Hubo un tiempo en que jugar en Ipurúa resultaba una verdadera tortura para todo aquel equipo que intentase combinar y rasear el balón. La SD Eibar que logró mantenerse en la División de Plata durante 18 temporadas consecutivas explotaba al máximo las características de su terreno de juego con un estilo de juego basado en el físico y en el fútbol directo. En consecuencia parece lógico pensar que cuando se encontraba con un rival que tampoco tenía predilección por el balón la digestión del espectáculo resultase un tanto pesada para el respetable. Eso fue lo que sucedió en septiembre de 1990, cuando el Celta de Maguregui llegó a Eibar a la caza y captura —cómo no— de un punto.
José Luis Rodríguez Sánchez | Tinta Celeste

Pocos podían imaginar que aquel Eibar que —de la mano de Alfonso Barasoain— logró el ascenso a Segunda en la temporada 1987/88 iba a sobrevivir en la categoría durante casi dos décadas completas. Un club humilde y que se nutría de futbolistas de casa consiguió una meritoria permanencia durante dos primeras campañas en las que se marcharon al pozo de la Segunda B clubes históricos como Racing de Santander o Recreativo de Huelva así como los equipos filiales de Barcelona, Real Madrid y Atlético de Madrid. Especialmente agónica resultó la salvación conseguida en 1990, al salir de descenso gracias a una victoria en Sarrià en la última jornada tras muchos meses en el fondo de la tabla.

Rocas eibarresas

De cara al curso 1990/91 la principal novedad había que buscarla en el banquillo, con la llegada de Mikel Etxarri en sustitución de Barasoain, gran artífice del ascenso. Pero en aquel año también se incorporaba al primer equipo Óscar Artetxe, uno de los futbolistas más queridos en Eibar y que vestiría la camiseta azulgrana durante 11 temporadas consecutivas. Asimismo se fichó por entonces al que tendría el honor de convertirse en el primer jugador extranjero en la historia del club, el bosnio Anel Karabeg.

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Alineación del Eibar (16/09/1990)

En la base del equipo se mantenían algunos de los que habían logrado dar el salto de categoría en 1988, casos de Bautista, Roberto Olaizola o Luluaga. Mención especial merece el arquero Garmendia, que se mantuvo durante 19 temporadas en el Eibar y defendió la portería armera en tres categorías diferentes. También comenzaba a hacerse sentir la presencia en mediocampo de Bixente Oyarzábal, titular indiscutible tras haberse incorporado al primer equipo durante la campaña anterior. La plantilla mantenía las características de los años previos, con gente físicamente poderosa y de corte claramente obrero. El conjunto vasco no engañaba a nadie y su objetivo no podía ir más allá de la permanencia.

Gris celeste

Por su parte el Celta de Maguregui partía como candidato al ascenso, más por el hecho de su condición de recién descendido que por la plantilla en sí. Puntales como Julio Prieto o Rodolfo dejaron el club y cedieron el testigo a futbolistas como Ferrando o Manolo Pinto. La calidad en mediocampo la ponía Fabiano Soares y el gol lo debían asegurar Marić, Vicente y Mosquera, además de los recién fichados Moska y Puhalak. En retaguardia se mantenían los Otero, Nacho, Atilano o Mandiá, con Javier Maté como indiscutible portero titular. El tiempo se encargaría de demostrar que el nivel medio de la plantilla no bastaba para regresar a la División de Honor pero en septiembre de 1990, con la liga recién inaugurada, todavía faltaba por contrastar el rendimiento del bloque.

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Alineación del Celta (16/09/1990)

Una victoria por la mínima y un empate habían situado a los de Maguregui en la zona alta de la tabla después de las dos primeras jornadas. El Eibar, que tan solo había podido sumar un punto en dos encuentros, se preparaba ya para empezar a sufrir justo antes de estrenar marcador electrónico en su estadio. Y a pesar de que aquella tarde veraniega del 16 de septiembre fue gris en lo climatológico, no queda otra que confesar que lo fue bastante más en lo futbolístico. Al rocoso 4-4-2 de los de casa respondió Magu con un no menos vigoroso 5-3-2.

