El Espanyol le pegó una paliza al Celta. El Celta no se defendió. Tras recibir varios puñetazos en plena cara, se quedó tirado en el suelo, inconsciente. Para cuando se despertó, cansado y mareado, con el cuerpo pesado a cuestas, ya era demasiado tarde. Braceó al aire, llegó incluso a pegarle una bofetada al Espanyol mientras este se tomaba un café. La pelea ya había terminado.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Espanyol 2-1 Celta

Espanyol: Pau López; Víctor Sánchez, David López, Hermoso, Aarón Caricol; Javi Fuego (Marc Roca, min. 74), Darder (Diop, min. 82), Jurado, Piatti (Sergio García, min. 61); Leo Baptistao y Gerard Moreno.
Celta: Sergio; Hugo Mallo (Hjulsager, min. 82), Cabral, Fontàs, Jonny; Lobotka, Wass, Jozabed (Pablo Hernández, min. 58); Iago Aspas, Sisto (Emre Mor, min. 71) y Maxi Gómez.
Árbitro: Alberola Rojas (C.T. Castellano-manchego). Amonestó con tarjeta amarilla al jugador local Javi Fuego, x y x, y a los visitantes Iago Aspas, Hugo Mallo, Maxi Gómez y Cabral.
Goles: 1-0, Gerard Moreno (min. 10). 2-0, Piatti (min. 23). 2-1, Sisto (min. 68).
RCDE Stadium. 15.026 espectadores.

El Celta de Juan Carlos Unzué sigue siendo un producto descafeinado. Han pasado cuatro jornadas, y todavía recorre el ambiente esa sensación de desconcierto, la sensación de no saber si ya no es demasiado pronto para decir que el equipo no funciona, que las cosas no van por el camino por el que deberían ir.

Los problemas del equipo distan mucho de reducirse a sus malos resultados. De hecho, el Celta sostiene en sus manos los mismos tres puntos con los que contaba el año pasado a estas alturas. La diferencia, la sustancia, está en las sensaciones, que lo son todo en el fútbol y al mismo tiempo no son nada de cara a la galería. El equipo de Juan Carlos Unzué pudo empatar ante el Espanyol en un tramo final algo más digno de lo que un partido para el olvido podía augurar. Al final no lo hizo, por salud y por limpieza. Porque un empate no habría respondido con justicia a lo que el Celta hizo sobre el césped, y no hay peor engaño que el de creer que un resultado lo arregla todo.

Al campo solo saltó el Espanyol. El equipo de Quique Sánchez Flores se encontró con un cadáver enfrente, con un equipo muerto antes de la vida. El Celta se arrastró por el césped durante los primeros cuarenta y cinco minutos, con los futbolistas atrincherados en sus respectivas líneas, separados unos de otros como si tuviesen problemas maritales, incapaces de construir fútbol en la transición ofensiva.

Así, con el Celta desplomado sobre el verde, llegó el primer gol del Espanyol. Gerard Moreno, en un fuera de juego que en ningún caso podría ser el culpable de los males de nadie, recogió la pelota y se recreó sobre sí mismo, girando y girando, para acabar soltando un zurdazo cruzado ante el que Sergio solo pudo estirarse para no llegar nunca.

Sánchez Flores se sentó a disfrutar, viendo cómo el repliegue de su equipo y sus salidas a todo tren destrozaban por completo las espaldas de Lobotka, y cómo Gerard Moreno, Baptistao, Piatti y Jurado bailaban entre los defensas celestes como si éstos fuesen conos naranjas, valga el epíteto redundante. Al poco rato, después de una de esas salidas de balón trepidantes por suicidas, Cabral perdió la pelota frente a Jurado, que vio a Piatti salir por la izquierda como un obús, se la puso en la zurda y de ella salió a la red.

El partido siguió y del Celta no salía nada con vida. Un par de llegadas de Aspas a las inmediaciones de Pau López que terminaron cayendo en saco roto fueron el mayor signo de rehabilitación de un equipo sin alma, sin ideas, apagado como una noche sin electricidad. Tras el descanso todo siguió igual, con el Espanyol acomodado y acariciando su sillón de terciopelo, viendo la vida pasar.

Después entró Pablo Hernández, que le echó algo de cara al asunto y empezó a bajar a buscar pelotas hasta donde nadie había ido hasta entonces. El chileno removió el partido y el Celta fue capaz de armar alguna que otra jugada. Una de ellas terminó con Hugo Mallo llegando por la derecha y cediendo para Aspas, quien, tras un recorte, encontró a Pione Sisto en el borde del área completamente solo. El danés disparó de primeras, su chut pegó en un Fontàs que pasaba por ahí y acabó despistando a Pau López para poner el 2-1.

Como suele pasar cuando un futbolista está carburando y marca un gol, Unzué sacó a Sisto del campo para meter a Emre Mor. La entrada de Mor era necesaria, la salida de Sisto quizá no tanto. El extremo turco, llamado a hacer grandes cosas esta temporada con la celeste, empezó a hacer diabluras desde el primer momento. Su descaro revitalizó el encuentro cuando estaba seco. El Celta encontró entonces el empuje que habría necesitado al comienzo del partido. Fue tarde para empatar. Cayó la derrota. El lado bueno: la derrota es la única que deja espacio para la reflexión Y aquí hay mucho que reflexionar. 

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