A pesar de encontrarse un punto más cerca de las plazas de Europa League, el Celta lo tiene cada vez más complicado. De hecho, pocos confían ya en que el equipo pueda meter la cabeza en competiciones europeas. Las cuentas son sencillas: tal y como vaticinaba Unzué antes de recibir al Valencia, los suyos podían acercarse a Sevilla y Villarreal porque estos no jugaban el fin de semana. Eso sí, jugarán el 9 de mayo, que los partidos en La Liga se aplazan, pero no suelen desaparecer del calendario. Así que el empate ante uno de los equipos que se van a clasificar para la Champions, que en otras circunstancias podría ser bueno, es una condena en sí mismo. Porque, además, el Getafe sí aprovechó la jornada para quedar empatado en la séptima plaza. Si no era ya difícil, la visita al Estadio de la Cerámica puede considerarse ya definitiva. Una derrota allí dejaría sin argumentos a los que se siguen agarrando a un clavo ardiendo.
Miguel Gallego | TintaCeleste

Celta-Valencia, un partido de altura, cita que siempre deja goles y espectáculo. Y con el aliciente añadido del equipo che en puestos Champions y del Celta apurando las últimas opciones de volver a la escena continental. La afición respondió y el equipo también. Un buen partido con un empate con sabor agridulce. Bueno, en realidad es un empate que no sirve para nada. Por más que se haya conseguido con la ausencia de Aspas y un gol de Maxi, que atravesaba una sequía preocupante. Europa está más cerca porque Sevilla y Villarreal no jugaron. Solo por eso. Pero era un riesgo evidente cuando enfrente está el cuarto clasificado de la Liga.

El entusiasmo

Es evidente que jugar contra rivales más débiles otorga, a priori, más posibilidades de conseguir resultados positivos y de acercarse a los objetivos marcados. Pero cuando un equipo como el Celta, de la zona media, falla sistemáticamente en los campos de conjuntos que teóricamente no son rivales directos, pero que lo acaban siendo tras sus buenos resultados, se ve condenado a jugársela contra quien no debe, esto es, contra la élite de la Liga. Y esta temporada eso es el Valencia de Marcelino, que incluso se postuló como el más serio aspirante al trono del Barcelona durante parte del campeonato.

Cuando un equipo como el Celta, de la zona media, falla sistemáticamente en los campos de conjuntos que teóricamente no son rivales directos, se ve condenado a jugársela contra quien no debe, esto es, contra la élite

Pero todo esto no fue óbice para que el Celta, por boca de su entrenador, afrontara el partido como una oportunidad de oro, como la posibilidad definitiva de ganar y acercarse a unos rivales europeos que iban a aplazar sus partidos. Puede que ese entusiasmo fuese contagioso, porque lo cierto es que el Celta, otra vez, dio una imagen muy diferente a la de las últimas salidas. Un buen partido que solo pudo traducirse en un empate, porque las ocasiones más claras fueron del Valencia.

El poder de la cantera

Algo parecido era de esperar. La ausencia por lesión de Iago Aspas, unida al incuestionable bajón de rendimiento de Pione Sisto y a la pertinaz sequía goleadora de Maxi Gómez en los últimos encuentros, dejaba al Celta muy mermado de cara al gol. Y lo que, en algunos momentos del campeonato era un intercambio de golpes que el Celta intentaba desequilibrar marcando varios goles, se ha convertido en todo lo contrario. Ahora es la seguridad atrás, especialmente la de un espectacular Sergio Álvarez, la que mantiene al equipo de Unzué en los partidos. El gato de Catoira ha vuelto justo cuando nadie lo esperaba, tras la enésima lesión de Rubén Blanco. Y, tras renovar después de una gran controversia, ha vuelto a provocar la reflexión sobre qué va a pasar la temporada que viene en la portería.

El Celta ha acabado jugando con Brais en plan Mostovoi por todo el frente de ataque. El último giro de tuerca hacia la pérdida de identidad del Celta de Unzué

Las buenas actuaciones de Sergio, y la definitiva eclosión de Brais Méndez, que crece a cada partido, son lo que mantiene al Celta compitiendo en el tramo final. No hay mal que por bien no venga, y la inestabilidad de la delantera que se acaba de comentar, a la que habría que sumar el ostracismo de Emre Mor y Lucas Boyé, ha recuperado para la causa a un Brais que ya parecía de vuelta en el filial. Y, lo que es más chocante, con un nuevo sistema más parecido a un 1-4-2-3-1 que a ninguna otra cosa, con ajustes hacia una defensa de tres por más por necesidad que por convicción, y con Brais en plan Mostovoi por todo el frente de ataque. El último giro de tuerca hacia la pérdida de identidad del Celta de Unzué. Quién nos ha visto y quién nos ve…

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