Fútbol práctico ‘on the rocks’

Y la verdad es que desde el primer minuto de juego el fogoso público que se congregó en Ipurúa tuvo ocasión de deleitarse con las ‘exquisiteces’ de unos y otros. La cultura del balonazo se hizo arte en aquella tarde en la que el balón no tocaba el piso ni por pura casualidad. Saques en largo de los guardametas, despejes sin contemplaciones de los zagueros y lucha sin cuartel por ganar la pelota por arriba fueron las pautas que imperaron a lo largo y ancho de los 90 minutos. Si se hiciese pasar por un alambique una selección del más auténtico fútbol británico/nórdico no se obtendría un destilado más puro en cuanto a ‘fútbol práctico’ que con este Eibar-Celta.

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Javier Maté salvó al Celta durante la primera mitad (Foto: yojugueenelcelta.com)

Con todo, fueron los de casa los que gozaron de las mejores situaciones para marcar. Bixente fue de los pocos que mostró algo de criterio y puso en serios apuros a Maté, primero con un disparo tras pared con sus compañeros y después tras iniciar una jugada que desembocó en un remate a bocajarro de Igoa. En ambas situaciones intervino magistralmente el guardameta céltico. Fabiano, sin opciones para canalizar el fútbol de los visitantes, veía pasar por encima de su cabeza el balón una y otra vez. Zoran Marić —que reaparecía tras un largo tiempo de baja por sus molestias en el pubis— y Antal Puhalak no lucían cualidades que les permitiesen dominar en el cuerpo a cuerpo con las rocas eibarresas, lo que provocaba que se encontrasen tan cómodos como se podría sentir un esquimal en Sevilla en el mes de agosto.

HOMENAJE GARMENDIA
Bixente y Garmendia, futbolistas muy recordados en Eibar (Foto: cordopolis.es)

En el inicio de la segunda mitad pareció estirarse un poco el Celta aunque la ilusión duró apenas unos minutos. El Eibar controló sin problemas los pelotazos que buscaban a los puntas olívicos hasta el punto de que los de celeste no realizaron su primer disparo con cierta intención hasta el minuto 70, cuando Puhalak remató a la derecha de Garmendia. Con todo, a Maguregui todavía le quedaba una bala en la recámara por lo que decidió introducir a Ignacio Cantero como cuarto central en sustitución de un volante como Manolo Pinto. No fuera a ser que el autobús sufriese un reventón en el último instante. Ante semejante atrincheramiento pocas opciones le quedaron al Eibar para marcar y, melón va melón viene, se llegó al final del partido tal y como se empezó. Los relucientes marcadores de Ipurúa debieron esperar un par de semanas, con la visita del Salamanca, para anunciar su primer gol.

Destitución anunciada

Recordar 27 años después las declaraciones de José María Maguregui en aquella tarde provoca, en el mejor de los casos, una cálida sonrisa. “Realizamos un fútbol  muy práctico y conseguimos un punto muy valioso” o “lo importante es realizar un fútbol práctico y dejarse de florituras” fueron algunas de las perlas que el preparador vasco soltó en la rueda de prensa posterior al partido, a la vez que se preguntaba cuántos equipos serían capaces de puntuar en semejante fortín a lo largo de la temporada. Lo cierto es que, además del Celta, fueron finalmente 11 equipos los que sumaron al menos un punto en Ipurúa durante el curso 1990/91.

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La filosofía de Maguregui brilló en Ipurúa en septiembre de 1990 (Foto: halacelta.com)

Como es sabido el Celta pronto se cayó de la pelea por los primeros puestos. Maguregui fue cesado tras un empate sin goles en Balaídos ante el Sabadell para dejar paso a Txetxu Rojo, quien al menos pudo remendar la temporada y evitar la que pudo haber sido una durísima caída a Segunda B. De hecho el Eibar finalizó el curso con un punto más que los de celeste y continuó su feliz trayectoria por la División de Plata.

La cultura del balonazo se hizo arte en aquella tarde

Fue aquella una temporada realmente dura para el celtismo. Los Julio Prieto, Jimmy Hagan, Baltazar o Amarildo habían dejado un gran recuerdo y seguramente habían hecho olvidar los problemas que el equipo tenía desde mediados de los 70 para competir en Primera. Y cuando en 1990 la afición se vio de nuevo en la División de Plata el ascenso se consideraba prácticamente una obligación. Durante el curso 1990/91 no fue posible pero el trabajo de Txetxu Rojo daría sus frutos apenas un año después. El técnico de Begoña no era Telé Santana precisamente pero su pragmatismo no alcanzaba los niveles del predicado por José María Maguregui. En Ipurúa, en septiembre de 1990, quedó más que claro.

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