El Celta aterrizó en Getafe una noche más, una noche casi cálida. Después aterrizó el frío, con la palma de la mano abierta. El Celta se disipó.
Adrián Viéitez | Tinta Celeste

Getafe 3-0 Celta

Getafe: Guaita; Damián Suárez, Djené, Bruno, Cabrera; Portillo, Arambarri, Fajr, Amath (Merveille, min. 86); Jorge Molina (Rèmy, min. 71) y Ángel (Sergio Mora, min. 90).
Celta: Rubén Blanco; Hugo Mallo, Roncaglia (Boyé, min. 74), Sergi Gómez, Jonny; Tucu Hernández (Emre Mor, min. 62), Lobotka, Wass; Sisto (Radoja, min. 62), Aspas y Maxi Gómez.
Árbitro: González Fuertes (C.T. Asturiano). Amonestó con tarjeta amarilla a los jugadores locales Damián Suárez, Cabrera, Portillo y Fajr, y a los visitantes Roncaglia, Boyé y Emre Mor.
Goles: 1-0, Ángel (min. 37). 2-0, Jorge Molina (min. 51). 3-0, Ángel (min. 85).
Coliseum Alfonso Pérez. 8.367 espectadores.

Jugar en Getafe. Qué tres palabras. Bajan por el paladar como escupitajos de lava. Jugar. En. Getafe. El Celta lleva una década recorrido de arriba a abajo por un escalofrío febril cada vez que se enfrenta a esta circunstancia. ¿Se puede acaso jugar en ese territorio atrincherado, en ese césped abrasado e intrínsecamente bélico?

El año pasado hubo tregua. Después de más de diez años consecutivos en la élite, el conjunto azulón se desplomó por inercia y acabó cayendo por derribo. Las oficinas del Coliseum Alfonso Pérez se sumergieron en un proceso digestivo profundo: masticaron el pasado y, sin tragárselo, regurgitaron un presente más comestible, comandado por José Bordalás. El técnico alicantino, artesano de las profundidades del fútbol, fue el encargado de devolver al Getafe a la vida. Resucitado, pues, el Getafe; resucitada la pesadilla.

Noche de lunes y de calor tibio en el sur de Madrid, y el Celta que caía por la Península buscando enfrentarse a sus fantasmas. Los precedentes ajenos, nada buenos. Derrota frente al Alavés y empate agrio contra el Espanyol, mientras el Getafe sumaba cuatro meses sin perder en casa. Cuatro meses.

El partido comenzó con el Celta consciente de la situación: había que marcar rápido y no dejar que el conjunto rival se hiciese con el partido, evitar a toda costa que el Getafe los envolviese en su pegajosa red. La cosa fue así: el Celta no marcó -ni siquiera estuvo cerca de hacerlo- y, con el paso de los minutos, la balanza fue desequilibrándose en su contra. Primero, con una ocasión de Amath en el punto de penalti. Luego, con un disparo de Fajr desde la frontal que sacó Rubén.

El Getafe picaba piedra en las líneas celestes. El conjunto de Bordalás, cada vez más compacto, desmantelaba la propuesta de Unzué, con Pablo Hernández partiendo entre los centrales casi como líbero. El espacio entre líneas era caldo de cultivo ideal para las contras automáticas de los locales, que funcionaban casi como un pinball. Balón a la izquierda, balón al centro, balón a la derecha. Líneas de presión altísimas y a robar en mediocampo. Una de ellas, como no podía ser de otro modo, acabó en gol. Fue Ángel quien recibió a campo abierto, encaró a la desorganizada zaga viguesa y colocó la pelota pegadita al palo.

Palo fue el que se llevó el Celta. Como quien recibe un golpe en la cabeza con un bate de béisbol. Salió el equipo de Unzué a la segunda parte como un espectro disminuido en su opacidad. Y el Getafe seguía. Balón a la izquierda, balón al centro, balón a la derecha. En la derecha, de nuevo, Ángel, el demonio de todos los infiernos celestes, caracoleando y enviando la pelota al área pequeña para que Jorge Molina hiciese el segundo. Las transparencias del Celta, una inmensidad.

Jugando contra lo invisible, lo del Getafe fue un recital de cuarenta minutos. El partido de los de Bordalás, de una precisión picassiana, pulió y barnizó su marco con el tercer y último gol, el certificado de superioridad de un conjunto arrollador. Fue Ángel, cómo no, el encargado de sepultar a un equipo moribundo. Cayó el balón de los cielos -literalmente, como si los dioses se confabulasen también en pro de los azulones- y Ángel lo destrozó, batiendo a un frustrado Rubén como a un muñeco de tela. Y acabó la pesadilla. Hasta que el Celta vuelva a Getafe.

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