Se abre el telón. Arde el Benito Villamarín. Cenizas en el cielo. El Celta se desintegra como una hoja de papel, devorado por las llamas. El Betis emerge de la oscuridad del fuego, elevándose sobre él y extinguiéndolo con fútbol, fútbol del bueno. Lo demás, para las estadísticas.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Betis 2-1 Celta

Betis: Adán; Barragán, Feddal, Mandi, Durmisi; Javi García, Guardado, Camarasa; Francis (Tello, min. 66), Joaquín (Juanjo Narváez, min. 84) y Sergio León (Sanabria, min. 80).
Celta: Sergio; Hugo Mallo, Sergi Gómez (Lobotka, min. 80), Roncaglia (Cabral, min. 75), Jonny; Radoja, Wass (Pablo Hernández, min. 65), Jozabed; Iago Aspas, Sisto y Maxi Gómez.
Árbitro: De Burgos Bengoetxea (C.T. Vasco). Amonestó con tarjeta amarilla a los jugadores locales Feddal y Mandi, y a los visitantes Jozabed, Lobotka y Radoja.
Goles: 0-1, Maxi Gómez (min. 10). 1-1, Sergio León (min. 31). 2-1, Feddal (min. 77).
Estadio Benito Villamarín.

La temporada acaba de estrenarse, como quien dice, y las cábalas ya están atadas a las nubes con un lazo. Como suele pasar cuando un equipo no funciona, las arterias del Celta están siendo invadidas por el pesimismo más recalcitrante, el que no atiende a razones. El extremo de la crítica es inaceptable, a estas alturas, por precipitado. Pero eso no implica que esté del todo infundado.

La cuestión, como siempre, no está en que el Celta haya perdido sus dos primeros partidos de Liga, sino en el cómo. Si frente a la Real Sociedad el equipo dejó detalles de lo que podría ser siguiendo una línea concreta de trabajo, en su visita al Benito Villamarín el Celta no fue más que un espectador, un espectro que se deslizó por el césped buscándose a sí mismo mientras el rival lo arrollaba por completo. El encuentro que enfrentó al equipo vigués con el Betis no fue uno de esos de los que es apenas posible sacar conclusiones e ideas de mejora, sino uno de esos otros en los que la única vía disponible que queda es la de replantearse las cosas y enfocarlas desde otra perspectiva.

El encuentro arrancó mordido, con el Betis buscando hacer daño por las bandas y empezando rápido a mostrar sus bazas. Las cosas se torcieron para los verdiblancos cuando Maxi Gómez cazó con la cabeza un córner y Camarasa lo desvió hacia el fondo de su propia portería. El joven uruguayo convirtió de este modo su tercer gol en dos partidos con la celeste. Unos números fantásticos. Tocó la pelota dos veces más en todo el partido. La perdió las dos veces. 

El Celta vivió diez minutos de corrección ofensiva tras el gol, aprovechando la confusión local para buscar la portería de Adán a través de un concienzudo Daniel Wass y de alguna intromisión aislada de Pione Sisto en campo rival. Pero ahí acabó todo. A partir del minuto 20 de partido, el equipo se fue diluyendo progresivamente, hasta desaparecer por completo bastante antes del descanso. El culpable, cómo no, fue el Real Betis. El conjunto dirigido por Quique Setién se rebeló contra el resultado con la garganta enrojecida de gritar junto a los 58.000 espectadores que hicieron hervir al remodelado y espectacular Benito Villamarín.

Los verdiblancos arrollaron al Celta en todas las líneas. Atrás, Aïssa Mandi y Zouhair Feddal erigieron un muro insalvable para sus rivales, infranqueable por arriba y por abajo y de este a oeste, y más impermeable que un traje de neopreno. En el medio, Javi García y Andrés Guardado, especialmente el mexicano, se merendaron a Daniel Wass y Jozabed Sánchez, exigiendo a Radoja multiplicarse en el esfuerzo, lo que convirtió al centro del campo vigués en un conglomerado por ratos desdibujado, atravesado una y otra vez por Víctor Camarasa como puñal que penetra la carne fresca. Arriba, Sergio León construyó su castillo a las espaldas de Sergi Gómez y Roncaglia. Allí vivió durante siglos, esperando balones. Al final le llegó uno, desde la zurda dorada de Guardado, y no titubeó en convertirlo en el tanto del empate.

Los jugadores descansaron después del gol pero el partido no frenó. El Betis siguió jugando durante el descanso, siguió preparándose, siguió desarbolando al Celta con su milimétrico dibujo táctico. Los cambios apenas surgieron efecto de tipo alguno en el equipo de Juan Carlos Unzué, quizá porque la plantilla no es tan larga – ni mucho menos variada – como se pretende aparentar. Al final, el Betis aceleró una marcha más y terminó arrollando al Celta, que se conformó con ser un actor de reparto, un medio necesario para la comunión de un equipo naciente con un público en efervescencia.

Como el fútbol a veces es justo, Feddal saltó más que Sergi Gómez y perforó con un cabezazo la red defendida por un más que correcto Sergio Álvarez. Quedaban trece minutos para el final del partido, pero, y sin prejuicio de sobreemplear las referencias a Gabriel García Márquez, su muerte ya había sido anunciada mucho antes. El Celta ardió y ardió bien, empapado en gasolina, explotando. Ahora toca apagarlo todo.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s