Emre Mor se ha convertido en el fichaje estrella del Celta para esta temporada. Un jugador llamado a marcar las diferencias, a dar ese salto de calidad que tanto se demandaba y a completar un puzzle ofensivo de muchísimas garantías. Una joya nacida y criada en Dinamarca, con sangre turca y macedonia por sus venas. Un hijo de la globalización. Ilusión mestiza.
Borja Refojos | Tinta Celeste

Construir una obra requiere de tiempo, paciencia y colocación precisa de piezas. Hay piezas importantes, piezas secundarias e incluso piezas de recambio. Hay otras piezas -las menos habituales y las más valiosas- indispensables. Piezas que dan sentido a todo un conjunto. La plantilla del Celta estaba algo descompensada, con superávit de jugadores en algunos puestos y escasez en otros, y con la sensación de la falta de elementos diferenciales. Pero de la noche a la mañana todo cambia. El club ha firmado un jugador -solo uno- y de repente, todo cobra sentido. Emre Mor es el plus de calidad, de desborde y de peso específico que se demandaba. Es el jugador capaz de marcar diferencias por fuera, de devolver a Iago Aspas a su posición ideal y de ayudar al moañés, aunque solo sea con algo tan sencillo como devolverle una pared.

Hijo de la globalización

Hace apenas un mes que Emre Mor cumplió 20 años. Un crío. La localidad danesa de Brønshøj, en las cercanías de Copenhage le vio nacer tras las apreturas que su padre turco y su madre macedonia pasaron para llegar a Dinamarca. Un nuevo caso de la riqueza que da a un país la inmigración. Un nuevo caso de civismo y tolerancia de los países nórdicos del que las familias de Sisto y Guidetti pueden dar fe. Ajeno a las dificultades de otros lugares del mundo, el joven Emre ni siquiera tuvo que pasarlo mal cuando era bebé como su compatriota y nuevo compañero Pione. No era alto, ni rubio, ni de tez pálida, pero creció en un ambiente saludable, practicando el deporte que más le gustaba y llevando la vida de un niño danés normal. De hecho, hasta la sub-21 fue internacional con la Dinamita Roja en todas las categorías. El claro ejemplo de que la mezcla de culturas y razas mejora la especie.

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El verano pasado brilló en la Eurocopa. Modric lo supo. (Foto: Getty).

Pero con 18 años le pasó por delante un tren difícil de rechazar. Recibió una llamada de Fatih Terim, impactado tras ver un vídeo suyo, en la que le proponía jugar con Turquía nada menos que la Eurocopa de 2016. Emre aceptó y se convirtió en internacional absoluto por el país de su padre.  Nadie le conocía en el seno del grupo y él apenas chapurreaba algunas palabras en turco. Pero si hay un idioma en el que todos se entienden es en el de la pelota. El tercer partido del grupo, contra la República Checa, supuso una revolución en una selección lentorra y previsible. Mor era ya el futbolista más joven en debutar con Turquía en una Eurocopa pero no contento con ello cuajó una actuación memorable, asistiendo a Yilmaz en el gol que abría el camino hacia la clasificación a octavos.

El Celta es el club ideal para su explosión definitiva

Todas esas maneras no encontraron la continuidad esperada en Dortmund. Equipo muy grande, edad muy pequeña. Tuchel no encontró la manera de pulir a su joya, que tampoco era capaz de mostrar la madurez necesaria dentro y fuera del campo para triunfar en un club de tanta dimensión. A pesar de todo, dejó actuaciones muy buenas, una contra el Madrid en Champions especialmente destacada. Tan solo trece minutos necesitó –entró en el  77 por Guerreiro- para enloquecer a la zaga blanca en un nuevo y claro ejemplo de que, con la motivación necesaria, hay una estrella dentro de Emre.

Volver a nacer; empezar a crecer

El tiempo terminó demostrando que el salto desde el FC Nordsjælland –donde jugó con Lobotka- al Dortmund era demasiado grande y que quizá –con la ventaja que da hablar a toro pasado- necesitaba un escalón intermedio. Nunca es tarde si la dicha es buena. Y mucho menos cuando acabas de cumplir 20 años. Se puede decir que la carrera de Mor ni siquiera ha empezado y un club como el Celta, con un fútbol que le va como anillo al dedo, rodeado de compatriotas y sin la presión de los equipos grandes, parece el lugar ideal para cumplir las expectativas creadas.

Real Madrid CF v Borussia Dortmund - UEFA Champions League
La temporada pasada brilló ante el Madrid. Cristiano lo supo (Foto Getty).

El Celta es bueno para Emre y Emre debe ser bueno para el Celta. Con continuidad y confianza puede convertirse en una de las revelaciones de la Liga. Vigo es la maduración que necesita. El atrevimiento y el descaro los trae de serie. Zurdo, zurdísimo, de los que tienen la derecha para apoyar, de los que prefiere una rabona inverosímil a tocarla con la de palo. Calidad de quilates, facilidad para el regate y velocidad, mucha velocidad. Mor juega a toda hostia. Una ventaja en muchas ocasiones, una desventaja en otras. En ese proceso de maduración vendrá el saber bajar una marcha cuando es necesario y el jugar más tranquilo para acertar en la toma de decisiones.

Son todos defectos propios de la edad, fácilmente subsanables con el paso del tiempo y un buen asesoramiento. Hay otro que está por ver si lo mejora: su capacidad goleadora -o más bien la falta de ella-. Unzué reclamaba un jugador diferencial con gol. Emre tiene lo primero pero, al menos por el momento, carece bastante de lo segundo. No es un jugador con instinto matador y de hecho su disparo es mejorable. Pero tampoco Orellana destacaba por su faceta anotadora y en cambio no había estadística capaz de cifrar todo lo que le aportaba al equipo.

Además de todo eso, el fichaje de la perla turcodanesa ha conseguido inyectar un chute de ilusión brutal a una afición contrariada desde hace meses por el conato de venta, el lío del estadio, la no renovación de Berizzo y los cero puntos en Liga. Todo eso ha dado un vuelco y ahora predomina la ilusión y las ganas de que pasen dos semanas para ver sobre el verde de Balaídos a la nueva estrella del firmamento celeste.

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