugador danés, llamado a ser el futbolista que marque diferencias en el último cuarto de campo –dejando al margen al Rey Sol, un Iago Aspas sobre el que orbita todo en el equipo celeste-.

Pero hay formas y formas de hacerse mayor. En las vidas más jodidas, la edad adulta te cruza la cara cuando todavía eres un crío. Les pasó a los Hugo Mallo, Iago Aspas, Dani Abalo y demás, que tuvieron que asumir la responsabilidad de coger a un equipo en serio peligro de descenso a Segunda B y levantarlo hasta las puertas de Primera. No hubo aclimatación para ellos, ni crecimiento paulatino. Pasaron de divertirse en el filial –o como en el caso de Hugo en el juvenil- a cargar sobre sus hombros el peso del Celta. Por suerte, los tiempos han cambiado radicalmente y los problemas de los canteranos son otros hoy en día.

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Sisto firmó en Leganés la actuación que le catapultó a la primera unidad.

Ese gran momento deportivo de los últimos años ha propiciado un escenario perfecto para que los jóvenes puedan desarrollarse. A pesar de que Sisto costó una importante suma para lo que es habitual en Praza España –seis millones de euros- se le dio cancha para que se fuese adaptando poco a poco.  Los inicios no fueron fáciles, con unos problemas evidentes de ritmo y, sobre todo, en el juego asociativo. Berizzo probó con él en la derecha pero no funcionó al tiempo que apostaba por un Bongonda que, precisamente, estaba en la tesitura en la que hoy se encuentra el danés: confirmar que podía ser un primer espada tras año y medio a la sombra de Nolito. No solo no pudo hacerlo, sino que, en un evidente ejemplo de que dar el paso no es fácil, dejó la sensación de que su juego se devaluaba en lugar de evolucionar. Las de Sisto y Bongonda fueron trayectorias cruzadas hasta que la ascendente del danés terminó por ganarle la partida a la descendente del belga. Pione ya había avisado de sus capacidades como hombre de segunda unidad en Eibar o en Leganés. Estaba preparado para ser titular. A partir de ahí su mejoría no se frenó y firmó un gran final de campaña, con fantásticas actuaciones en la Europa League.

Pero en fútbol el ayer no existe. Y mucho menos ahora, que Sisto ha demostrado que la inversión del Celta en su fichaje estaba justificada. El período de gracia ha terminado. El período de la exigencia ha comenzado. Sus regates dejarán los “qué bien el chaval” por “ahora acaba la jugada”.  La paciencia no es lo mismo que la complacencia y, aunque sea de forma paulatina, los futbolistas jóvenes necesitan subir poco a poco el nivel. Crecer.  A falta de la llegada del extremo pendiente –Larsson o el que sea-, Pione debe ser el gran escudero de Aspas, el que sea capaz de quitarle peso resolutivo y asumir sus responsabilidades cuando no esté, tenga un mal día o le tengan atado en corto.

Tiene carencias que pulir y mejorar: la continuidad en el partido, el juego asociativo, la toma de decisiones, el manejo de la pierna izquierda. Pero no es menos cierto que posee unas condiciones espectaculares para el fútbol, tiene 22 años y en un solo curso con Eduardo ha demostrado una gran capacidad de aprendizaje y progresión. Ojalá siga siendo así con Unzué. Alguien debe recoger el papel que antaño tuvo Orellana o el propio Iago cuando estaba Nolito. Es el momento de hacerse mayor.

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