Era el amor de una vida. Nació entre la arena, escondido, tímido, pero pronto se convirtió en una ventana al mundo, en una sacudida de vida. Uno podía sentir entre sus dedos la sensación de estar inmerso en cosas de las que nadie se olvidaría jamás. Así que resultaba lícito emborracharse hasta el delirio, con las copas rebosantes, los ojos encharcados en futuro. Nunca nadie podrá entender por qué los amores inolvidables acaban siempre muriendo.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Uno de los actos más tristes del mundo es el de imaginar. Pensar en qué habría pasado. Cómo habrían ido sucediéndose las cosas, con vértigo, deslizándose una sobre la anterior, mientras tú las vives en plena inconsciencia, porque no hay más forma de vivir que la de no ser consciente de nada. Dejarse llevar por las aguas frías del invierno, el metal ardiente de todos los veranos.

Como seres sin remedio que somos, siempre acabamos imaginando. Lo hacemos invariablemente a posteriori, cuando ya llueven cenizas de las cosas que nos abrasaron tiempo atrás. Necesitamos, pues, el matiz del tiempo entre dos distancias para lograr cubrirnos la mente de las cosas que podrían haber sido y no son más que imágenes hundidas en la cabeza.

Años después de que un amor intenso se vea detenido por las circunstancias, uno se encuentra a menudo con la escalofriante visión de un presente invadido por el pasado. Es un acto de resurrección: los amores muertos vuelven a la vida en algún lugar de la imaginación, y por un momento bailan contigo despacio, sorbidos por las nubes, ajenos al trajín de un mundo cínico en el que no existe lugar para ellos.

Cuando no hay tiempo entre la muerte y el reencuentro con la vida, cuando no existe margen para el imaginar, lo único que queda es el dolor. Uno no puede repensar su presente cuando no hay tal sin tener en consideración el pasado inminente, las cosas que aún no han terminado siquiera de suceder en tanto sacuden constantemente la realidad.

Eduardo Berizzo, que ayer cumplía años, sumará seis meses el próximo lunes sin ser entrenador del Celta. Dos días antes, en una tarde de sábado al amparo de nuevos amores que nunca están a la altura de los anteriores, volverá a encontrarse con su equipo. Ese club que dirigió durante tres años dulces. Años memorables, cortados y desatendidos por el paso del tiempo y de las cosas.

Quizá haya pasado demasiado poco tiempo como para imaginarse qué presente en común podrían haber tenido Berizzo y el Celta si no hubiesen desenroscado sus dedos. Es tan difícil como añorar la nieve cuando todavía forma charcos de agua derretida, cuando aún se escurre por todos los rincones. Uno siente que Berizzo sigue en Vigo, de algún modo exento de la presencia física, siempre tan ridículamente palpable y esclava de lo material.

Así que, en esa mirada a través de los cristales que los enamorados se lanzarán este fin de semana, no habrá nostalgia sino tristeza, la profunda y cruda tristeza de quien se encuentra a metros del amor pasado y presente y se sabe incapaz de acariciarlo, de poseerlo, de vivirlo. Son los destinos tristes de los amantes apasionados.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s