Marcelo Díaz ya no es jugador del Celta.

Borja Refojos | Tinta Celeste

Le llamaban Buba. Allá en Chile, hace años, en Padre Hurtado, cuando era un crío que solo pensaba en que llegara la hora de bajar a jugar con sus amigos. Pelo alborotado, sonrisa leve y cariño, mucho cariño: para sus amigos, para sus compañeros, para sus padres y para su hermano. Y para la pelota. Jugaba cada día sin preocuparse demasiado por nada mientras soñaba que se ponía la camiseta de su amada U de Chile y que representaba a su país en una Copa del Mundo.

Le llamaban Buba, sí. Era su mote de niñez. Una niñez que acabó de golpe aquel día que encontraron a su hermano. Aquel funesto día que su modelo, el que le incitaba a jugar al fútbol, el que incluso jugaba mejor que él, se marchó para no volver más. Aquel día de mierda, Gonzalo Díaz se quitó la vida y su hermano Chelito pasó de ser niño a hombre en apenas un suspiro. Mucho, muchísimo más tiempo del que tardó en asimilar lo sucedido aquel noviembre de 2003.  “Sigue con tu vida, cumple tu sueño en el fútbol y perdóname”. Esta frase es solo un breve extracto de la carta que Marcelo recogió de su hermano. Solo tenía 16 años.

Le llamaban Buba y ya hacía un año que su sueño había comenzado a tomar forma, cuando dejó Filial Magallanes para irse a las inferiores de la U. Aquel suceso destrozó su casa y cuando levantarse parecía imposible, la pelota se convirtió en el bastón para que Chelo anduviese de nuevo y su familia pudo andar de nuevo porque Chelo se convirtió en su bastón. Fue el fútbol el que le ayudó a continuar y en donde encontró a su hermano cada día, en cada partido, en cada entrenamiento, en cada pase. Así consiguió llegar al primer equipo.

DHbn2VFXgAAzMZI
Acariciar la pelota, el estado natural de Buba.

Le seguían llamando Buba en su barrio y le seguían recibiendo con cariño cuando se dejaba caer por allí. No era capaz de asentarse como titular, ni siquiera de jugar en su posición. Un lateral derecho suplente que Jorge Sampaoli convirtió en el cerebro de una etapa ganadora. Cuatro Ligas, una Copa Sudaméricana y las primeras convocatorias con la selección para un Buba que para el mundo del fútbol era Marcelo Díaz, Carepato, Chelo o  Motorcito.

Pero seguían llamándole Buba sus seres más cercanos. Aunque se fuese a Suiza a ganar Ligas, aunque se convirtiese en el héroe de Hamburgo con una historia más propia de una película que de la realidad, aunque llegase a Vigo un frío día de enero para relevar al capitán del Celta. Sustituir lo insustituible. El rendimiento fue inmediato. Sí, lo fue. La memoria es frágil, pero Marcelo Díaz encadenó exhibición tras exhibición para ayudar a la tropa de Eduardo Berizzo a clasificarse para la Europa League.

“Aunque el fútbol siga evolucionando hacia los atletas, a la pelota siempre le va a gustar más un cerebro que piense y un pie que ejecute”

Pero aunque en su barrio le siguieran llamando Buba, en Vigo las cosas no cuajaron y muchos le llamaron de otras maneras menos agradables. Tuvo tiempo de ganar dos Copas América seguidas y brillar con luz propia en ambos torneos, pero de celeste las cosas se torcieron. Las lesiones, la falta de continuidad o simplemente el enganchar una mala racha nublaron su fútbol. Y cuando mejor estaba, una entrada miserable, de un tipo al que es difícil llamar deportista, frenó su progresión, no sin antes jugar 84 minutos con el tobillo hecho una palangana y firmar un gran partido.

Buba no acabó mal la temporada y volvió a brillar con la selección. Pero otra fatalidad, esta deportiva, se cruzó en su camino. Un golpetón. Un hostiazo. De nuevo había que levantarse y no podrá ser en el Celta. A Buba le gusta la lectura, le gusta su esposa, le gustan sus hijos. Vuelve a soñar con la Universidad, esta vez la de verdad, en la que poder sacar una carrera, la de periodismo, y poder comunicar con palabras lo que ahora comunica sobre el césped. Le gusta la tranquilidad, le gusta el descanso. Y sí, le gusta el fútbol. A Buba le gusta acariciar la pelota, a Buba le gusta arriesgar aunque le cueste la vida, a Buba no le gustan los pelotazos porque no lo mamó de sus maestros. A Buba le gustan los pases, bien medidos, suaves, precisos. Al pie del compañero, al espacio o a la red de la portería cuando tiene una falta en la frontal.

A Buba le gusta seguir soñando, le gusta seguir caminando, le gusta seguir jugando. Todavía tiene años de fútbol para regalar y una Copa del Mundo por disputar. A Buba le gusta tener la pelota, seguir encontrando a su hermano cada día, ayudar a su familia y devolver de la mejor manera que sabe todo el afecto que recibe. El cariño no se compra ni se vende, por eso ya no solo es Buba para los suyos; lo es para millones de personas.  Y por eso a Buba le gusta que le llamen Buba. Porque aunque el fútbol siga evolucionando hacia los atletas, a la pelota siempre le va a gustar más un cerebro que piense y un pie que ejecute. Un futbolista. Sí. Porque a la pelota le gusta Buba. A Buba le gusta la pelota. Buba es un gran futbolista. Buba es una gran persona.

Gracias y suerte.

Anuncios

One response to “Le llamaban Buba

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s