El fútbol. Ese deporte maravilloso y caprichoso a la vez, que tantos y tan diferentes recuerdos deja en la mente del aficionado. En el caso del Celta, cada vez que uno regresa al curso 1991/92 se proyecta la imagen de un intenso y luminoso azul celeste, maravillosamente lucido por un equipo que ganaba domingo tras domingo y que incluso jugaba muy bien al fútbol. Pero ya se sabe que una liga se compone de muchas ‘miniligas’. Cuando en aquella misma temporada —allá por diciembre de 1991— tocó recibir al Eibar, las cosas no pintaban nada bien.
José Luis Rodríguez Sánchez | Tinta Celeste

Tras la desastrosa temporada 1989/90 el Celta dio con sus huesos en la División de Plata. El regreso a Segunda no sentó bien al equipo de José María Maguregui, que deambuló como alma en pena durante un curso nada ilusionante para el aficionado céltico. El obligatorio objetivo del ascenso pronto se reveló como una auténtica utopía y Magu dejó su sitio a un Txetxu Rojo que sudó la gota gorda para conseguir que su equipo alcanzase la permanencia.

El técnico de Begoña afrontaba entonces un nuevo proyecto con la posibilidad de participar desde el principio en su diseño. Y, visto en perspectiva, se puede decir que resultó más importante la ‘operación salida’ que los fichajes realizados. El club olívico se deshacía de un total de cinco delanteros —Vicente Celeiro, Zoran Marić, Salvador Mejías, Antal Puhalak y Mario Moraes— mientras que tan solo incorporaba a Paco Salillas y a Vlado Gudelj para reforzar su línea de vanguardia. El resto de los recién llegados —entre los que destacaban Agirretxu, Gil, Dadie y Damián— no poseían precisamente el cartel de estrellas pero sí respondían al perfil obrero y sacrificado que exigía el preparador vasco.

Como un tiro

Y la verdad es que las primeras sensaciones dejaron traslucir que se había acertado con el plan. Nueve victorias —algunas de ellas por goleada— en las primeras once jornadas colocaban al equipo con un liderato sólido y que parecía apuntar claramente a Primera. Gudelj marcaba goles sin parar y la ilusión comenzó a dejarse ver cada 15 días por Balaídos. Sin embargo la victoria por 1-0 sobre un rival directo como el Rayo Vallecano dejó la falsa impresión de que, casi casi, el ascenso se iba a conseguir antes de Navidad. Y, como suele suceder en estos casos, la bofetada no iba a tardar en llegar. Una derrota por 2-0 en Santa Isabel dejó paso a dos empates y a una nueva derrota contra otro aspirante al ascenso, el Figueres. El 9 de diciembre de 1991 el Celta cumplía un mes sin conseguir la victoria y caía hasta la tercera posición.

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Damián fue la novedad en la alineación de Txetxu Rojo frente al Eibar (Foto: yojugueenelcelta.com)

Y en estas tocaba recibir al Eibar. El equipo armero, fiel a su tradición desde su aterrizaje en 1988 en la segunda categoría del fútbol español, sobrevivía a base de victorias por la mínima y empates sin goles. Txetxu Rojo disponía sobre el césped de Balaídos un once a caballo entre un 4-4-2 y un 5-3-2 en el que la principal novedad pasaba por la incorporación de Damián a la medular para dar descanso a Vicente. Goran Jurić cerraba como lateral izquierdo aunque la posición de Borja Agirretxu como extremo permitía que el equipo se cerrase con cinco hombres atrás.

Atasco

Desde el principio se pudo ver que la presión de los de azulgrana no dejaba maniobrar con comodidad al Celta. El clásico sello que señalaba al Eibar como un equipo pegajoso y correoso quedó más que claro en aquella tarde, en la que además Vlado Gudelj no encontró su mejor inspiración. El bosnio, que por entonces totalizaba ya 14 goles, gozó de dos buenas oportunidades mediada la primera mitad para batir al inolvidable Garmendia pero la llegada del invierno parecía haber mojado —o, al menos, humedecido— su pólvora. Con todo, un saque de falta del goleador céltico iba a dar origen al 1-0. Corría el tiempo de descuento y su disparo, tras ser rechazado por la barrera eibarresa, llegó a Fabiano. El hispano-brasileño asistió entonces a Paco Salillas, quien empalmó un zapatazo que se incrustó en las redes visitantes. El Celta rompía de ese modo el entramado diseñado por Mikel Etxarri, técnico armero, justo antes de pasar por la caseta. Pero el gol, que respondía perfectamente al clásico patrón de ‘gol psicológico’, no iba a funcionar como tal.

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Once del Celta frente al Eibar (15/12/1991)

La segunda mitad puso en evidencia que el club olívico no se encontraba en su mejor momento. Lejos de serenarse y de controlar con mayor comodidad el choque, las cosas se le fueron complicando con el paso de los minutos. El Eibar, en una de sus escasas llegadas, estableció el empate a los 65 minutos de juego por mediación de Artetxe. Y a partir de ahí el Celta atacó con más corazón que cabeza. Hasta Txetxu Rojo —ya se puede creer— reconocería en sala de prensa que a partir del gol visitante su equipo había jugado mal. Las incursiones de Jorge Otero parecían la única vía clara para llegar hasta Garmendia pero las escapadas azulgranas también provocaban algún que otro susto.

El final del túnel

Al final el empate a un tanto prolongaba la mala racha de los de Vigo, que todavía se iba a extender un par de partidos más. Cuando el 5 de enero de 1992 se sumó un nuevo empate en Balaídos frente al Mérida de Juan Gómez Juanito el balance de las últimas siete jornadas era de tan solo cinco puntos sumados sobre 14 posibles. Claro que por entonces tan solo se sumaban dos puntos por victoria, lo que minimizaba en cierto modo las consecuencias numéricas de la racha y permitía a los de Txetxu Rojo continuar en la pomada.

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Óscar Artetxe, goleador en Balaídos en diciembre de 1991 (Foto: sdeibar.diariovasco.com)

   

De cualquier manera a la semana siguiente se consiguió en Málaga la victoria que sirvió para calmar definitivamente los ánimos. A pesar de que después se enlazaron dos nuevas jornadas sin ganar, el equipo se iba a reencontrar a sí mismo para conseguir una serie de resultados que le iban a colocar a las puertas del ascenso. Ocho victorias y tres empates en once jornadas devolvieron el liderato a los de celeste, quienes ya no  iban a abandonar su posición de privilegio. En la antepenúltima jornada y tras golear al Sestao en Balaídos se certificó un brillante y trabajado ascenso. Las 27 dianas transformadas por Vlado Gudelj tuvieron mucho que ver pero también los ocho tantos de Paco Salillas o los apenas 26 tantos encajados por Patxi Villanueva.

La victoria por 1-0 sobre un rival directo como el Rayo Vallecano dejó la falsa impresión de que, casi casi, el ascenso se iba a conseguir antes de Navidad

Tras la frustración vivida durante las dos temporadas anteriores la campaña 1991/92 es recordada como la de la recuperación del equipo trabajador y competitivo que tantas buenas tardes había ofrecido a finales de la década de los 80. Gudelj no atesoraba la magia de Baltazar o Amarildo pero sí ofrecía tanta o más efectividad de cara al gol que los brasileños. Y es que a pesar del duro y frío invierno vivido meses atrás, el Celta regresaba a Primera por la puerta grande y dispuesto a quedarse durante muchos años.

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