Si tus hijos tienen miedo a la hora de dormir y necesitan algo blandito para abrazar, no lo dudes. Regálales al Celta las próximas navidades.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Celta 3-3 Girona

Celta: Rubén Blanco; Hugo Mallo (Cabral, min. 65), Sergi Gómez, Fontàs (Roncaglia, min. 58), Jonny; Lobotka, Jozabed, Wass; Sisto (Emre Mor, min. 73), Aspas y Maxi Gómez.
Girona: Maffeo, Alcalá, Bernardo, Juanpe, Mojica; Pere Pons, Aleix García (Douglas Luiz, min. 83); Borja Gómez (Olunga, min. 75); Portu y Stuani (Kayode, min. 68).
Árbitro: González Fuertes (C.T. Asturiano). Amonestó con tarjeta amarilla a los jugadores locales Maxi Gómez, Emre Mor y x, y a los visitantes Bernardo, Stuani, Juanpe.
Goles: 1-0, Sisto (min. 8). 1-1, Portu (min. 10). 1-2, Stuani (min. 14). 2-2, Maxi Gómez (min. 16). 3-2, Wass (min. 76). 3-3, Juanpe (min. 86).
Estadio de Balaídos. 15.026 espectadores.

¿Qué es el Celta? Desde luego, un frenesí. A veces, una ilusión. Otras, una sombra. Mayormente, una ficción. Una ficción atropellada, descabezada. Un puzzle del cual, cada vez que dos piezas conectan, otras cinco se pierden entre los cojines del sofá. Van siete jornadas, siete partidos como siete lunas crepusculares, y la música de los de Unzué sigue sin encontrar su ritmo, su melodía. Todo son beats desproporcionados, gritos aislados, grietas de belleza rodeadas de pantanos de chirridos y cosas inaudibles.

El Celta salió a Balaídos a enfrentarse al Girona como quien sale al supermercado sin lista de la compra. A bandazos. Con la mirada perdida, con la certeza de que vive pero sin saber muy bien cómo, ni dónde, ni cuándo. En ese bajón de tensión continuado que habita, en esa despersonalización constante. Y así, inmerso en su carrera multidireccional y caótica, el Celta se adelantó en el marcador. Salió a la contra y salió bien, con Maxi abriendo con criterio a la derecha y Wass poniendo un balón templado para que Sisto perforase la red. Los instrumentos en su lugar, la banda tocando sus mejores piezas.

Pero después reventó el amplificador, o quién sabe qué pudo pasar. La mejor defensa es un buen ataque, sí. Pero también hay que defender. Y Jonny se olvidó un par de veces de hacerlo. Lento como nunca lo había sido y como siempre lo es últimamente, se quedó mirando a la noche estrellada de Vigo mientras Portu le robaba la posición y batía a Rubén, que un minuto antes ya había sacado una pelota que iba encaminada al mismo lugar. Por solidaridad, unos minutos más tarde todos los demás defensas vestidos de azul se declararon en huelga, quedándose en el perfil del área -a falta de pancartas de JonnyNoEstásSolo- mientras los jugadores del Girona se pasaban la pelota. Al final Stuani la mandó a la red y la tortilla ya estaba volteada, antes de que los huevos pudiesen siquiera tener la intención de empezar a cuajarse.

Tras los alaridos de auxilio, volvió la música. Jozabed encontró a un inspirado Maxi entre líneas y de su pierna derecha llegaron de nuevo las tablas al luminoso de un Balaídos que ha demostrado no ser el garito favorito de los vigueses para los viernes noche. Y del frenesí se pasó a la ilusión, y de la ilusión a la sombra. Y como suele ocurrir siempre, a pesar de que en los highlights todo son, precisamente, luces, al final las sombras lo dominaron prácticamente todo. Y en las sombras el Celta encontró la corrección, que no la genialidad. Sin riffs antológicos pero también sin estridencias adolescentes, el equipo de Unzué remó durante el último tramo del primer tiempo y la mayor parte del segundo. Intentando construir y topándose con un muro llamado Iraizoz y la siempre frustrante ausencia de inspiración de un Iago Aspas que necesita volver a ser el activo que el Celta necesita.

Como el equipo vigués, por presupuesto, por expectativas, por nombres y por todos los motivos que se os puedan ocurrir, es superior al Girona, al final estuvo a punto de llevarse el encuentro. Pese a las flaquezas, pese a todo lo malo. Todo parecía desvanecerse en el aire en un suspiro de alivio exhalado desde las entrañas de Daniel Wass, que esperó a que la pelota saliese disparada de su bota derecha para sacar el mando teledirigido y hacerla moverse en el aire como un boomerang enloquecido. Iraizoz, en pleno estado de gracia, no llegó a saber jamás por dónde flotaba aquella pelota.

Pero como los cuentos tristes nunca tienen finales felices, en el crepúsculo de una noche gris apareció Juanpe, escurrido entre la cera derretida y seca de la defensa celeste, para fusilar a Rubén y enviar el empate final a los libros de historia. En su celebración, gritó tanto que lo más probable es que tu hijo se asustase. No te olvides de comprarle su peluche.

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