Como una serpiente. Agazapado, sin apenas moverse, sin dejarse ver, pero que con un fogonazo consigue comida para sobrevivir mucho tiempo. Así ganó el Celta al Levante. Así se comió la víbora a la rana.
Borja Refojos | Tinta Celeste

Levante 0-1 Celta

Levante: Oier; Coke, Róber Pier, Pstigo, Luna; Lerma, Doukouré /Bardhi, min. 84); Morales, Campaña (Jason Remeseiro, min. 46), Ivi (Nano Mesa, min. 79); y Boateng.
Celta: Rubén Blanco; Hugo Mallo, Cabral, Roncaglia, Jonny; Wass (Radoja, min. 72), Lobotka, Pablo Hernández, Pione Sisto (Brais Méndez, min. 81); Iago Aspas y Maxi Gómez (Sergi Gómez, min. 87).
Árbitro: Álvarez Izquierdo (Comité catalán). Amonestó con tarjeta amarilla a los jugadores locales Luna, Coke, Doukouré y Morales y a a los visitantes Pablo Hernández, Maxi Gómez y Rubén Blanco.
Gol: 0-1 Pione Sisto (min. 38).
Ciutat de València. 18.000 espectadores.

Ana vive en el bosque, 
y todas las mañanas 
se adentra en el lago 
en busca de ranas.

(…)Después de cada comida se acerca a mi cama 
y se enrolla por mi cuello como una serpiente 
esto es evidente, 
y ella lo celebra 
Ana no es humana, 
es una culebra.

Comerranas, 1984, Seguridad Social

En algunos partidos de la temporada, el Celta fue como un guepardo: se lanzó a por su presa con máximo esfuerzo pero el agotamiento posterior a la cacería permitió al león de turno llevarse el botín. En Orriols, en la charca de la rana, el equipo vigués fue una serpiente, que redujo al mínimo sus movimientos y que sacó máximo partido a su mínimo esfuerzo. Un picotazo de Pione Sisto y la candidez del Levante, que se pareció más a una inofensiva rana común de cualquier arroyo que a una venenosa de colores vivos, permitió al cuadro celeste llevarse los tres puntos para Vigo en un duelo en el que Rubén Blanco dejó claro que es el portero titular del equipo.

Y poco más hay que contar de un partido en el que, por primera vez, el Celta sumó sin merecerlo. El Levante fue mejor en 75 de los 90 minutos del envite, con una salida en tromba con la que achicó en su campo a los hombres de Unzué y un cabezazo de Boateng al que respondió Rubén con una mano espectacular. Fue el aperitivo de dos de los grandes protagonistas del choque: el portero de Mos, que tuvo varias intervenciones certeras el día de su paso adelante definitivo, y el ariete ghanés. El 21 del Levante demostró ser un delantero con mucha movilidad, que no escapa al choque y con capacidad para generar ocasiones y causar problemas a la defensa. También demostró que no tiene gol o que, al menos, no lo tuvo contra el Celta. Falló ocasiones de todos los colores.

El caso es que el equipo granota (granota significa “rana” en valenciano y no granate, hay que cuidarse de los false friends) achuchó con un buen inicio en el que al margen de la citada ocasión de Boateng, provocó varios saques de esquina e incomodó al Celta en la salida de balón. Los hombres de Muñiz iban a la presión cuando podían y cuando no, se metían en bloque medio con una intensidad máxima que cortocircuitaba las vías de juego visitantes. Especialmente controlado estuvo un Lobotka que ya ha pasado la fase de novedad y al que los equipos empiezan a sujetar. De esa intensidad derivaron las diez faltas que llevaba el Levante en media hora. El Celta, no había hecho ninguna.

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A Boateng solo le faltó arropar a los jugadores celestes y darles un beso en la frente.

 

Pero a partir de la media hora, la efervescencia levantinista empezó a bajar, la presión fue menos precisa y las ranas comenzaron a llegar tarde. Pablo Hernández, que se había erigido en el gran escudo anti-batracios, recogió un balón y conectó con Aspas. Mucho espacio para correr y la jugada de frente. Ocasión clara para que la serpiente se deslizase a una velocidad endemoniada. Iago conectó con Sisto, que por primera vez encaró a Coke uno contra uno, sin la ayuda de Morales. El danés se fue, tocó de nuevo para el de Moaña, que devolvió para que Pione batiese por bajo a Oier. Ataque letal.

Era el minuto 38 y hasta el descanso el Celta manejó el partido con tranquilidad ante un Levante grogui por el mazazo. Muñiz agitó el árbol a la vuelta de vestuarios para ver si caía la serpiente. Jason Remeseiro relevó a Campaña y a su intensidad defensiva, la rana agregó presencia ofensiva. El propio Jason probó a Rubén nada más empezar con un tímido disparo que servía de aviso. Un minuto después, el mosense blocó un nuevo disparo mejorable, esta vez de Ivi.

Amor de madre

La serpiente celeste se metió en la madriguera para tratar de hacer la digestión con tranquilidad. Pero las ranas saltaban una y otra vez de la charca, buscando algo que llevarse a la boca. Pero la fiereza del Levante en los tres primeros cuartos de campo contrastó con su candidez en el último. Pellizcos de monja. Todo lo hacían bien los hombres de Muñiz salvo el remate. Y de hecho, Boateng a punto estuvo de marcar con un nuevo remate mordido pero Rubén sacó una pierna magistral desde el suelo que desbarató la ocasión. La mejor parada del partido. Fue antes de que Roncaglia cometiese un claro penalti sobre Doukouré que el colegiado no vio. La suerte sonreía al Celta sin parar en la soleada mañana levantina.

Igual que en la primera mitad, el Levante bajó tras media hora de insistencia. Las fuerzas menguantes de las ranas buscaron ser sepultadas totalmente con el ingreso de Radoja. Unzué buscaba blindar el medio con cemento serbio que complementase al ladrillo de Tucumán. La receta parecía dar resultado pero Muñiz respondió metiendo a Nano Mesa y en los últimos diez minutos el conjunto granota se vació sobre el césped. Pero Boateng era puro amor. La candidez y la ternura de una madre volvieron a inundar al ghanés, que ganó bien el segundo palo, intuyó el error de Cabral pero remató fuera con todo a favor. Jason Remeseiro también lo intentó antes de que Rubén, ya en el 90, sacase una mano prodigiosa a un remate de Nano Mesa a bocajarro. La jugada quedó anulada por fuera de juego, la parada del mosense no. Parecía el último sufrimiento pero no, quedaba una más: a Coke le cayó una pelota dentro del área y, con todo a favor, remató a las nubes. Si le hubiera caído a un delantero -uno que no fuera Boateng-, la historia podría haber sido distinta. Pero este partido ha forjado un nuevo refrán: “Más inofensivo que una rana”.

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