Hay un pequeño fragmento de mundo en el que el fútbol se desvanece. Ese rincón, cubierto de musgo y aplacado por la rumorología barata, se encuentra en los meses de verano. Concretamente, en el mes de julio. Sus días transcurrían, en otro tiempo, con el fútbol cubriendo los anaqueles llenos de polvo. Ahora lo hacen con los futbolistas subiendo imágenes a las redes sociales en la playa y con las portadas de los periódicos deportivos llenas de basura sensacionalista. A cada tiempo, sus circunstancias. Pero al final siempre toca volver al trabajo. El verano se asoma a su ocaso, aunque desde la lejanía, y ya empieza a oler a fútbol.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Asumámoslo: la temporada pasada nos dejó a todos agotados. Exhaustos. El celtismo llegó a mayo con la lengua fuera. La resaca de cinco meses frenéticos, vertiginosos como una caída libre desde un avión, ha sido larga e intensa. Las caídas frente a Alavés y Manchester United en sendas semifinales de las dos competiciones a las que Berizzo consagró la que, a la postre, se sabría que era su última temporada al frente del banquillo vigués, dejaron el paladar con ese sabor denso y amargo que en ningún momento hace justicia a lo vivido. El final de la competición liguera, entre la desgana y la desilusión, no ayudó a que el cierre recuperase algo del aroma a triunfo que se le presuponía.

Los meses han pasado y la tristeza ha comenzado a caer en ese vacío en el que acaba por convertirse en añoranza de lo vivido. El Celta de Eduardo Berizzo es ya una página más para los libros de historia, una página más pero no una cualquiera. De todos modos, la verdad, aunque cruda, es que ya pertenece al pasado. Cuesta un poco reubicarse en medio de tantos cambios, de tantas cosas que suceden mientras el fútbol ocupa un segundo plano en la vida del aficionado. Sin embargo, con agosto irrumpiendo entre las olas, el rastro del deporte rey empieza a dejarse entrever, con sus pisadas impresas en la arena, con sus recordatorios habituales.

El Celta de Berizzo se hizo aire y a la tierra llegó el Celta de Juan Carlos Unzué, que sigue siendo, de momento, un completo desconocido para todos. Las primeras tomas de contacto han sido eso, meros prototipos de un producto que todavía está por estrenar. Los fichajes, al menos teóricamente, no han sido completados todavía, y el episodio de salidas tampoco ha terminado. La plantilla, pues, no está cerrada. De todos modos, para aquellos que todavía mantienen al fútbol apartado de sus quehaceres rutinarios, el bloque sigue siendo, en esencia, el mismo, dos retoques por aquí, dos retoques por allá. De ellos hablaremos en otra ocasión, en una en la que haya más cosas de las que hablar.

Con la Liga a dos semanas vista, el escenario empieza a prepararse. Va siendo hora de despertar del letargo. Una etapa de euforia se cerró, pero hay otra que está a punto de empezar y que necesita al celtismo al filo de la navaja, como siempre, con ganas de dar calor en la derrota y de saber ganar. En medio de una etapa institucional plagada de incertidumbre, el Celta de Unzué es un actor inusual, un protagonista con el que todavía no hemos aprendido a identificarnos. Pero eso pronto cambiará.

Mientras tanto, mientras el balón sigue sin rodar más allá de ejercicios preparatorios, vuestro especialista os recomendaría que tomaseis aire, que llenaseis bien de oxígeno vuestros pulmones. Si el viaje es todo lo vertiginoso que deseamos, lo necesitaréis. De momento, calma. Mamá, un ratito más. Venga, va.

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