En las últimas semanas, las señales de alerta eran cada vez más numerosas. El Celta no estaba jugando bien, y sus prestaciones en forma de resultados estaban cayendo. El equipo de Unzué iba manteniendo el tipo en casa a base de trabajadas (y no demasiado merecidas) victorias. Fuera de casa, la nada más absoluta desde que empezó el mes de febrero. Era cuestión de tiempo que se confirmasen los peores augurios, y que el Celta no consiguiese desatascar un partido ante un rival de la zona baja a base de acierto rematador. Sucedió ante el colista, ese que se presentó en Balaídos con 13 puntos y un pie en Segunda, y eso colmó la paciencia de muchos aficionados. Y, para colmo de males, ese mensaje excesivamente optimista que ha impregnado el vestuario desde el inicio ha calado hasta tal punto que los jugadores no entienden que se les reproche un pinchazo semejante.
Miguel Gallego | TintaCeleste

Pita el árbitro. Se acaba el partido. El Celta se deja otros dos puntos, esta vez contra el colista, y suma un bagaje de ocho puntos en los últimos ocho partidos. Un botín que sería bueno para eludir los puestos de descenso, pero que se queda muy corto para creer realmente que el equipo pueda aspirar a asaltar la séptima plaza. Las matemáticas no engañan y, del mismo modo que tras acumular cinco jornadas invicto y tres victorias consecutivas se empezó a hablar de Europa, una racha de ocho puntos en otros tantos partidos debería inundar de prudencia el vestuario. Sin embargo, la autoconfianza se ha desbordado, y se sigue hablando de cuentas por Europa casi en los mismos términos. Y sigue sin entenderse que, tras un mal partido, porque hay que decirlo, la gente despida con disconformidad a los jugadores.

El juego no fluye

Otra vez quedó patente. El juego del Celta no es el que este persigue. No es capaz de combinar y, si gana la posesión, esto no se traduce en una mayor presencia en campo rival, ni en un mayor caudal de ocasiones. Y la cosa aun se complica más porque parece que el equipo solo consigue generar peligro a la contra, un arma en la que nunca ha destacado precisamente. Así ocurrió también contra el Málaga pero, a diferencia de la victoria sobre el Eibar, los delanteros desperdiciaron todas las ocasiones.

El Celta sigue sin encontrar su camino, y los resultados no resisten la comparación con los de la primera vuelta contra los mismos rivales

La temporada comenzó de manera poco esperanzadora, con el Celta persiguiendo la idea de juego de Unzué y lamentando su mala suerte, con la intención de enderezar el rumbo y optar a la zona alta. Tras el derbi de Riazor se inició una escalada de resultados, con cinco partidos sin perder, que llevó a los vigueses hasta la séptima plaza. Sin embargo, esta racha le ha devuelto a la realidad: el equipo sigue sin encontrar su camino, y los resultados no resisten la comparación con los de la primera vuelta contra los mismos rivales. A pesar de todo esto, el discurso del candidato a Europa llegó para quedarse, y se mantiene inalterable en el vestuario pese a que la realidad lo hace muy difícil de defender.

Problemas arriba

A pesar de todo este análisis, y a los diferentes estados de ánimo del celtismo, el principal cambio experimentado en las últimas semanas es el menor acierto goleador. La delantera temible que se codeaba con las mejores del continente acumula partidos sin marcar, y todo se desmorona.

El Aspas de los últimos dos meses no es el mismo que maravillaba en el mejor momento del Celta. Y, evidentemente, el Celta lo acusa

No es extraño que Maxi Gómez, debutante en la Liga con solo 21 años, no sea capaz de mantener esos números sorprendentes durante todo el campeonato. Pero sí lo es que Iago Aspas haya tenido ese bajón de rendimiento tan preocupante. Desde estas líneas, y ya se ha comentado, se achaca en parte a la presión por estar en el Mundial. Una preocupación que Iago Aspas no exterioriza, pero sí se le nota. Y es una preocupación que no debería tener, ya que es un fijo en las convocatorias de Lopetegui desde hace un par de años, y el seleccionador contó con él incluso cuando más tiempo pasó sin marcar. Ahora Morata se ha caído de la última citación y las cuentas salen perfectamente. Pero Aspas es un hombre de sangre caliente. Depende mucho de su estado anímico para rendir, como quedó patente en su periplo lejos de casa en el que no consiguió triunfar, y en su estado de gracia a su vuelta a Vigo como cabeza del proyecto. Ahora sufre esa presión por mantenerse acertado, amplificada por la campaña mediática de la capital en favor de jugadores que ya no juegan allí, sino en Inglaterra (y no mucho). E incluso de compañeros con los que comparte vestuario en Las Rozas. Es todo un poco extraño, la verdad, pero lo cierto es que el Aspas de los últimos dos meses no es el mismo que maravillaba en el mejor momento del Celta. Y, evidentemente, el Celta lo acusa.

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