Va a empezar la segunda parte del Barcelona-Celta, cierto partido de vuelta de alguna ronda de la Copa del Rey. Emre Mor se acerca a Hugo Mallo por la banda derecha y le empieza a hablar de lo mucho que han subido de precio las mandarinas. En la grada, un padre come pipas mientras su hijo le cuenta que en su clase hay un niño que es capaz de comerse cinco donuts en un minuto. “Y no está gordo ni nada, papá”.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Habitualmente, aquí arriba, justo encima de estas letras, iría colocadita una ficha con los nombres de los jugadores que han disputado este partido. Quiénes han marcado los goles, ya sabéis, ese tipo de cuestiones burocráticas que luego sirven para escribir tweets descontextualizados o para escribir guías enciclopédicas sobre cuál es el jugador del Numancia que ha recibido más tarjetas amarillas en la historia del fútbol numantino. En el caso que nos incumbe, hablar de fichas sería una frivolidad ortopédica. 

Hubo un campo de fútbol, eso es cierto. Fue gente a ver el partido, pese a que entre semana siempre pasa que muchas personas están cansadas o trabajando o vete a saber tú qué les pasa. Anda que no llevarán las personas vidas interesantes ahí fuera, aunque parezca que no. Realmente todo parece mucho más interesante cuando te lo cuenta otro que cuando lo vives tú, y al final te llevas la sensación de que el mundo debe ser un colérico parque de atracciones que apaga sus luces cuando tú cruzas sus puertas. Pero yo no voy a hacer que esto que pasó sobre ese campo de fútbol os parezca más interesante de lo que fue. Sería injusto, ¿no? Injusto para mí, vamos. Yo he venido a aburriros.

La historia empezó con una mandarina. Estaban las mandarinas baratas, para qué mentir, porque en verano la gente suele dedicarse a comprar otro tipo de frutas más refrescantes, o qué se yo, pues visto así la mandarina parece que podría considerarse que también refresca en su medida. Pero llegó el otoño y ahora el invierno, y casi todas las frutas de temporada ya no se venden y sólo quedan mandarinas y un par de cosas más.

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Instantánea de los asistentes al XVII Congreso de Economía Cítrica de Barcelona

Las alarmas las lanzó al vuelo Fontàs, quien, durante los primeros veinte minutos de partido, no paró de explicarle a Sergi Gómez cómo se había desarrollado el espectacular ascenso de los precios de la mandarina en los últimos meses. “Mira, joder, Sergi, échate un poco para atrás que desde ahí, con la luz, creo que no vas a poder ver bien este gráfico que te estoy dibujando”. Mientras, Messi estaba haciéndose una sesión de fotos chutando a puerta. El fotógrafo le dijo a Sergio que amagase con parar la pelota, pero que no lo hiciese porque la idea es que, en la foto, apareciese tocando la red. A Sergio, más que nada, le interesaba el debate sobre las mandarinas.

Dijo Lobotka que a él, en realidad, no le gustaban. El pomelo, como mucho. Debe ser cuestión de esa textura como de piel de anciano que tienen. Se alejó un poco del debate, para no escucharlos hablar de ese tema tan desagradable. “Deberíais comer manzanas, que están más baratas y las tenéis ahí todo el año”, añadió, alejándose. Todo lo contrario a Hugo Mallo, quien, al escuchar la conversación, se acercó rápidamente. Messi seguía por allí, ajeno al trasiego verbal y a la clase magistral de economía avanzada de Andreu Fontàs. En estas lanzó una pelota, y la lanzó de tal forma que casi les pega a los miembros del coloquio en la cabeza, pero al final hubo suerte y solo le llegó a Jordi Alba, quien también acabó metiéndola en la red.

Pione Sisto llevaba un rato sin estar muy atento, pensando en que sería maravilloso que el césped fuese transparente igual que el agua porque, de este modo, en los partidos jugados al anochecer la hierba iría cambiando progresivamente de color. Su visión, tan llena de belleza, lo maravilló hasta tal punto que corrió con estupor a compartirla con sus compañeros, con tal mala suerte que en su camino le cayó delante una pelota. Se deshizo de ella rápido, sin embargo, regalándosela a Luis Suárez, que pasaba por allí, para que marcase un gol. Al escuchar a Fontàs hablar de esa forma sobre las mandarinas, pronto se olvidó de la hierba transparente.

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Esta va por ti, inflación, soy tan bueno que no me pillas ni tú.

Descansaron un rato de su arduo esfuerzo argumentativo para, al cabo de unos minutos, volver al verde. Emre Mor, que hasta entonces había estado quieto, casi inmóvil, en la esquina derecha del campo, se acercó a Hugo Mallo para explicarle que estaba preocupado por la subida del precio de las mandarinas. Hugo, como no podía ser de otro modo, lo invitó a acercarse al debate. La cosa se puso tan interesante que, al final, Messi y los demás también se aburrieron de jugar con la pelota y entraron a explicar que en Barcelona las mandarinas se habían mantenido a nivel de precio. “Lo que está claro son las naranjas”, afirmó Rakitic meneando la cabeza, mientras todo el mundo hacía un círculo alrededor de él como queriendo escucharlo. El balón rebotó en su cabeza y también fue gol. Los jugadores del Barcelona se mostraron satisfechos de poder consumir mandarinas a un precio asequible. Corrieron por el campo, celebrándolo.

En la grada, un padre comía pipas mientras su hijo le contaba las cosas que le pasaban en el colegio. Él, todavía joven, no se estaba enterando demasiado del tema de los cítricos. “Papá, ¿cómo puede comer ese niño cinco donuts y no sentirse culpable?”. “No sé, hijo, una vez empiezas a comer, quizá cuando llevas tres donuts ya comidos, supongo que te dejas llevar”.

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