Con los derechos de 8.000 socios cercenados y con la tragedia de los incendios todavía incandescente en montes y corazones, el Celta cayó ante el Atlético de Madrid y se quedó sin marcar por primera vez en todo el curso. Sin embargo hubo satisfacción –algo que un resultadista no puede entender- porque fue, de largo, el mejor el partido de la era Unzué.
Borja Refojos | Tinta Celeste

Celta 0-1 Atlético de Madrid

Celta: Sergio; Hugo Mallo, Cabral (Emre Mor, min.72), Sergi Gómez, Jonny; Lobotka, Pablo Hernández, Wass (Guidetti, min. 72); Iago Aspas, Pione Sisto y Maxi Gómez.
Atlético de Madrid: Oblak; Juanfran, Savic, Godín, Lucas Hernández; Correa (Filipe Luis, min. 88), Thomas, Gabi (Giménez, min. 66), Saúl; Griezmann y Gameiro (Gaitán, min. 61).
Árbitro: Munuera Montero (Comité andaluz). Amonestó con tarjeta amarilla a los jugadores locales Jonny, Cabral y Pablo Hernández y a los visitantes Savic, Saúl, Gabi, Juanfran y Thomas.
Gol: 0-1 Gameiro (min. 28).
Balaídos. 12.879 espectadores. Las dos gradas de Río permanecieron cerradas por motivos de seguridad con el consiguiente perjuicio para los socios que se quedaron sin ver el partido en el estadio.

El Atlético de Madrid se llevó los tres puntos de Balaídos. Lo hizo con un fútbol ramplón, ultradefensivo y feo como una mañana de lunes. Pero lo hizo. Y su afición recuperó la sonrisa. El mantra del cholismo, la religión atlética, es el mantra del resultadismo. Por eso en las victorias, independientemente de cómo sean, todo son alegrías. Lo malo del resultadismo es que, cuando estás cuatro partidos sin ganar como arrastraba el cuadro rojiblanco, no te queda nada.

“Los bravos guerreros del Cholo defendieron con uñas y dientes el valiosísimo botín logrado ante el coloso celeste, que atacó con todas sus fuerzas a los valerosos hombres atléticos cuya defensa numantina impidió que el imponente combinado gallego tumbase la muralla rojiblanca hecha de fe, coraje y resistencia ante el poderoso y consiguiese una épica victoria en el fortín inexpugnable de Balaídos”. Entradillas de este tipo y titulares como el de esta crónica han forjado a un equipo que de ninguna manera necesitaba este marketing: el orgullo del Atlético es meterse entre los mejores de Europa. Todo lo demás es literatura rancia, viejuna e innecesaria. Y seguramente tengan razón. No se puede entender, no. No se puede entender que un equipo con ese gasto en fichajes y unos futbolistas de semejante nivel practique ese fútbol.

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A diferencia de los medios nacionales, nadie se olvidó de los incendios en Balaídos.

El partido fue un reencuentro con las identidades de cada uno. El Atleti ganó sin importar cómo y el Celta perdió, pero recuperó el orgullo del cómo. Berizzo modeló un equipo que no se sentía inferior a nadie y como tal jugaba. Tras un inicio dubitativo, Unzué logró de nuevo generar esa sensación. El equipo celeste dominó con claridad en el arranque, con Aspas de nuevo en la banda pero con el tanque de confianza a tope tras su hat-trick en Gran Canaria. El moañés lo intentó con un par de disparos, uno fuera y otro que Oblak blocó como quien moja el cruasán en el café por la tarde –que por las mañanas todo cuesta más-.

El Celta recuperó el orgullo de no sentirse inferior a nadie

El gigante esloveno demostró que es seguramente el mejor portero del mundo. Lo hizo de la manera que más desmoraliza al rival y más entristece a los fotógrafos: con paradas sin despeinarse; sin palomitas. Parecía un padre jugando con sus hijos y sus amigos en el parque pero sin esa bondad paternal que provoca goles de los críos por omisión. Uno tras otro, los nueve intentos del Celta entre palos -19 en total- murieron en las manos del guardameta visitante, que tan solo cedió un despeje en una volea de Aspas en la segunda parte: todo lo demás lo metió en el saco o lo envió a córner, como un cabezazo venenoso de Sergi Gómez en el primer acto.

Sucedió que, como suele suceder, cuando mejor estaba el Celta llegó el gol del Atleti. En una gran jugada combinativa –porque tiene jugadorazos para hacerla- Griezmann se encontró con una buena mano de Serigo para enviar a córner. En ese mismo saque de esquina, la pelota quedó muerta tras el intento de remate de Godín y Gameiro machacó a la red. El tanto hizo daño a los futbolistas vestidos de azul cielo, que no fueron capaces de reaccionar en lo que quedaba de primer tiempo. Los jugadores del Atleti, casi sin querer, ganaron presencia en campo rival y jugaron algo parecido a un buen fútbol.

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Papá Oblak no se dejó meter ningún gol ante los niños de celeste.

Simeone remedió ese pecado mortal en el descanso. Remodeló al equipo a un 1-4-5-1 y lo metió en un bloque más bajo que Tyrion Lannister. El Celta recogió el guante y mostró de nuevo una gran versión. Con Lobotka muy acertado en la circulación y muy buenas intenciones por delante; solo faltaba ese puntito de acierto individual.

El Cholo no tenía más defensas que meter en una descarada renuncia al ataque que derivó en su zaga colgada del larguero como uvas esperando por la vendimia. Pero a pesar de empeño en hacer del Atleti un equipo pequeño, el árbitro hizo esfuerzos en demostrar que era grande al obviar un penalti por mano de Gabi que, además, implicaría su segunda amarilla. Sí, esa tarjeta color plátano que muchos jugadores visitantes se quedaron sin ver a pesar de repartir más leña que los antidisturbios el 1 de octubre.

Unzué reaccionó con un ataque total. Guidetti y Mor relevaron a Wass y Cabral en una apuesta arriesgada que partía al equipo por el medio como el día del Getafe. Aquella vez Bordalás lo vio y dio un paso al frente para aprovecharlo, pero Simeone hizo al técnico alicantino ultraofensivo –tiene tela- y renunció a cualquier posibilidad de ataque. Un pelotazo a Griezmann desbaratado por Sergi Gómez fue su único amago. Así, los minutos finales fueron un asedio local, con Sisto y Mor bien abiertos y Maxi, Guidetti y Aspas por dentro. Seguramente tanta gente en esa zona atascó los ataques más que ordenarlos, pero Unzué buscaba tener efectivos para cualquier pelota suelta. El sueco lo intentó con un taconazo que Oblak paró a una mano y el uruguayo no pudo revolverse ante Juanfran, un Juanfran que acabó destrozado por Mor –otra de las buenas noticias-. El Celta perdió, sí, pero volvió a ser el Celta y esa noticia es mucho mejor que sumar tres puntos porque ayudará a sumar muchísimos más a lo largo del curso.

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